En Vigo, uno de los lugares de la geografía española donde las luces, en este caso las de Navidad, importan tanto o más que el fútbol, el Espanyol provocó un apagón general. Un cortocircuito diseñado por Manolo González, que tuvo la poco original idea y quizás por eso brillante, de defenderse con todo durante 86 minutos y ejecutar a su rival al final, cuando no cabía capacidad de reacción. No habrá forma de que el Museo del Prado se interese por este partido, soporífero por momentos, pero el gol de Kike García tras un oportuno cabezazo al saque de un córner es la confirmación de que este Espanyol va muy en serio a por Europa.
El fútbol le devolvió al equipo blanquiazul en Balaídos los años de salud que tantas veces le restó en otros tiempo. No fue el mejor encuentro de los pericos, obcecados en protegerse, diligentes hasta el extremo en defender su portería, pero efectivo como pocas veces. Ambos técnicos dibujaron una fascinante batalla táctica. Un monumento, en cambio, al aburrimiento para el aficionado, donde las áreas y sus inquilinos fueron convidados de piedra muchos minutos. Y eso que el Celta lo intentó de múltiples formas, gobernando el balón pero no el partido, pues enfrente, Manolo tenía un plan.
El Espanyol se proyectó muy poco en ataque en el primer tiempo. Y eso que lo hacía hacia el fondo vacío de un Balaídos en obras, que permite otear el partido desde las terrazas de los bares cercanos. Solamente cruzó la divisoria con peligro cuando el Celta, un equipo animoso que disfruta haciendo correr el balón, se equivocaba. Recordó Manolo González que así logró abrir el partido la temporada pasada y planificó una presión alta para condicionar a un rival que arriesga demasiado. También Giráldez había aprendido la lección, y alineó a sus centrales con mejor pie para evitar sustos. Y aun así Dolan fue capaz de hacer buena la presión y recuperar en campo contrario en una jugada que terminó con un centro de Pere Milla. No llegó Roberto por centímetros al remate. Ahí se acabó la actuación de Radu en ese periodo.
Repitió Terrats en el once, convencido Manolo González de que en este tramo de temporada debe ser un jugador importante para el equipo. Aunque, contagiado por la seriedad del colectiva, no logró poner ese punto de pausa y talento. No encendió la alegría en un ejercicio casi militar y terminó sustituido. Pol Lozano entró por Edu Expósito en el medio y, como es habitual, Roberto tomó el puesto de Kike García.
Estaba el partido tan soso que el VAR decidió darle un poco de vida, llamando al colegiado para señalar un fuera de juego. Excentricidades del fútbol moderno. Reclamaba el Celta un penalti de Calero sobre Borja Iglesias, pero el delantero estaba en posición incorrecta. No sufría el Espanyol hasta que esa jugada envalentonó al Celta. Desde ese momento el partido se fue inclinando hacia la portería de Dmitrovic y Bryan Zaragoza encontró el espacio en un contragolpe para disparar cruzado sobre la portería de Dmitrovic.
En la reanudación, el monopolio del balón fue todavía más acusado a favor del Celta. Nada se supo del Espanyol en ataque, maniatado por su rival y sin capacidad para desatar el vértigo que acostumbra esta temporada. Comenzó a intuirse que el desenlace no iba a ser positivo si algo no cambiaba radicalmente. Pero apareció Manolo González para girarle la cara a su equipo con varios cambios y en la recta final llegó el arreón esperado.
Fueron apenas cinco minutos. Dos remates. Uno de Cabrera en el primer palo. Y el segundo, desde el mismo sitio, cabeceado por Kike con mimo para colar el balón al fondo de la portería. El delantero con el que nadie cuenta para el gol, pero en el que el técnico gallego confía siempre. Otro milagro difícil de creer por lo que supone en terminos clasificatorios. El enésimo triunfo llegado del cielo. Una normalidad que permite al equipo perico seguir sexto. Con 24 puntos después de 14 jornadas. Serán cosas de meigas. O de santos como habrá que empezar a ver a Manolo González
