Con el cinturón apretado por los errores y excesos cometidos anteriormente, el Barça ha cerrado un año excepcional, contra pronóstico, si el fútbol es lo que significa hoy en día: un río de oro por el que navegan toda clase de inversores norteamericanos y jeques árabes, en contra de sus propios y cínicos augurios.
El fútbol no se muere, como dijo Florentino Pérez cuando encabezó la revolución de la Superliga, ni la gente lo abandona, como declaró Gerard Piqué cuando aseguró que los clubs acabarán pagando a la gente para que acudan a los estadios. Visiones apocalípticas, en cualquier caso, propagadas por los profetas que más se aprovechan de estos tiempos codiciosos y asisten encantados a la orgía de dinero que sacude el fútbol mundial.
Al Barça le encantaría participar con todos los honores de esta apoteosis y, a su manera, se prepara para el desembarco después de su virulenta crisis económica, autoinfligida por una pésima gestión en casi todos los capítulos. La reconstrucción del Camp Nou no es otra cosa que la señal del regreso a un ámbito de influencia que abandonó entre deudas, crisis social, exilio interior y el desconcierto que provocó la caótica salida de Leo Messi, el mejor futbolista de la historia del Barça, probablemente el mejor de la historia del fútbol.
Hansi Flick junto a Robert Lewandowski
Todos los indicadores colocaban al Barça no en una extenuante travesía del desierto, si no en un gravísimo problema de indefensión frente a sus tradicionales pares, regados por chorros de dinero nunca vistos en el fútbol. Fracasó el asidero de la Superliga y el Barça se enfrentó al más sombrío de los panoramas, obligado a sobrevivir en su Siberia particular.
Se cierra 2025, un año clave para los futuros analistas del fútbol, con algunas derivadas sorprendentes. Varios de los clubs que más han invertido en fichajes –Liverpool (500 millones de euros), Manchester United o Real Madrid, tres de los más poderosos del planeta– se preguntan por qué se han gastado tanto para obtener muy poco o nada.
Se puede hablar de milagro del Barça, condenado a abandonar su vida de lujo y desenfreno económico desde el primer año de la pandemia, precedido por los despilfarros en las temporadas previas. ¿Qué futuro le esperaba al equipo, y por extensión al club, en una gestión que le extraía de los placeres del mercado y le obligaba a vivir con lo puesto? Según las teorías actuales, ningún equipo estaría menos capacitado para el éxito que el Barça.
Hasta su discutible pero tolerada palanca del 2022 –Lewandowski, Koundé y Raphinha– se entendió como una pesca de buenos, pero secundarios valores en el mercado global. El tiempo ofrece otro veredicto: se ha revelado como una extraordinaria cosecha, apuntalada ahora por el fichaje de Joan Garcia, una ganga para los tiempos que corren. El Barça terminó por funcionar muy mal en la abundancia. Entre otras cosas, desdeñó su propia cultura. Durante casi 10 años abusó de fichajes improductivos y carísimos. Incluso los caros y buenos, perforaron al club como un torpedo. Neymar fue el caso más flagrante. La cantera servía para presumir, pero no para aprovecharla.
A fuerza de hacer lo mismo que los demás y de cometer errores que los otros no concedían, el Barça despreció la parte más sustancial de su identidad, la que ha producido sus mejores equipos y la admiración general en los últimos 35 años.
Sin dinero, cuando menos en los niveles exorbitantes de otros clubs, el Barça ha regresado por obligación a su vieja cultura. Es un equipo joven, edificado sobre su fastuosa cantera y apuntalado por un pequeño grupo de futbolistas que no temieron los temibles pronósticos que se cernían sobre el club. Las peores circunstancias han llevado al Barça a navegar contracorriente. Lo ha hecho con cuidado y buen ojo. El resultado está a la vista: el año del Barça ha sido para enmarcar. Lo mismo le sirve como lección.