Lo que el chicle de MacGyver explica sobre el rearme europeo
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No son solo Indra y las empresas de armamento. Desde las nucleares de Iberdrola y Endesa hasta el BBVA o Telefónica, las grandes compañías reivindican su aportación a la autonomía estratégica
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Richard Dean Anderson fue MacGyver en la serie televisiva de los ochenta.

Muchos recordarán las andanzas de MacGyver en los años ochenta, en aquellos años en los que Estados Unidos apenas adolecía de déficit comercial con China y disfrutaba de eso que hoy llamaríamos plena autonomía estratégica. El momento cumbre de los episodios de MacGyver llegaba cuando se hallaba acorralado por los malos --por entonces, los malos eran ostentosamente malos-- y se las componía por ejemplo con un tubo, un trozo de alambre y un esparadrapo para fabricar un lanzagranadas. Esta ficción solo podía resultar verosímil en un país capaz de producir todos los enseres necesarios para atender cualquier inclemencia. Un país al que ahora querría parecerse Europa.
En el imaginario popular el chicle de MacGyver es el epítome de la versatilidad industrial, del uso militar que puede adoptar un producto de origen civil. Con un chicle, MacGyver fabricaba un arnés, el percutor de una escopeta, un paracaídas o un cazabombardero. Lo curioso es que en internet hay cientos de alusiones al chicle de MacGyver, pero no hay forma de encontrar un episodio en el que lo use. Quizá sea una leyenda, la leyenda del providencial chicle en torno al cual giraban las economías anteriores a la globalización. Hay incluso alusiones a él en un debate parlamentario entre Pablo Iglesias y Albert Rivera en 2016, como demuestran estas imágenes.
¿Y a qué viene todo esto? A que quizá Pedro Sánchez tiene algo de razón cuando reniega de la palabra rearme para referirse al momento que vive Europa. Algo de razón al margen por supuesto de las presiones eufemísticas que sus socios de gobierno puedan ejercer.
Porque el concepto de seguridad que maneja la Comisión Europea y que sus altos funcionarios se empeñan en transmitir estos días va mucho más allá de las bombas y el rearme. La seguridad es ahora el vocablo que impregna todas las políticas, sean industriales, sanitarias o educativas. Lo hace con la misma contundencia con la que la palabra verde atravesaba cada actividad en el quinquenio anterior. La seguridad es el término transversal, el término que ensarta como una brocheta este territorio llamado UE y abre enormes campos semánticos. Una de las expresiones que acompañan el concepto es la de uso dual. Una carretera, un puente o una línea de ferrocarril serán desde ahora bienvenidos si de paso contribuyen a la seguridad europea facilitando por ejemplo el transporte de tropas. Deben funcionar como el chicle de MacGyver.
Las grandes empresas son muy conscientes de ello. Alguna de ellas ya saben qué consignas deben atender: el chicle ideal ya no es el que se produce sin emisiones de CO2, sino el que dispone de la textura adecuada para que MacGyver pueda utilizarlo como arandela en caso de emergencia. El uso dual es el gran legado del televisivo héroe americano. Por si alguien no lo ha cogido y necesita más ejemplos, aquí por ejemplo desactiva un potente misil con un sencillo clip de oficina. Dicho de otro modo, los ganadores de esta nueva era no son solo Indra y las empresas de armamento. Las nucleares, los fabricantes de coches, las telecos, las empresas mineras o todo negocio que sea capaz de ofrecer seguridad y autonomía puede encontrar un hueco en la nueva obsesión de Bruselas.
Chicles de varios sabores. En efecto, lo que se nos viene encima va mucho más allá del ramillete de compañías dedicadas a la defensa. La amenaza híbrida incluye ataques informáticos a infraestructuras críticas, campañas de alteración de procesos electorales, dominación tecnológica, rupturas de las cadenas de suministro, estrangulamientos energéticos y otras muchas cosas que no se solucionan con artillería pesada. No hay más que leer el chat sobre el reciente ataque de Estados Unidos a Yemen para entender lo que piensa la Administración Trump de Europa.

¿Y todo esto lo van a aprovechar las empresas? Sin ninguna duda. Vayan por delante dos ideas y varios ejemplos:
Primera idea: el chicle entra en combate. Existe el mantra de que las guerras aceleran innovaciones cuyo uso luego se aprovecha en el ámbito civil. El GPS, el microondas o las gafas de sol son ejemplo de ello. Sin embargo, también ocurre lo contrario. A menudo los productos creados con fines civiles acaban resultando decisivos en el campo de batalla. Un ejemplo de ello son las poleas, grúas y sistemas hidráulicos que se idearon en el teatro griego y que luego acabaron teniendo uso militar. Otro más reciente se encuentra en la propia guerra de Ucrania. Los drones y la constelación de satélites Starlink propiedad del super Boomer (popular marca de chicles catalana ya desaparecida) Elon Musk están teniendo un papel más determinante que los clásicos aviones de combate. Las nuevas guerras van de los civil a lo militar.
Segunda idea: el temor a una guerra al estilo Amazon. Los conflictos no renuncian a la destrucción masiva, pero incluyen una aterrada y quirúrgica novedad: la eliminación individualizada del enemigo, como quien entrega un paquete de Amazon. Las big tech y el poder omnímodo que les hemos concedido son ahora objeto de preocupación en Bruselas. No solo por el manejo de los datos de millones de ciudadanos, sino por la cantidad de procesos que dependen de estos oligopolios. Europa está retrasada en la carrera tecnológica y no dispone de capacidades para suplir a los demiurgos Microsoft, Apple o Google. Ni qué decir tiene que en inteligencia artificial el panorama es parecido. En la propia Comisión Europea avisan de que su agenda digital va a ser un asunto delicado y de que la UE necesita dotarse de lo que llaman un “democracy shield”. Un blindaje de la democracia. Hay abiertos expedientes muy sensibles a Amazon, Google o Apple. Expedientes a cuyo resultado Estados Unidos puede responder con agresividad.
Y los ejemplos de empresas:
Telefónica, ¿tienes chicle? Como avanzadilla innovadora, Telefónica tiene algo que decir en todo esto. Al menos, a falta de referentes en el ecosistema innovador más allá de los inocuos unicornios Cabify, Jobandtalent o Travelperk. El presidente de Telefónica, Marc Murtra, ha citado la división Tech como una de las áreas de mayor potencial. Sobre esta unidad descansan negocios como la ciberseguridad, que convierte a la teleco en una pieza clave. Hispasat, recientemente adquirida por Indra a Redeia, también gana ahora protagonismo, sobre todo a través de Hisdesat, su filial de servicios de satélite para clientes gubernamentales.
Iberdrola quiere seguir mascando las centrales nucleares. “¿Podemos, como europeos, renunciar a esos recursos energéticos?”. La pregunta se la hacía hace unos días el presidente de Iberdrola, Ignacio Sánchez Galán, en declaraciones al Financial Times. Se refería a las centrales nucleares españolas y, en concreto, a los siete reactores cuyo cierre las eléctricas pactaron con el Gobierno hasta el 2035. Como recoge aquí Pilar Blázquez, los propietarios son, aparte de Iberdrola, Endesa y Naturgy. La novedad está en que, como resaltó Galán, la situación ha cambiado desde el acuerdo de cierre en 2017. La nuclear, argumenta Iberdrola, encaja con la nueva gran preocupación europea en torno a su seguridad. El mensaje llega en pleno debate sobre la continuidad de Almaraz.

El BBVA estira el chicle para pegarlo a su opa por el Sabadell. La gran novedad discursiva de la reciente junto de accionistas del BBVA fue la asociación que su presidente, Carlos Torres, estableció entre la operación y el actual cocedero geoestratégico. La UE, explicó, se halla en plena búsqueda de autonomía, movilizando 800.000 millones de euros para su defensa, y para ello necesita bancos más grandes en Europa y en España, de modo que la opa al Sabadell tiene “más sentido que nunca”. Fue su razonamiento ahora que el expediente de Competencia parece decantarse a favor del BBVA y que se aproxima un hito relevante, el de la posible imposición de condiciones por parte del Gobierno, informa Eduardo Magallón.
Pompas con el euro digital. Una de las iniciativas del BCE más soporíferas en cuanto a interés informativo es la creación del euro digital. Si dices tres veces euro digital antes de dormir, te quedas frito al instante. Sin embargo, esta aburrida iniciativa se pone interesante ahora que la Administración Trump se ha convertido en una seria amenaza. El propio Banco de España se está posicionando con contundencia, avisando de la cuota de mercado que alcanzan proveedores de pagos como Apple Pay y defendiendo un euro digital como solución frente a eventuales injerencias estadounidenses.
El regreso de la minería. Esta semana, la Comisión Europea ha dado a conocer el medio centenar de proyectos en la UE, siete de ellos en España, en los que se explorarán y extraerán 17 minerales críticos, informa Anna Buj. Son en los que existe una dependencia superior al 80%. Lo hará conforme a un mecanismo en el que los yacimientos se identifican como estratégicos y en el que se agilizarán plazos y se reducirán exigencias ambientales.
Coches y acero. La lista de empresas industriales que pueden aprovecharse de la nueva estrategia europea es amplia. Desde la Comisión Europea citan a menudo la fuerte conexión entre la automoción y la defensa. En torno a esta actividad, indican, pueden desarrollarse ecosistemas militares. Por cierto, las ventas de coches Tesla están descendiendo con fuerza en Europa, afectadas en parte por la radicalidad del primer accionista de la empresa, Elon Musk. Hay otros ámbitos de interés industrial, como el de la siderurgia, con empresas relevantes en España como ArcelorMittal, Acerinox, Celsa o Sidenor. Bruselas acaba de aprobar medidas para protegerlas.
En fin, si MacGyver fuese votante de Trump, se quedaría perplejo con lo que viene a continuación: El origen del chicle no se encuentra en una granja del medio oeste americano, sino en la civilización maya, en tiempos precolombinos, en la península del Yucatán, sí, en el golfo de México, ese al que Trump llama ahora golfo de América. Ya por entonces existía la afición a mascar la resina de un árbol que limpia la boca y mitiga la sed en épocas de sequía. En su versión contemporánea, el chicle se elabora a partir de derivados del petróleo, mucho más acorde con los planteamientos energéticos de MacGyver. Quién le diría a este héroe televisivo que la goma de mascar no es más que una apropiación cultural, una aportación de este país vecino al que ahora se imponen aranceles y a cuyos migrantes denuesta la Administración Trump.
En definitiva, haría bien Bruselas en incluir un chicle en el tan mentado kit de supervivencia de 72 horas anunciado esta semana.
Otras noticias de la semana

- Polémica ampliación de capital en Prisa. El conflicto accionarial en el grupo de comunicación se ha agravado con el lanzamiento de una ampliación de capital por 40 millones para reducir la deuda. La operación la impulsa el primer accionista, el fondo Amber Capital, de Joseph Oughourlian, y ha sentado muy mal al grupo opositor de accionistas españoles, que se prepara para litigar, informa Fernando H. Valls.
- Respaldo a la autoopa de Naturgy. El grupo energético ha obtenido el visto bueno de sus accionistas, con un apoyo del 99% del capital, a la autoopa por el 10% del capital que permitirá a CVC y BlackRock deshacerse de una parte de sus acciones, informa Gabriel Trindade.
- Historia reciente de los aranceles. El malestar de Estados Unidos por sufragar la defensa de Europa y sus políticas arancelarias tienen precedentes lejanos, explica Elisenda Vallejo en su Sin Burbujas. Trump ha puesto patas arriba las relaciones comerciales internacionales y amenaza con desacelerar la economía mundial.
- Se vende el Espanyol. El club de fútbol sigue bajo la sombra de un proceso de venta no reconocido públicamente por su propietario y presidente, el inversor chino Chen Yansheng. Diversas fuentes aseguran que a través de intermediarios se ha rastreado el mercado buscando interesados, adelanta Manel Pérez.
