El 'Penisgate', el nuevo dopaje o el juego del gato y del ratón: “Si no se prohíbe en el reglamento...”

Salto de esquí

El creciente runrún del uso de ácido hialurónico en el pene de los saltadores de esquí engrosa los deportes que han sufrido alteraciones por el material, como nadador, atletismo o ciclismo.

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Lisa Eder, de Austria, en acción durante la clasificación individual femenina HS140 de la Copa del Mundo de Saltos de Esquí de la FIS en el Vogtland Arena este sábado, en Klingenthal (Alemania)

MARTIN DIVISEK / EFE

“Es el juego entre el gato y el ratón”, explica siempre Jordi Segura, quien fuera el jefe del laboratorio antidopaje de Barcelona a lo largo de dos décadas y quien tuviera en el congelador durante diez años 200 bolsas de sangre de la Operación Puerto (ADN nunca revelado en su mayoría) o llevara el caso de la nadadora irlandesa Michelle Smith, ganadora de forma sorprendente de cuatro medallas en Atlanta ‘96. “Las muestras olían a whisky, estaban adulteradas”, rememora. La sancionaron años después.

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Pero ahora, la Agencia Mundial Antidopaje (AMA) y las federaciones internacionales no luchan solo contra las sustancias. Se sigue hablando de EPO o esteroides, pero también de bicicletas, bañadores, zapatillas... O del pene de los saltadores, como en los Juegos de Invierno que ya han arrancado en Milán-Cortina d’Ampezzo.

La AMA y la Federación Internacional reconocieron que estrecharán el cerco al escáner corporal 3D que determina el traje que deben llevar los saltadores de esquí. Este debe ir ceñido para no aprovechar ningún tipo de aerodinámica. Según publicaron Bild y The Times, hay sospechas de que saltadores se inyectaron ácido hialurónico (un tipo de silicona) para ampliar el grosor de su miembro viril y poder tener un traje más grande en la zona de la entrepierna. Eso, según el propio medio inglés, les podría ayudar a recorrer hasta cinco metros más que pueden ser determinantes. 

El biomecánico Raúl Arellano, que ayudó a construir a una Mireia Belmonte campeona olímpica, explica los beneficios. “Podemos ver la típica imagen de una persona que se tira con un traje con alas (Wingsuit) y planea. Aquí, si en la zona de la cadera sobra tela, se puede lograr una sensación parecida en algunos deportistas. Ese planeo les hace llegar algo más lejos, aunque sea un 2% a ese nivel las diferencias son mínimas”, explica, y añade: “Eso no es doping al uso, es aprovecharse del material. Si no está en el reglamento, ahora no pueden hacer nada. Deberán cambiarlo como pasó en natación con el poliuretano”, explica convencido.

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Bien lo sabe Arellano. La natación vivió otro caso, quizás el más salvaje, de doping tecnológico que obligó a cambiar el reglamento en 2010. Se crearon unos bañadores, los Jaked, que estaban tan ceñidos al cuerpo (“era un horror, tardaba media hora en ponérselos a los deportistas”, rememora la fisioterapeuta Mónica Solana) que los nadadores flotaban casi solos. En los Mundiales de Roma de 2009 se batieron 46 récords mundiales; algunos de ellos siguen vigentes. No los pudieron prohibir porque el ratón corrió más que el gato.

También llegó al ciclismo. En el Tour se realizan escáners a las bicicletas para detectar si hay motores o imanes, una cantinela que recorre el pelotón desde hace más de una década. Y en atletismo, el debate sobre las zapatillas copa la actualidad. “Ironman ha prohibido ya (como hizo el atletismo) zapatillas con suelas superiores a 40 mm o con múltiples placas rígidas”, añade Arellano. En otros deportes como el skeleton, los cascos o los trajes pueden marcar la diferencia. Pero en ninguno de ellos se llega al quilombo del Penisgate en Milán.

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