Los Goya en Barcelona 26 años después: cómo hemos cambiado
Ante la ceremonia del sábado
La primera gala de los premios del cine español fuera de Madrid suscitó cuestiones en un cine catalán más pequeño y que iba de serio

Padro Almodóvar, ganador de los Goya del 2000, saluda al príncipe Felipe, al que cantaría cumpleaños feliz en plena gala

El duelo en aquellos primeros Goyas barceloneses del año 2000 lo protagonizaron Todo sobre mi madre, de Pedro Almodóvar, y Solas , de Benito Zambrano, en una ceremonia dirigida por Rosa Vergés que arrancaba a las once de una fría noche de finales de enero. El pulso —siete Goyas para Almodóvar, incluyendo director y película; cinco para Zambrano— lo evocarían las crónicas. Uno recuerda, además de la escasa presencia del cine de producción catalana, el frío intenso de la velada; supongo que lo recordamos todos los que estuvimos allí, a pie de alfombra roja, en la primera línea del glamour del cine español. Por primera vez en Barcelona.
La etiqueta en el vestido era obligatoria para los 2.500 invitados. Ellos, de negro, comentaban que se habían agotado los esmóquines de alquiler. Ellas lucían más tonos y colores. Repaso la crónica de aquella noche: Sybila fue responsable del vestido de Cayetana Guillén Cuervo; también del de Mónica Molina, que cantaba en la velada; del de Ana Fernández, la protagonista de Solas y del de Ariadna Gil, casi nada. Antonia San Juan, la presentadora de la gala, iba de Antonio Miró. El reluciente vestido, sin embargo, no ocultó su gesto cuando no se alzó con el Goya a actriz revelación para el que estaba nominada. Perdió los papeles y la gala se resintió.
“Sólo teníamos ojos para el vestido de Aitana Sánchez-Gijón, diseñado por Javier Larrainzar”
Pero en ese momento, a la entrada, tan sólo admirábamos el vestido de Aitana Sánchez-Gijón, la presidenta, diseñado por Javier Larrainzar. Nadie sabía de qué o de quién iba Massiel, adornada con un abrigo de pieles y un tocado de plumas negro. Convinimos simplemente que iba de Massiel. Candela Peña, por su parte, sin firma, aunque elegante, apostó por el blanco. Carmen Maura, de rubia platino, llamó la atención con su vestido fucsia, cuerpo negro de lentejuelas y una mariposa dorada en la cintura. Uno que es más bien daltónico para los acontecimientos sociales, se recuerda apuntando: “Aparte del negro, los colores predominantes son los dorados, los rojos y el berenjena” (lo de berenjena me lo chivaron, sin duda). No hay género periodístico menor, y la crónica de alfombra, nueva para tantos, no resultó una excepción.

En la puerta, como anfitrión de la velada, estaba Joan Clos, alcalde de la ciudad. Le acompañaba, entre otros, Mariano Rajoy, por aquel entonces ministro de Educación y Cultura. Por parte de la Generalitat, Xavier Trias, conseller de Presidencia, y Jordi Vilajoana, conseller de Cultura. He recordado muchas veces la sonrisa satisfecha de Vilajoana en aquella noche de glamour desatado. Especialmente cuando, en el Festival de Venecia de 2001, saltó la polémica del glamour y las actrices catalanas. Creo que todo empezó con aquella sonrisa de satisfacción. El sector audiovisual catalán entendió su reproche como lo que parecía: como una muestra de la condescendencia del poder, especialmente del masculino. Aunque visto con perspectiva, también resultó un diagnóstico. La palabra glamour sonó frívola en un momento en que el cine catalán iba de serio y asistía a festivales internacionales como Berlín –con El mar , de Villaronga– o la misma Venecia, con la película de la Fura. ¿Puede una cinematografía sostenerse sin visibilidad popular? Esa fue la cuestión escondida tras aquella tormenta mediática.
“La celebración de los Goya en la ciudad tiene algo de completar un círculo y su significado trasciende a la gala”
Este sábado vuelven los Goya a Barcelona. Es muy diferente a aquella primera vez, cuando la ciudad se probaba el traje del gran acontecimiento preguntándose si le sentaría bien. Vuelven con una industria audiovisual catalana más madura que entonces (aunque lejos de las cifras que le corresponden por su capacidad de producción). Con cineastas que han cruzado el umbral internacional, cuyos nombres están en boca de todos. Apoyados por productoras –nuevas– que anhelan proyectos tan ambiciosos como esos directores y directoras. Buscando, entre todos, una normalidad del sector que hace 26 años apenas se intuía.
“Ya no se trata de celebrar una ceremonia como quien alquila el decorado, sino de estar con voz propia”
La celebración de los próximos Goya en la ciudad tiene algo de completar un círculo. En 2000 Barcelona fue escenario del glamour español; en 2001 se cuestionó a sí misma si tenía estrellas propias para pasear por la alfombra roja; en las dos décadas siguientes ha querido construir el andamiaje industrial que faltaba para acoger aquel glamour prestado. Ya no se trata de celebrar una ceremonia como quien alquila el decorado. La cuestión es participar con voz propia (con catálogo propio).
El regreso a Barcelona de los Goya tiene un significado que trasciende la gala. Es la confirmación de que aquella sonrisa satisfecha de Vilajoana —tan discutida después— no era solo vanidad institucional sino intuición estratégica a pesar de sí mismo. El glamour, al final, no es sólo una cuestión de lentejuelas, de poses ni de vestidos de diseño. Dentro de unos días Barcelona volverá a iluminarse para el cine español. Esta vez la pregunta latente no es si estará a la altura, como entonces, sino cuánto de ese brillo le pertenece por derecho propio.