Arco se blinda frente a la guerra
Feria de arte de Madrid
El gran encuentro del arte español, que este jueves inauguran oficialmente los reyes, tiene otro latido, aparentemente ajeno al sonido de los misiles en Irán y el Golfo Pérsico

Fragmento de una de las fotografías de Shirin Neshat de la serie 'Las mujeres de Alá', de

Hay una sección dedicada al futuro (por ahora) en la que se exhibe sobre un pedestal el ejemplar de un periódico del día anterior (la obra se titula Noticias de ayer) una orgia lésbica protagonizada por las lideresas del mundo, de Angela Merkel y Hillary Clinton a Kamala Harris (la gran sensación obra de la artista afgana Kubra Khademi, que tuvo que huir de su país por amenazas de muerte), un Juan Gris de 4,2 millones de euros ( Un racimo de uvas ) de 1917) que arrastra curiosos al estand de Leandro Navarro, un humilde collage del cubano Roberto Diago en el que sobre un par de botas viejas proclama “La pobreza no puede matarme”, artistas reclamando a voz en grito un Iva reducido y un Guest Lounge -el tradicional espacio para vips de toda la vida– construido con maderas quemadas el pasado verano en los bosques gallegos el pasado verano. Esto es Arco y en esta 45ª edición es posible encontrar de todo, incluida una galería de un pueblito del Empordà de 50 habitantes, Spinavessa, con un espectacular árbol-joya, una fuente y cien pájaros cantores de Víctor Jaenada. Pero ni rastro de la guerra.

Los pabellones 7 y 9 de Ifema tienen su propio latido, aparentemente ajenos al sonido de los misiles y bombardeos en Irán y los países del Golfo Pérsico. Parece que como si el mundo del arte hubiera normalizado una situación que no le pilla de nuevo: en la edición de 1991, la de su décimo aniversario, coincidió con el estallido de la Guerra del Golfo, y en 2022, cuando volvía a restablecerse la normalidad tras las restricciones de la pandemia, impactó la guerra en Ucrania el mismo día de la apertura. Los galeristas están librando su propia guerra -la de la rebaja del Iva- y hoy mostrarán hasta dónde están dispuestos a llegar cuando desfile la comitiva inaugural encabezada por el ministro Ernest Urtasun (al que acusan de lavarse las manos y no plantarle la batalla a Haciendo) y los reyes Felipe y Letizia, a los que agradecen su apoyo a lo largo de los años.

“La guerra por supuesto que va a repercutir en el sector porque va a afectar a la economía, pero las obras más caras y los artistas más consagrados seguirán vendiendo. El problema, como siempre, lo tendrán las obras menores y los artistas jóvenes”, señala el galerista Marc Domènech, en cuyo estand destaca, entre Dalí y Picabia, una gran tela de Joaquim Chancho que el artista había mantenido más de cuarenta años guardada en su estudio.
Un Lorca inédito y el cadáver de 'la virgen roja'
Aunque así de entrada pueda parecer que no es el escenario más idóneo para ello, la feria reserva sorpresas como un desconocido retrato de Lorca realizado en vida por su amigo Pepe Caballero, en Guillermo de Osma. O los dibujos que el pintor valenciano José Manaut Viglietti realizó en el velatorio de la joven prodigio Hildegart Rodríguez, asesinada cuando tenía 18 años por su madre al no poder tolerar que tuviera voluntad propia y deseara estar con hombres. Las obras, en José de la Mano, habían permanecido durante casi un siglo en la familia del pintor y salen a la luz después de que la historia haya vuelto a la actualidad gracias en parte a la película de Paula Ortiz La virgen roja.
Entre las 211 galerías, de 30 países que participan en la feria, apenas hay alusiones al conflicto que está poniendo el mundo patas arriba. Eugenio Merino, en ADN, ha estampado en un bidón de petróleo la Declaración Universal de los Derechos Humanos, recordando cuál es el verdadero motor de las guerras y que este es incompatible con la guerra. En este mismo espacio muestra La puerta del fascismo , un picaporte con una esvástica nazi.

Y prácticamente escondida en un rincón de la galería Lia Rumma, una fotografía de la artista iraní afincada en Estados Unidos Shirin Neshat nos recuerda hasta qué punto el pasado siempre es presente. La fotografía, de la serie Las mujeres de Alá, es de 1995 y muestra una mujer con chador negro que sostiene con sus manos pintadas en rojo un rifle que roza sus labios. También hay artistas iraníes en la galería Green Art de Dubái, cuyo galerista no ha podido llegar a la feria. Los encargados del estand no hacen declaraciones.
“Amábamos tanto la revolución”, proclama nostálgico Alfredo Jaar y Pilar Albarracín reivindica que lo bello también es político
“Es como si en el mundo del arte se hubiera normalizado totalmente”, apunta Carles Guerra, que recuerda por ejemplo que en su edición de 1974 la bienal de Venecia estuvo dedicada a Chile como un gesto de solidaridad internacional tras el violento golpe de Estado de Pinochet y la muerte de Salvador Allende. Guerra es el comisario del pabellón español en la próxima edición de la Biennale, que llenará con las postales de Oriol Vilanova, aquí presente en Àngels Barcelona y en Elba Benitez una de sus chaquetas azules con los bolsillos repletos de postales que reproducen obras de los viejos maestros (hace cuatro años una jubilada robó una del Museo Picasso de París creyendo que era una prensa abandonada y cuando fue descubierta ya la había llevado a la modista para ajustar el tamaño de las mangas).

A falta de proclamas políticas (Alfredo Jaar canta a los cuatro vientos su nostalgia mediante un neón luminoso: “Amábamos tanto la revolución”), hay obras dignas de museo en Mayoral (entre ellas, una escultura de Chillida de 1.900.000 euros o un Marria Pratts con luces de neón vendido antes de pisar Ifema) y artistas que reivindican la belleza como una de forma de hacer política, como es el caso de Pilar Albarracín, que muestra en Albarran-Bourdais sus Almas robadas, grandes flores inspiradas en los mantones de Manila y que ella atraviesa de dentro hacia afuera con 30.000 alfileres. León apela a la delicadeza con un arpa en la que las cuerdas han sido sustituidas por plumas de pájaros tropicales y, en la misma Max Estrella, Rafael Lozano-Hemmer hace arder las palabras de Primero sueño de Sor Juana Inés de la Cruz que se saldó de la hoguera de la Inquisición alegando que las había soñado.
Luego, escondidas en un pasillo de House of Chappaz hay maravillas fruto de la unión de la IA con la sensibilidad de un artista empático como Fito Conesa, que poniéndose en la piel del artista y cineasta Derek Jarman, fallecido a causa del sida en 1994, para darle un final más hermoso. En una carta escrita como si fuera el propio Jarman, Conesa expresa su deseo sacar su cama al un terreno de guijarros y matorrales a la sombra de una central nuclear donde construyó un jardín, y acabar allí sus días como si fuera una flor más.

