
Barcelona desde mi pecera
BLUES URBANO
El concepto de sociedad-burbuja se ha quedado prematuramente obsoleto. Es inquietante la velocidad con que envejecen las ideas en la era del algoritmo. Y alarmante: las cosas que pueden evolucionar a peor, evolucionan a peor. Porque una burbuja separa y encapsula, pero sus paredes son endebles y, por lo tanto, susceptibles de quebrarse.
Si usáramos el concepto como metáfora de las relaciones humanas, podríamos afirmar que las burbujas ideológicas que creaban las redes y los sistemas informativos sesgados, aun siendo compartimentos estancos, se podían llegar a romper a base de argumentos convincentes o de procesos de reflexión. Quedaba un margen para el cambio de opinión. O de burbuja.
Pero esta idea pertenece ya a un pasado tan reciente como difícil de recuperar. La desigualdad social, la creciente precisión del algoritmo, el maniqueísmo populista y las prácticas maliciosas de los gigantes tecnológicos han acabado robusteciendo los muros separadores. Ya no habitamos en una sociedad-burbuja, sino en un mundo plagado de infranqueables peceras.
Los Goya, el 20 aniversari del Mobile o el premio de Aena hubieran generado hace años sentido de pertenencia a la ciudad
Podemos vernos a través del cristal, podemos acercarnos los unos a los otros y hasta pretender que nos tocamos con las manos, pero ya no hay comunicación posible. Cada pecera es un refugio en el que reverberan las propias angustias. “Cielos, los peces asustados, /Inmersión en la pecera, /Inmersión en tu pecera, / Inmersión en mi pecera”, cantaban, clarividentes, los punkies vascos Derribos Arias en 1982.
¿Exageramos? Seguro que sí, pero, de no mediar cambios en cadena –la limitación del acceso a las redes sociales a los más jóvenes es una primera reacción positiva en esta línea–, la inercia nos llevará inexorablemente hacia ese horizonte de pesadilla.
Mientras tanto, por el camino se van perdiendo esos consensos que actuaban como elementos de cohesión. Uno de ellos, motor de cambio y de progreso, es el sentido de pertenencia a una ciudad, la adhesión a unos objetivos compartidos que tanto ha servido en el pasado para alimentar las transformaciones urbanas.
En una Barcelona que tiende al autoanálisis permanente y donde el modelo de ciudad se debate con más pasión que un fallo del VAR en un clásico, la compartimentación de energías creativas no solo resta oportunidades, sino que puede saturarnos de diagnósticos funestos.

¿Cuántos barceloneses conviven en la pecera en la que se da por bueno que la ciudad va a más?
Barcelona ya no avanza al gusto de todos. Hay demasiadas barreras invisibles y no todas las han puesto Elon Musk y Sam Altman. Demasiadas peceras incomunicadas. La polarización política, el fracaso de la estrategia pública de vivienda y el de un mercado a la deriva –los fondos globales son capaces de dinamitar cualquier política habitacional sin inmutarse–, pero también la desigualdad social rampante han agudizado el desapego y el desencanto de muchos ciudadanos, cuando no el rechazo hacia objetivos que no hace mucho eran ampliamente compartidos.
Este debate puede sustanciarse en la Barcelona de este fin de semana. Unos años atrás, se compartía la sensación de que la ciudad estaba alicaída, atrapada en el estertor de un modelo de éxito que languidecía y convaleciente de las sacudidas de un proceso político que la había dejado mermada de fuerzas. Una serie de buenas decisiones tomadas en los ámbitos público y privado, sin embargo, parecen haberle cambiado el signo. ¿Pero cuántos barceloneses conviven en la pecera en la que se da por bueno que la ciudad va a más?
Veamos. Barcelona acogió ayer la gala de los Goya, que llevaban 26 años sin aterrizar en la ciudad. Más allá del glamour y la fiesta, la lista de nominaciones reflejaba el buen hacer del cine catalán, tanto delante como detrás de la cámara. Estos son los vasos comunicantes entre los galardones de la academia española y unos Gaudí que son cada vez más ambiciosos.
El visitante desinformado que aterrice hoy en la ciudad no solo se topará con unas cabezas descomunales de Goya en la calle, sino también con unos tipos llegados de todo el planeta que hacen tiempo a la espera de comparecer a primera hora de mañana en la Fira, donde se inicia la vigésima edición del Mobile World Congress, el mayor congreso tecnológico del mundo. Hace menos de un mes, la feria audiovisual ISE reunió a 92.000 personas en l’Hospitalet.
El impacto de la revolución tecnológica iniciada al calor del MWC y de los notables centros de investigación de la ciudad se refleja ya al alza en el PIB, con una participación del 14% por parte del sector tecnológico y digital.
La polarización política, las redes, la desigualdad o la crisis de vivienda crean miniciudades estancas
Noticia también de esta semana, Aena ha elegido la ciudad como sede de su nuevo premio de literatura hispanoamericana a la obra publicada. Por su dotación, de un millón de euros, se convierte, junto al Planeta, en el mayor galardón en español y el tercero del mundo.
Pero aquí lo más relevante es que la iniciativa de Aena viene a reforzar la capitalidad literaria de Barcelona en lengua castellana. Porque los principales premios en este ámbito se convocan y entregan en la ciudad, y puede que pronto se añada alguno más. Todo esto en un momento también álgido de la edición en catalán, sostenida por editoriales de todos los tamaños y por nuevas generaciones de estupendos autores y autoras.
Estas son ventajas barcelonesas concentradas en unos pocos días, en un año pródigo en acontecimientos globales, como la capitalidad internacional de la arquitectura, el centenario de Gaudí, la cumbre mundial progresista o la salida del Tour de Francia. Hace unas décadas, la suma estas fortalezas habría bastado para generar una corriente de optimismo bastante compartido. Ahora, todo depende del cristal de pecera con que se mire.


