¡Azúcar! El arte contemporáneo deja sitio para el postre
ARTE
La gran retrospectiva en Londres sobre Wayne Thiebaud, célebre por sus cuadros de pasteles, bate récords de visitantes y coincide con un renovado interés de artistas y público por esta temática

Wayne Thiebaud: 'Cakes', 1963

Wayne Thiebaud (Estados Unidos, 1920-1921) cumplió cien años en plena crisis de la covid. Cuando le preguntaron, en su calidad de artista famoso principalmente por sus pinturas de pasteles, cuál le recomendaría a una población afectada mentalmente por la pandemia, respondió que mejor tener cuidado con el azúcar, porque es un enemigo de la salud. Y es que sus pinturas son muchas cosas, pero no dulces, no al menos en el sentido empalagoso de la palabra.
Mientras los críticos siguen debatiendo si su obra se puede calificar de pop, realista o incluso conceptual, si sus helados y golosinas y sus mostradores repletos de tartas constituyen una crítica al consumismo o una descripción del modo de vida estadounidense, el público está llenando la Courtauld Gallery de Londres, hasta el punto de que en estos últimos días de la exposición del artista norteamericano han tenido que ampliar el horario.

El postre ha sido un motivo recurrente en el género de los bodegones, especialmente durante el barroco, por su características que se prestan a la vanitas: los pasteles a medio comer que aparecen en Mesa con postres, frutas, vajilla y un timbal de Andries Bendetti (1636, museo del Prado) o Bodegón con pastel de frutas y diversos objetos , de Willem Claesz. Heda (1634, museo Thyssen-Bormemisza), representaban la fugacidad de los placeres y la brevedad de la vida, por su carácter perecedero; sí, el interior de las tartas aparecía apetitoso, pero sólo unos días los separan de la putrefacción.

Algunos críticos han considerado las pinturas de pasteles de Wayne Thiebaud como vanitas modernas. Sin embargo, en las actuales sociedades consumistas un placer puede sustituir a otro, y rápidamente. Ambas ideas se unen en el actual auge de los postres como motivo en el arte contemporáneo. La exposición Gran Postre , en el Kunstmuseum de La Haya, celebró entre finales del 2024 y mediados del pasado año la actualidad del dulce como motivo artístico y su omnipresencia en todas las esferas, como si se tratara del inicio de una temporada consagrada a pasteles, helados y reposterías. Batió récords de audiencia.
Los propios pasteles, físicos, imitan obras de arte y piden ser considerados como tales, como es el caso de Catleen Freeman y su célebre bizcocho que recrea una de las composiciones de Mondrian (2013). Freeman empezó su carrera como fotógrafa, pero la visión de una de las pinturas de pasteles de Thiebaud en el Sfmoma de San Francisco le hizo reorientarse hacia los pasteles. Popularizados por Internet, han surgido una clase de reposteros que crean tartas sumamente sofisticadas que consideran esta práctica un arte y exponen en museos y galerías de arte.

Wayne Thiebaud, criado en una comunidad mormona, también tuvo un acercamiento poco habitual a la pintura,tras sus inicios como dibujante en Walt Disney Studios. Cuando empezó a pintar, se fijó en que nadie utilizaba como motivo pasteles o tartas, y en que, al colocarlos en filas, “tenías la capacidad de orquestarlos”, según explicó con motivo de sus cien años. Thiebaud pensaba que sus pinturas no interesarían a nadie, pero fue justo lo contrario; saludado como artista pop, un movimiento del que nunca se sintió parte, especialmente porque no le gustaba ese estilo, sedujo al público con sus postres dispuestos como si se tratara de una cafetería, con un fondo blanco, asépticos, apetecibles pero fríos, nada que ver con la glotonería pop, y mucho más serios.
De hecho, Thiebaud se lo tomaba muy en serio: con sus tartas seriadas, sus colores sintéticos y el uso de la espátula, como si estuviera extendiendo el glaseado sobre sus pasteles, consideraba que su obra continuaba el legado radical de las naturalezas muertas de Manet o Cézanne. Dulces que retratan un modo de vida entre la crítica y la nostalgia sencilla: su postre favorito era una simple tarta de limón y merengue. Cuando le preguntaban si su obra constituía una critica a una época, lo rechazaba completamente: al contrario, sentía un profundo respeto tanto por los utensilios como por el resultado,

El motivo del postre ha experimentado un auge en las últimas décadas. En unas sociedades en las que lo efímero es la normalidad y los reels duran segundos, algunos críticos han visto en el motivo del postre una reivindicación o actualización de las vanitas, o un ejercicio de nostalgia, o una crítica del consumismo actual, simbolizado por el dulce. Kate Brown explicaba en un ensayo publicado en Artnet, “¿Por qué los postres están presentes en todo el arte contemporáneo?” , que en la era de internet, “nuestro consumo es visual, no gustativo”.
Las redes se llenan de imágenes coloristas de tartas y helados y fomentan una estética muy concreta; el confinamiento por la Covid, que puso a millones de personas en todo el mundo a elaborar bizcochos y batir nata, ha tenido, en opinión de Brown, un efecto en los artistas, y viceversa. El colorido de muchas de estas creaciones, tanto las artísticas como las gastronómicas, las convierten en instagrameables, muy alejados del tratamiento clásico de artistas como los catalanes Santilari, con sus frutas y bizcochos pintados a la manera de los grandes maestros. Pero como señaló Martha Prather, comisaria del Whitney museum de Nueva York, hablando del éxito de Thiebaud, “es alegre, mientras que gran parte del arte moderno está plagado de angustia”.

Algunos de estos artistas contemporáneos tratan el postre y los dulces como un símbolo, mientras que otros lo consideran un motivo en sí mismo. Es el caso del norteamericano Peter Anton y del neerlandés Tjalf Spaarnay. Anton se ha ganado el apelativo de “el escultor más dulce del mundo” gracias a sus esculturas de gran tamaño que recrean de forma hiperrealista cajas de bombones o de donuts, conejos de Pascua, torres de macarons o chocolates, algunas gigantescas, que han sido calificadas como “actos aleatorios de indulgencia”: lo que tienes es lo que ves, así de sencillo.
También pueden servir como vehículo más que apropiado para dar forma a la nostalgia. El artista español Juan Miguel Quiñones García mira al pasado, a través de un elemento que muchos podemos identificar: los helados, los polos que comíamos de pequeños. Convertidos en esculturas de mármol, algunas de tan gran tamaño que pueden llegar a pesar tres toneladas, nos retrae al momento en que saboreábamos un Drácula, el helado con palito negro por fuera y rojo por dentro, o un Capitán cola, con su punta naranja.
Quiñones, una figura emergente en el panorama artístico que ya ha expuesto en Milán, Zürich o Miami, utiliza la piedra para sus esculturas de 'cupcakes', sorbetes o chocolatinas, con las que recuerda los veranos de la infancia, cuando su madre le decía que “con la comida no se juega”, sentando así la base de sus intereses (y juegos) posteriores.

El hiperrealismo es el estilo que más artistas han adoptado en su acercamiento al mundo del azúcar. El neerlandés Tjalf Sparnaay pinta pasteles (y hamburguesas, y huevos fritos) más reales que los que nos comemos, mientras que el norteamericano Clay Vorhes juega en la liga de Wayne Thiebaud, su clara referencia, con hileras de helados, tartas y pasteles dispuestos como en una pastelería.

Will Cotton se hizo mundialmente famoso con el videoclip California Gurls de la cantante Katy Perry. Sus pinturas, también hiperrealistas, se centran en modelos envueltas en crema o nubes de azúcar, fantasías que desnudan la búsqueda del placer y celebran el deseo a través de una de sus metáforas más universales: lo dulce.
Pero el dulce también puede reflejar el vanitas, lo perecedero, de una forma actual: las gelatinas de Florence Houston, un motivo nunca antes tratado en la pintura, se yerguen desafiando su carácter movedizo y vacilante, pero la artista siempre explica que tiene que pintarlas rápidamente, porque cinco días es lo máximo que pueden resistir antes de desmoronarse. Juguemos con el postre, y con la comida en general, como lleva años haciendo el artista catalán Antoni Miralda: el tiempo se acaba.