Gran Museo Egipcio (★★★✩✩): vigencia de lo faraónico
Crítica de arquitectura
“Este edificio ha sido diseñado por la firma irlandesa Heneghan Peng, ganadora del concurso fallado entre 1.157 participantes en el 2003, cuyo currículo era entonces discreto”

Vista desde el interior del Gran Museo Egipcio.

Gran Museo Egipcio (GEM)
★★★✩✩
Arquitectos: Heneghan Peng Architects
Ubicación: Alexandria Desert Road, Kafr Nassar, Al Haram. Guiza (Egipto)
Entrado el siglo XXI, Egipto sigue bailando al son de los faraones. Cleopatra, la última en ocupar el trono, cedió el paso al Imperio Romano dos milenios atrás. Pero las pirámides y riquezas legadas por una treintena de dinastías sostienen aún la productiva industria turística local. Abdul Fattah al Sisi, actual presidente del país, es descrito a menudo como un faraón surgido del Ejército (que no duda en promover el culto a su personalidad). Y el flamante Gran Museo Egipcio –GEM, según sus siglas en inglés-, inaugurado con pompa excepcional en noviembre a solo dos kilómetros de las pirámides de Guiza, es un edificio de tamaño y lenguaje inequívocamente faraónicos.
Es faraónica la enorme e infrecuente dimensión de su parcela de casi medio millón de metros cuadrados, con alrededor de 170.000 construidos (100.000 en el edificio principal). Es faraónico su coste, situado alrededor de los mil millones de euros. Y es faraónico, dada su magnificencia, el recorrido que propone, empezando por la gran explanada de acceso, siguiendo por la entrada a través de una pirámide apilastrada de alabastro, y después por el enorme atrio de una veintena de metros de altura que cruza el edificio. Y siguiendo a continuación por la escalinata salpicada de esculturas que asciende hacia la cota superior, hasta llegar al gran ventanal con vistas a las pirámides de Guiza y, de ahí, a la docena de extensas galerías, colmadas con unas 50.000 piezas de las 100.000 que atesora la institución.
El Gran Museo Egipcio costó mil millones de euros y espera recibir cinco millones de visitantes anuales
Este edificio ha sido diseñado por la firma irlandesa Heneghan Peng, ganadora del concurso fallado entre 1.157 participantes en el 2003, cuyo currículo era entonces discreto. La ambición del proyecto –y también las crisis derivadas de la primavera árabe, los baches económicos, la pandemia o los conflictos regionales– ha demorado dos decenios largos la finalización de las obras, iniciadas en el 2005. Pero ahora puede afirmarse que, si bien su formalización como objeto arquitectónico no es particularmente atractiva, cumple con creces su función y convierte la visita, por sí misma, en una experiencia espectacular, en un festín espacial.
La escala y la distribución del museo desempeñan un papel determinante en este logro. Su volumen principal es un gran cajón con seis naves paralelas (una reservada para la escalinata), relativamente anodino, pese al juego con las formas triangulares, muy evidente en la fachada -y no solo en ella- y al poderoso sistema estructural que soporta una cubierta articulada para poder regular la insolación. Ahora bien, nada más entrar, el visitante descubre un atrio descomunal, que evoca un amplio desfiladero techado, donde nos recibe Ramsés II, inmortalizado en una estatua de 11 metros de altura y 83 toneladas de peso, que antes presidió la plaza homónima de El Cairo. Desde dicho atrio se puede acceder a la escalinata o, más allá, al patio que lo separa de otra nave exenta, en la que se exhibe la barca solar de Keops, de 43 metros de eslora y más de cuatro mil años de antigüedad.
Si se sube por la escalera –guiño extremadamente holgado a las que descienden o ascienden hacia las cámaras mortuorias de las pirámides-, el festín espacial prosigue, hasta su remate en el gran ventanal ya citado. A partir de ahí, la visita continua por las galerías, en las que destacan los 7.500 metros cuadrados dedicados a Tutankhamon, el faraón fallecido alrededor de los veinte años, que fue enterrado en sucesivos ataúdes –uno de oro macizo- y sarcófagos, todos ellos aquí desplegados junto a una colección de 5.000 objetos.
Los enterramientos faraónicos aspiraban a facilitar a sus ocupantes el tránsito de la vida cotidiana a la inmortal. Por ello se equipaban con abundantes pertrechos. El GEM, naturalmente, no es ajeno a eso, y contribuye con largueza a realzar y perpetuar la vida y el encanto de lo faraónico (así como sus beneficios económicos). Como ya lo hacía el Museo Nacional de la Civilización Egipcia, inaugurado en El Cairo en el 2021, con su espléndida colección de veintidós momias reales sobriamente exhibidas con museografía actual. Y como no lo hace ya el Museo Egipcio de El Cairo, abierto en el 1902, durante años un atestado edificio neoclásico de la céntrica plaza Tahrir, ahora polvoriento, desprovisto de buena parte de sus piezas y languideciente.
¿Puede Egipto seguir confiando su futuro a la veneración del pasado? La cuestión no es estrictamente arquitectónica, pero sí pertinente, como quizás también lo sea una respuesta negativa. Pero los cinco milenios pasados desde el reinado de la primera dinastía y el autoritarismo de Al-Sisi pesan lo suyo. La vigencia de lo faraónico sigue siendo muy palpable en Egipto. Y la misión del GEM será prolongarla un poco más en el tiempo, mediante un edificio concebido con este propósito, sin reparar en gastos, que espera recibir más de cinco millones de visitantes anuales.

