Las Claves
- Francesca Bria alerta sobre el peligro de que Europa se convierta en una colonia digital dominada por la tecnooligarquía de Estados Unidos.
- Multimillonarios como Elon Musk y Peter Thiel controlan algoritmos y datos, poniendo en riesgo la estabilidad de las democracias y la prensa.
- La empresa Palantir se infiltra en infraestructuras críticas de Europa, incluyendo servicios de inteligencia y defensa en países como España y Francia.
- Francesca Bria propone crear infraestructuras públicas soberanas y destaca el potencial de España en inteligencia artificial sostenible y energías renovables.
Francesca Bria, oriunda de Roma, representa una de las figuras más brillantes dentro de la discusión relativa a la soberanía tecnológica. Bria ha pasado mucho tiempo alertando acerca del peligro de que Europa acabe siendo una colonia digital de Estados Unidos y de Asia. Experta en economía de la innovación, integra el comité de alto rango de la New European Bauhaus y el grupo consultivo que orienta a Pedro Sánchez en materia de Inteligencia Artificial (IA). Lidera también la iniciativa Eurostack por la soberanía digital europea y posee un profundo conocimiento del ecosistema tecnológico de Barcelona, dado que desempeñó el cargo de comisionada digital municipal durante la primera etapa de Ada Colau. Aprovechando el 145 aniversario de Guyana Guardian, este diario ha buscado obtener su visión respecto al desafío que supone para el sector periodístico la reciente tecnooligarquía americana.
Usted ha pasado a ser una de las figuras más relevantes al criticar un esquema tecnoautoritario que pone en riesgo la estabilidad de las democracias. ¿De qué forma perjudica este modelo a la libertad de prensa?
Cuando un puñado de multimillonarios de extrema derecha controla las plataformas, los algoritmos, los datos de las personas y las redes de satélites, controla el ecosistema informativo, y pone la democracia en peligro. Pedro Sánchez tenía razón en Davos: estos tecnomultimillonarios no se conforman con el poder económico, quieren el político. Citó a Peter Thiel diciendo que han “dejado de creer que la libertad y la democracia sean compatibles”. Es el mismo Thiel cuyas huellas están por todas partes en el entramado tecnoautoritario que he cartografiado.
¿A qué otros tecnoautoritarios se refiere usted?
Miremos el último año. Musk apoya abiertamente a la ultraderecha alemana de AfD, publica en medios de Axel Springer y Starlink ya vertebra las comunicaciones militares, desde Ucrania hasta Italia. Bezos liquidó el apoyo del Washington Post a Kamala Harris once días antes de las elecciones; su propio director (Martin Baron) lo tildó de “cobardía, con la democracia como víctima”. Mark Zuckerberg desmanteló el sistema de verificación de datos de Meta días después de la investidura de Trump. Larry Ellison, patrón de Oracle, ha pasado de controlar CBS News y Paramount a ser pieza clave en la “toma” de TikTok en Estados Unidos: un acuerdo opaco, valorado en decenas de miles de millones, que pone el algoritmo y los datos en manos de Oracle y aliados de Trump, y que desplaza a ByteDance y refuerza la concentración del poder informativo. Fantasea abiertamente con una vigilancia de IA en la que “los ciudadanos se comportarán de la mejor manera porque estamos grabándolo todo”. La familia Trump ya está en el juego. Trump Media –la empresa detrás de Truth Social– acaba de anunciar una fusión de 6.000 millones con una compañía de fusión nuclear. Donald Trump Jr. Está en el consejo. El presidente conserva su participación a través de un fideicomiso del que es beneficiario único.
Perderemos la soberanía si el
¿Se trata de un problema muy concentrado en Estados Unidos?
Europa es la siguiente. Cuando nos defendemos con leyes digitales aprobadas democráticamente, la Administración Trump lo trata como un acto de guerra. Marco Rubio sancionó a Thierry Breton, excomisario europeo y arquitecto de la ley de Servicios Digitales, tildándolo de cerebro de un “complejo industrial de la censura”. El mensaje está claro: si reguláis nuestras plataformas, habrá represalias. Es una guerra de soberanía que estrangula económicamente el periodismo de calidad: el dinero de la publicidad y el poder político van hacia plataformas bajo control de este bloque mientras los medios de calidad se asfixian.
Pero la acogida de su investigación sobre los tecnoautoritarios en la prensa internacional fue amplia. ¿Son conscientes los medios europeos de esta amenaza?
El seguimiento mediático carece de regularidad. Los reporteros detallan convenios específicos –el pacto de Palantir con la sanidad del Reino Unido o los diálogos de Italia con Starlink– omitiendo vincularlos o integrarlos en una tendencia general. El dominio sobre la prensa se intensifica. El conglomerado heleno Antenna gestiona la adquisición de La Repubblica y La Stampa, los periódicos de centroizquierda más relevantes de Italia. Pertenece a un empresario relacionado con Trump que mantiene nexos comerciales con Arabia Saudí y Qatar. Mathias Döpfner, liderando Axel Springer, difunde en Die Welt los posicionamientos políticos de Musk, potenciando su apoyo hacia la ultraderecha. Las administraciones dirigen los anuncios oficiales a cabeceras ideológicamente cercanas. Se emplean programas de vigilancia contra los comunicadores. La Unión Europea reacciona con mayores salvaguardas, aunque el peligro progresa con más celeridad que las soluciones.
Francesca Bria en el Hivernacle de Barcelona
Dibuja un panorama desolador...
Me quita el sueño: si los tecnooligarcas controlan los medios, los canales digitales y los datos íntimos de las personas –ahora usados para entrenar sus sistemas de IA– sin tener un contrapoder, lo perdemos todo. Esto no es la imprenta; es el conjunto del espacio público, la propia infraestructura de la democracia.
El periodismo representa, entre diversas cuestiones, un punto de vinculación entre las organizaciones políticas y la sociedad. ¿Podría verse amenazada esta tarea si los regímenes autoritarios muestran hoy una menor urgencia por convencer a los electores?
Este es precisamente el peligro constitucional. Estos neoautoritarios no están centrados en ganar elecciones. Quieren ejercer el poder mediante la fuerza, la represión y la coacción económica. ¿Para qué molestarse en persuadir al votante cuando se puede prescindir de él? Si la ciudadanía no puede acceder a información independiente porque la controlan actores sin interés público alguno, la rendición de cuentas democrática se vuelve imposible.
Más allá de la resistencia, ¿qué alternativa propone?
Por tal razón, promuevo la exigencia de plataformas digitales europeas autónomas y públicas. La autonomía del entorno informativo no es algo opcional: es el requisito básico de la realidad democrática.
Defensa adjudicó 36 millones
Sus indagaciones señalan que las mismas administraciones democráticas parecen ignorar la magnitud de la infiltración que padecen por esquemas tecnoautoritarios. ¿Habrán dejado de operar las vías de contacto ordinarias incluso en el interior de los gobiernos?
Ni siquiera nuestros servicios de inteligencia comprenden plenamente que las empresas privadas de las que dependen forman parte de un bloque ideológicamente coherente, que impulsa un proyecto político posdemocrático. Pensemos en Palantir, cofundada por Peter Thiel, principal valedor tecnológico de Trump, mecenas de J.D. Vance y promotor de las ideas neomonárquicas de Curtis Yarvin. Está en la sala de guerra de la OTAN. Gestiona los historiales clínicos de los pacientes del Reino Unido con un contrato de 330 millones de libras. Acaba de renovar su contrato, vigente desde hace una década, con los servicios de inteligencia franceses. La policía alemana de cuatro estados federados usa su sistema Gotham para vigilancia y policía predictiva...
¿Y España?
Hasta España ha recurrido a Palantir. A partir de 2023, el Ministerio de Defensa otorgó 36 millones de euros a través de procesos poco transparentes. También Noruega, Suiza... Cada departamento gubernamental solo percibe su acuerdo particular. El panorama global —el hecho de que una única firma, estrechamente vinculada al espionaje de Estados Unidos, se esté integrando en la administración de Europa— sigue pasando desapercibido. Francia intentó hallar otras opciones pero terminó volviendo con Palantir. Los expertos lo denominan “adhesividad de plataforma”. De esta forma se debilitan los organismos democráticos: no mediante asonadas militares, sino por medio de resoluciones de compra sin supervisión y la discreta infiltración de proveedores foráneos de inteligencia en la estructura vital del Estado.
Debemos comprender algoritmos y plataformas.
Los regímenes autocráticos han perfeccionado sus técnicas para lograr que la sociedad consuma propaganda. ¿Qué acciones deben emprender los medios de comunicación para asegurar que los hechos reales alcancen a la población?
Tres puntos clave. Primero, respaldar una labor informativa de indagación valiente y global, puesto que las estructuras que combatimos operan a nivel internacional. Segundo, destinar recursos a sistemas públicos para la prensa autónoma: que eviten la subordinación a los anuncios de las grandes corporaciones tecnológicas que requieren supervisión, y que no se vean afectados por el control algorítmico de propietarios de redes con intereses partidistas. Las iniciativas de Sánchez –claridad en los algoritmos y responsabilidad de los titulares de plataformas que dañan el tejido social con sus procesos– avanzan por el camino adecuado. Tercero, formación crítica sobre el entorno digital actual. La población necesita entender que tanto las redes como sus algoritmos no funcionan como canales imparciales, sino como herramientas de poder político.
Usted ha recalcado que a Europa le queda ya poco margen para proteger su independencia tecnológica...
Desde que lanzamos la iniciativa EuroStack por la soberanía digital, el impulso se ha acelerado: más de 250 empresas lo apoyan, la Eurocámara ha aprobado su informe sobre soberanía tecnológica, Alemania ha creado un ministerio digital y muchos miembros, entre ellos España, se han sumado. Pero estamos inmersos en una auténtica guerra fría tecnológica. Washington ha lanzado Pax Silica, una nueva alianza para controlar toda la cadena de suministro de la IA, desde los minerales críticos hasta los semiconductores y centros de datos. Como dijo Jacob Helberg, el subsecretario que la lidera: “Si el siglo XX funcionó con petróleo y acero, el XXI lo hace con capacidad de cómputo y los minerales que la alimentan”. La mayor parte de Europa no fue invitada. Las cadenas de suministro se han convertido en armas. La pugna por la energía y los recursos deriva en conflictos reales: la intervención de Trump en Venezuela, las amenazas contra Groenlandia… no son coincidencias. Son guerras por los recursos de la era de la IA. ¿Qué puede hacer Europa? Centrarse en la infraestructura: las arterias de las cadenas de suministro. Construir una capacidad industrial real. Europa necesita nube soberana, chips, fábricas, capacidad de cómputo pública, tecnología cuántica. La energía verde es un activo estratégico. Falta voluntad política para tratarlo como una emergencia europea. No nos falta dinero, talento ni capacidad. Nos falta un Estado europeo dispuesto a emprender una verdadera construcción del Estado digital. Si no lo hacemos, nos dominará el Estado autoritario privatizado que Silicon Valley está construyendo.
Sin voluntad política no se logra frenar la crisis.
Usted brinda asesoría igualmente al Gobierno de España sobre temas de IA. ¿Qué función podría desempeñar España dentro de este escenario tan intrincado?
España posee posibilidades concretas... Junto a una dirección decidida a sacarles partido. Para empezar, dispone de ALIA, el sistema inicial de gran envergadura desarrollado en Español y los idiomas cooficiales. Atiende a 500 millones de usuarios, lo cual resulta fundamental. A continuación figura el ámbito energético. El potencial de España respecto a las renovables le otorga una buena ubicación ante una venidera computación de IA sostenible, o sea, con un menor consumo hídrico, de suministros y una reducida huella de carbono. Dentro del actual conflicto tecnológico global, las infraestructuras de datos doblan el requerimiento de energía, algo que representaría un beneficio estratégico para España. Asimismo, el equipamiento para investigar goza de una excelencia internacional. Barcelona acoge el Mare Nostrum 5, situado como el undécimo superordenador de mayor rendimiento en el planeta, sitio donde ALIA fue gestado. España dispone de un par de plantas continentales de IA, situadas en Barcelona y Galicia. Además, Telefónica encabeza la agrupación que aspira a una gigafactoría de la región por valor de 5.000 millones de euros. El Institut de Ciències Fotòniques (ubicado en Castelldefels) gestiona el plan comunitario de chips fotónicos. El plan PERTE Chip evidencia una determinación considerable. Continuando: respecto a la computación cuántica, la hoja de ruta de España llegaría a los 1.500 millones de euros. Telefónica ha establecido una alianza con IQM con el fin de instalar equipos en el Centro de Supercomputación de Galicia. En el ámbito espacial, Spain SAT NG -con dos satélites ya en órbita- proporciona a España comunicaciones seguras soberanas en dos terceras partes del plenta. La adquisición de Hispasat por parte Indra la convierte en un líder europeo.
Y, frente a estas fortalezas, ¿cuáles son las debilidades de España?
Ciertamente. Permítame ser sincera respecto a las deficiencias. La nube de telefónica aún mantiene una fuerte subordinación hacia las principales corporaciones tecnológicas estadounidenses. Y tal peligro geopolítico resulta inaceptable en la actualidad. Aquello que diferencia a España en el ámbito político posee una relevancia similar. Prácticamente de forma aislada en Europa, España ha manifestado su voluntad de confrontar a la Administración Trump. De hecho, Sánchez contribuye a establecer los principios digitales de Europa: algoritmos que puedan auditarse, autonomía sobre la información y una gestión activa de las plataformas. En definitiva, los pilares fundamentales están presentes: calidad científica, fuentes renovables, posicionamiento geográfico y firmeza política. No obstante, el prestigio investigador no basta por sí mismo para edificar un potencial industrial. España requiere transformar dichas ventajas en una estrategia industrial de alcance continental. Ninguna nación de la unión logra alcanzar, de manera individual, la independencia tecnológica. Espña tiene la capacidad de marcar el rumbo, aunque la iniciativa tiene que ser necesariamente europea.
Europa está ahora inmersa en un debate sobre el rearme. ¿Es posible un reame genuinamente europeo, o están nuestros sistemas ya demasiado contaminados por la tecnología de Estados Unidos?
El problema de fondo no son las armas: es el poder de influencia política que genera la dependencia. Trump lo dijo de forma explícita: compren armas americanas o, por contra, arriesguénse a perder la alianza. Dijo a los aliados europeos que tienen que comprar armas americanas para mantener la OTAN. Eso no es una asociación: es un tributo por una protección que ya no tenemos. Las cifras son diáfanas. Entre 2022 y 2025, los países europeos encargaron aproximadamente 190.000 millones de dólares en material militar estadounidense. El aprovisionamiento interno de la UE cayó del 62% al 44%. No existe un verdadero mecanismo europeo de defensa: el gasto fluye a través de los estados nación y el mando se ejerce en la OTAN, controlada por EE.UU. Carecemos de las instituciones necesarias para desarrollar la autonomía estratégica.
Europa debe adoptar el modelo industrial
¿Pero hay algunas mejoras?
El panorama en Alemania se está transformando. Únicamente el 8% de su reciente proyecto de 83.000 millones de euros se asigna a contratistas de Estados Unidos. Dinamarca se ha decantado por la protección aérea de Europa frente al equipo Patriot. Estos indicios resultan prometedores. No obstante, la fragilidad auténtica no reside en los componentes físicos, sino en los programas informáticos, los esquemas de dirección y mando, y en dependencias que las cifras no reflejan. El antiguo titular de Defensa de Portugal alertó previamente de que Estados Unidos tendría la capacidad de inhabilitar armamento que Europa ya costeó. Asimismo, es preciso exponer una inquietud mayor: el papa Francisco ha solicitado el veto absoluto a los armamentos autónomos letales, afirmando “Ninguna máquina puede tener el derecho a decidir si quita la vida a un ser humano”. Vincula estas tecnologías a un “riesgo existencial” con “consecuencias catastróficas para los derechos humanos”. Se ha observado en Gaza las consecuencias de que la IA identifique blancos con una supervisión humana escasa: se producen cuantiosas bajas civiles y la aniquilación de núcleos familiares completos siguiendo sugerencias de algoritmos. Europa no tendría que edificar un porvenir de esa naturaleza. Una verdadera independencia estratégica requiere de organismos en Europa aptos para coordinar una protección común. Requiere además de mandos centralizados, procesos de financiación y una lealtad sólida hacia la legislación internacional. Esto abarca someter el empleo de la violencia a la autoridad de las personas. Europa todavía no ha afrontado esa discusión.
Así pues, bajo el panorama de esta subordinación a la tecnología americana —y no aludo únicamente al terreno militar—, sería conveniente que Europa fomentara una relación más estrecha con China?
A ver, el objetivo de Europa debería ser evitar convertirse en un peón entre dos imperios. EE.UU. Puede presionarnos mediante nuestra dependencia en defensa y tecnología. China puede hacerlo a través de las cadenas de suministro, los minerales críticos y la sobrecapacidad industrial. Europa necesita dejar de oscilar y empezar a construir. Y eso implica desarrollar un auténtico modelo industrial europeo y encontrar nuestro propio lugar en el mundo. Dicho esto, creo que Europa debería aprender del pragmatismo económico e industrial de China: la rápida difusión de la IA en todos los sectores industriales, los modelos estratégicos de código abierto o el modelo de DeepSeek de lograr más con menos. China se centró en sus fortalezas industriales y en sus necesidades públicas. Europa debería hacer lo mismo, pero en sus propios términos.
¿A qué se refiere?
Me refiero a que, lo que Europa no debería hacer es perseguir la carrera imposible hacia la Inteligencia Artificial General (AGI, por sus siglas en inglés) con miles de millones invertidos en infraestructuras especulativas y sin un modelo industrial claro. Esa es la fantasía de Silicon Valley: fundirse capital en apuestas especulativas mientras las industrias reales se estancan y se pierden empleos. Nuestra fortaleza está en la fabricación avanzada, en la energía verde, la sanidad y los servicios públicos. Deberíamos crear una IA que sirva a esos sectores, no competir por ser los terceros mejores del mundo en fabricación de modelos de frontera o de última generación que nunca controlaremos. Europa debe seguir su propio camino: soberanía digital democrática, buenos empelos con salarios dignos, estándares medioambientales y derechos sobre los datos. No son frenos a la innovación: este es nuestro camino a seguir. Esto no va de tecnología. Va del futuro de nuestro continente, de su libertad, su prosperidad y su capacidad de autodeterminación. Piense que las decisiones industriales que tomemos ahora configurarán la sociedad europea durante generaciones. Es una cuestión política que requiere de liderazgo político. Y no de reaccionar simplemente a lo que dicten Washington o Pekín.


