Los grandes ideales olímpicos parecen avanzar por un camino distinto al del mundo real. Sin embargo, la noche de Milán brilló con sus palabras clave: paz, diálogo, encuentro, respeto. Parece otro planeta frente al que imponen algunas autoridades en la tribuna: de hecho, el vicepresidente de EE.UU., J.D. Vance, fue duramente abucheado, al igual que la delegación de Israel, mientras Ucrania fue recibida con un auténtico triunfo. La ceremonia inaugural de los Juegos de Milán-Cortina fue un gran contenedor de luces, música y colores, en busca permanente de contenidos, necesariamente también políticos.
“Bienvenidos a las primeras Olimpiadas diseminadas”, proclamó el presentador, reivindicando el carácter de este evento repartido por distintas localidades alpinas del norte de Italia. En el centro del estadio de San Siro se celebró Italia, sus símbolos y su espíritu, su larga historia —de la Roma antigua al Carnaval de Venecia— con un espectáculo titulado “Armonía”, otro oxímoron en tiempos de gritos. Después apareció una puesta en escena llena de estrellas: Mariah Carey cantando Volare y Laura Pausini entonando el himno nacional italiano; y, en la memoria colectiva, cuando los altavoces recuperaron uno de los clásicos de Raffaella Carrà, A far l’amore comincia tu , junto a las grandes arias de Giuseppe Verdi y Giacomo Puccini. Más tarde llegaría la interpretación de Andrea Bocelli y el Nessun Dorma.
Un momento de la ceremonia en San Siro (AP Photo/Ben Curtis)
En un momento de gran emoción, la top model Vittoria Ceretti —novia de Leonardo DiCaprio— desfiló en el centro del estadio con la bandera italiana en las manos y la entregó a un coracero, miembro de la guardia de honor del presidente, al cierre del homenaje dedicado a Giorgio Armani, otro de los grandes nombres italianos recientemente fallecido. Entre el público estaba George Clooney, italiano de adopción, que pasa buena parte del año en su villa a pocos kilómetros de aquí, en el lago de Como. Luego llegó el gesto sorpresa: el presidente de la República italiana, Sergio Mattarella, de 84 años, apareció (en un video) a bordo de un tranvía clásico de Milán conducido por Valentino Rossi. Terminado el primer bloque de la noche comenzó el desfile de las naciones, como siempre abierto por Grecia —país fundador de los Juegos Olímpicos— y cerrado por Italia. España fue recibida con un largo aplauso, y también esta delegación reflejó el carácter “diseminado” del evento: en Milán la abanderada fue la patinadora Olivia Smart, seguida por doce atletas; mientras que en Livigno al frente estaba el esquiador de Vic Quim Salarich con otros cinco compañeros, y en Predazzo los cuatro representantes del snowboard. Y cuando se encendieron los pebeteros olímpicos se subrayó otro hito: por primera vez fueron dos. Uno en Milán, cuya última llama fue encendida por Alberto Tomba y Deborah Compagnoni, esquiadores icono italianos, y el otro a 350 kilómetros de distancia, en Cortina d’Ampezzo, prendido por la también esquiadora Sofia Goggia.
Laura Pausini interpretó el himno de Italia
Marco Balich, el italiano que desde hace 20 años firma prácticamente todas estas ceremonias, quería un acto sobrio —“estamos al fin y al cabo en el norte”— y que contara la Italia de hoy además de la de este viernes: tradición e innovación, “sin mensajes que puedan dividir”. Los Juegos inaugurados este viernes en realidad ya habían comenzado dos días antes, con las competiciones de hockey, curling y patinaje. Milán por el momento muestra cierta indiferencia, pero no hostilidad. El espíritu olímpico, muy celebrado por las autoridades y omnipresente en los carteles de la ciudad, hay que buscarlo con atención. Este modelo no ayuda: el evento olímpico termina diluyéndose. Al fin y al cabo, para ver la nieve hay que mirar al horizonte —las cumbres del Monte Rosa y luego el Resegone— hacia los valles de Bormio y Livigno, donde España se juega sus principales opciones de medalla.
Un poco de emoción llega con la llama olímpica. Cuando la antorcha creada por el joven diseñador menorquín Xavi Pons Cussò recorre las calles del centro, los milaneses se detienen y hacen fotos. La emoción crece cuando aparecen los grandes deportistas italianos, empezando por la nadadora Federica Pellegrini —hoy miembro del COI— o el exdelantero del Barça Zlatan Ibrahimović, ahora directivo del Milan.
Como siempre ocurre, estos eventos se convierten en espejo y válvula de escape de un mundo que cambia rápidamente. Y la presencia del vicepresidente de Estados Unidos, J.D. Vance, ha catalizado atención y protestas. El número dos de Donald Trump no pasó desapercibido en estos días: tras el aterrizaje del Air Force Two en Malpensa, un cortejo de 33 vehículos de todo tipo atravesó Milán el jueves por la mañana y un blindado Lince vigila su hotel frente a la Estación Central. Para protegerlo no se vieron en la calle agentes del ICE, la brutal policía migratoria de Trump. Tras la polémica política que dejó en aprietos al gobierno italiano, la embajada estadounidense precisó que los agentes del ICE permanecerán dentro del consulado de EE.UU. En Milán —obviamente superblindado— coordinando el dispositivo de seguridad de la delegación estadounidense. La dimensión política es inevitable también fuera del estadio. Antes de recibir los abucheos en San Siro, Vance almorzó con la primera ministra Giorgia Meloni, con quien celebró “la comunión de valores” entre ambos países.
El estadio de San Siro, este viernes
Un encuentro que, en cambio, Emmanuel Macron quiso evitar a toda costa: según el protocolo debía sentarse cerca de Vance, pero prefirió quedarse en París. Antes de llegar al estadio, los jefes de Estado y de gobierno fueron recibidos por Mattarella en el Palazzo Reale. Tal concentración de poder atrae necesariamente protestas. Este viernes hubo marchas en las calles de Milán de movimientos de solidaridad con Palestina y contrarios a los Juegos (y a la presencia del ICE). Hoy se repite una manifestación que preocupa a las fuerzas de seguridad. El pebetero arde bajo el Arco de la Paz, querido por Napoleón. Milán, sin manías de grandeza, mira a sus montañas y sugiere un mundo diferente.


