Si en algún momento el Real Madrid asomó la cabeza de la crisis en la que lleva instalado desde que perdió el liderato de la Liga, aun con Xabi Alonso en el banquillo, esta noche volvió a su agujero y cerró la puerta con llave. El Getafe de José Bordalás, en una interpretación de Oscar, puso en evidencia el sinsentido futbolístico en el que vive el equipo blanco, carente de juego, irregular, pendiente de la rodilla de Mbappé y de ese cruce con el Manchester City en la Champions más por la convicción que le garantiza su pasado que por las opciones reales que le da su presente. El Barça ya duerme a cuatro puntos en la Liga y este viernes los de Álvaro Arbeloa visitan al Celta, el Euro Celta, que acumula tres victorias seguidas y parece protegido por las meigas. En tres semanas, el Madrid podría certificar otra temporada en blanco.
A este Real Madrid sin su pichichi y cogido con alfileres, rivales como el Getafe le sacan de quicio. No hace falta demasiado para poner contra las cuerdas a los blancos y no hay nadie como Bordalás para hacer brotar las miserias que uno lleva dentro. Y todas ellas salieron en la que fue una erupción que arrasó con todo (poco) lo que había construido Álvaro Arbeloa en este mes y medio al frente del equipo.
Fiel a su libreto, el Getafe le dio el balón al Real Madrid (79% de posesión) y estrechó sus líneas en apenas 25 metros. No corría el aire en el nuevo Bernabéu de Florentino Pérez, quien tragó saliva porque vio como no hubo ni ideas ni creatividad. El equipo merengue ofreció un ejercicio de impotencia visto pocas veces, agarrado solamente a las carreras de Vinícius, quien recibió cinco faltas en diez minutos y tuvo en el minuto 13 el 1-0 en un mano a mano que sacó David Soria con el pie derecho. Quizás ahí pudo cambiar el partido, pero el brasileño no es Mbappé por mucho que los altavoces le encumbren cada fin de semana.
La línea de cinco del Getafe y el doble lateral derecho maniató al delantero brasileño, que lo intentó de todas las maneras hasta que acabó enredado en su propia madeja. Güler la pedía al pie, como Gonzalo o Valverde, mientras Trent Alexander Arnold recordó más al de las tardes agrias de Liverpool y Rüdiger tuvo que ser expulsado en el minuto 26 por un rodillazo en la cara a Diego Rico. Incomprensiblemente, el VAR no intervino. Y el colegiado entendió la agresión como un lance involuntario del juego.
El Getafe no hace prisioneros. El partido era ya un monojo de nervios, de tarjetas amarillas, interrupciones y protestas. Hasta que un derechazo a la escuadra de Courtois hizo saltar al Madrid por los aires. Un centro desde la derecho y tocado por Arambarri le cayó a Satriano que, de empeine exterior, lo teledirigió a la red.
Con 0-1, muchos rivales se acaban derritiendo por el fuego del Bernabéu y del Madrid acostumbrado a la épica. No el Getafe, superviviente en cualquier reyerta. En vez de dar un paso atrás, lo dio hacia adelante, mientras que los silbidos regresaron al Bernabéu en cada posición estéril que no llevaba a ninguna parte. La desesperación en la grada no había hecho nada más que empezar. En la segunda parte todo se agravó.
Arbeloa sacó a Rodrygo, Carvajal y Huijsen, pero el problema del Madrid no era de nombres sino de ideas. El significado de su juego no cambió. Apenas dos ocasiones que llevarse a la boca en un asedio con balas de fogueo. Rüdiger remató de cabeza desviado y Rodrygo se topó con la mano izquierda de Soria, un gigante toda la noche.
Los decibelios aumentaron, los minutos pasaron y el Getafe, que vio en el encuentro cinco amarillas y una roja (los locales, con cuatro y una tarjeta roja), acabó en el área del Real Madrid. Un final acorde con el naufragio blanco, que no tiene remedio.


