Al Real Madrid que solo le vale ganar, especialmente en un día tan señalado como este 6 de marzo (124º aniversario), le sabe a gloria la victoria conseguida en Balaídos (1-2) en el minuto 95, justo al filo del precipicio, con un tiro desde fuera del área de Fede Valverde que tocó en Marcos Alonso y se coló en la portería de Radu. Un triunfo inesperado porque la balanza caía del lago gallego ante un equipo blanco mermado por diez bajas, pero que mejoró la imagen ofrecida el lunes ante el Getafe. El Madrid vuelve a ponerse a un punto de un Barça que se calibra hoy en San Mamés (21.00h.) Tras el esfuerzo en vano del martes en la Copa del Rey ante el Atlético.
A los cuarenta segundos de partido, Borja Iglesias ya había lanzado a puerta. Un despiste de la defensa del Madrid lo aprovechó El Panda para enviarla, eso sí, a las nubes. Más certero estuvo cinco minutos después, cuando hizo lucirse a Courtois en la primera ocasión del encuentro. Estaba claro que en las piernas del desgarbado delantero estaban las opciones del Celta, un equipo enrachado (cuatro victorias seguidas y en octavos de la Europa League) que ya asaltó el Bernabéu en la primera vuelta y dejó casi en la lona a Xabi Alonso. Era diciembre y el equipo blanco ya daba síntomas de agotamiento.
Tres meses después de aquello, y con Arbeloa en el banquillo, el hastío es el mismo. El Madrid no levanta cabeza por mucho que en Balaídos mejoró la versión del lunes ante el Getafe. No era difícil, pero por momentos el Madrid se acercó a la victoria, como sucedió tras ese primer envite de los locales.
Vinícius, en una carrera al espacio, mandó el balón al poste. Era el minuto diez y Tchouaméni, desde la frontal, se quedó a centímetros de tocar la red. Un córner que fue el preludio del inexplicable 0-1. Como sucedió en aquel famoso 4-0 de Anfield del Liverpool al Barça, Trent sacó rápido a un Güler que se estaba atando las botas (o hacía el gesto). El Celta estaba sesteando y la pizarra de Arbeloa valió el gol de un Tchouaméni que ahora es el mejor defendiendo y atacando del equipo. Con tantas estrellas, todas ellas en la enfermería (Mbappé. Bellingham, Rodrygo...), el mediocentro francés se ha convertido en el mejor sobre el césped. Seguro de sí mismo, es un pulpo al recuperar balones y un el mejor lanzador cuando pisa el área.
Por ser su plan de partido más que por respeto (a este Madrid le ganó el Albacete en la Copa), el Celta dio un paso atrás cada vez que el Madrid se sacudía la primera presión. Con tan poco espacio, el partido bajó de revoluciones. Los blancos la sobaban sin profundidad mientras el Celta esperaba la suya. Y la tuvo a los 25 minutos. Swedberg sacó lo peor de Trent, quien evidenció sus lagunas defensivas. No cerró por dentro el pase, se comió el recorte y lo defendió a dos metros, espacio suficiente para poner un pase franco a Borja Iglesias, que la metió para adentro. Era el minuto 25 y el Celta, que empezó a fluir, estuvo a punto de marcharse con ventaja al descanso, pero Courtois, en el 46, desbarató el tiro de Swedberg tras una preciosa jugaba colectiva.
Con un banquillo de circunstancias -Camavinga en Madrid por una muela-, poca madera pudo cargar Arbeloa. Repitió el canterano Pitarch y entró Palacios, quien protagonizaría la jugada que pudo cambiar el signo del encuentro. En el minuto 72, tras casi media hora de bostezos, Ferran Jutglà tocó con la mano dentro del área un centro del Real Madrid. Díaz de Mero, advertido por el VAR, acudió a ver las imágenes pero, finalmente, señaló una falta anterior en el salto de Palacios a Ilaix Moriba. Era visible. De no producirse, hubiera sido penalti.
A falta de diez minutos, el partido solo podía agitarse metiéndolo en una coctelera. No tenía más elementos el Madrid, quien vio como Gonzalo (suplente en lugar de un activo y resucitado Brahim) quiso ponerle la pimienta, pero el factor emocional era para Iago Aspas, que salió en busca de la épica. No llegan las piernas lo hace el corazón, pero ni con esas. Aspas la tuvo, con un tiro al palo. Y el Celta murió apretando a un Madrid que encontró premio cuando ya no quedaban bolas. Puro Madrid, que celebró años ganando algo que parecía imposible.


