Dinero

Impuestos sobre los patrimonios elevados: Robin Hood representa una farsa.

Fiscalidad

Crear tributos específicos es un desacierto.

Una protestaen el Capitolio pidiendo más impuestos paralos más ricos

Una protestaen el Capitolio pidiendo más impuestos paralos más ricos

BRYAN DOZIER / AFP

El 1% más rico de Estados Unidos disfruta de una quinta parte de los ingresos de la economía y paga casi un tercio de los impuestos federales. Muchos políticos creen que deberían aportar mucho más. Zohran Mamdani, alcalde de Nueva York, quiere un nuevo gravamen municipal del 2% sobre las rentas superiores al millón de dólares. Virginia, Rhode Island y el estado de Washington están estudiando medidas similares, y este año es probable que los californianos voten un impuesto “puntual” del 5% sobre la riqueza de los milmillonarios.

Dentro de Europa persiste una exigencia parecida para tasar a los ciudadanos más acaudalados. En Francia se ha gestado una iniciativa ciudadana en pro de un gravamen a la fortuna. Y, dado que Keir Starmer se encuentra frágil o cerca de abandonar su puesto como primer ministro, el flanco izquierdo del Partido Laborista británico podría instaurar su propio mecanismo.

El Estado Robin Hood, que quita a los ricos para dar a los pobres, tiene un atractivo evidente. Los gobiernos del mundo desarrollado están faltos de dinero. Los presupuestos están lastrados por deudas heredadas, el envejecimiento de la población y la necesidad de gastar más en defensa. Pero pocos políticos se atreven a subir impuestos generalizados en un momento en que los votantes, marcados por la alta inflación de comienzos de la década del 2020, están preocupados por el coste de la vida. Mientras tanto, los mercados bursátiles en auge han reforzado la idea de que la desigualdad es demasiado elevada. Y siempre suena bien decir que la factura la pagará otro.

Sin embargo, los planes para tapar agujeros presupuestarios subiendo los impuestos a los ricos son defectuosos. Los impuestos son una forma de que los gobiernos redistribuyan ingresos de los ricos a los pobres. Pero no es su única función: también deben recaudar sin distorsionar la economía. El sistema actual falla en todos los frentes. Los argumentos de que las rentas altas no pagan lo que les corresponde son en su mayoría vacíos. Y apretar aún más a los ricos recaudaría sumas insignificantes, al tiempo que causaría daños económicos reales.

Dentro de las acciones programadas para el presente ejercicio, resulta sumamente factible que los californianos sufraguen un gravamen “puntual” del 5% aplicado al patrimonio de los multimillonarios

Consideremos primero la recaudación. Simplemente no hay suficientes “gatos gordos” para financiar por sí solos los estados de bienestar. El impuesto sobre la riqueza propuesto en California recaudaría alrededor del 2% de la producción anual del estado: no es mucho para un gravamen excepcional y contundente en el lugar con una de las mayores concentraciones de milmillonarios del mundo. La cifra para la propuesta de Mamdani ronda el 0,25% del producto anual. La limitada capacidad recaudatoria de los ricos explica por qué los gobiernos europeos deben financiar su elevado gasto con impuestos de base amplia, como los que gravan el consumo. En cambio, EE.UU, con una carga fiscal total baja, puede permitirse uno de los sistemas tributarios más progresivos del mundo.

Sin duda, resulta imperativo clausurar los vacíos jurídicos que favorecen a las grandes fortunas. El inconveniente principal del esquema tributario estadounidense se localiza en la cima. El reajuste del valor impositivo de los bienes tras el deceso facilita que los milmillonarios eludan totalmente el gravamen a las ganancias de capital. Tal táctica es indignante. No obstante, suprimirla aportaría apenas una cifra mínima de recaudación, posiblemente inferior al 0,1% del PIB cada año. Algo similar sucede al incrementar el impuesto de sucesiones, una carga fiscal adecuada que jamás ha obtenido fondos significativos.

Otro problema de aumentar los impuestos a los ricos es que perjudica a la economía. Es cierto que haría falta mucho para que banqueros y abogados dejaran de ir a trabajar. Pero en Nueva York ya se enfrentan a un tipo máximo combinado –federal, estatal y local– del 52%. Y el impacto acumulativo de tales gravámenes sobre la asunción de riesgos, el emprendimiento y la innovación –la savia del crecimiento económico– puede causar daños reales. Investigaciones recientes muestran que enfrentarse a un punto porcentual adicional en el impuesto sobre la renta reduce en 0,6 puntos porcentuales la probabilidad de que alguien registre una patente en los tres años siguientes. Esta pérdida de esfuerzo emprendedor perjudica más a la sociedad que a los innovadores, que según una estimación capturan solo el 2% del valor que generan.

Podría pensarse que el argumento incontestable a favor de gravar a los ricos es la equidad. Pero incluso esa idea es dudosa. La presunción de que los gobiernos no han conseguido que los impuestos a los ricos crezcan al ritmo de sus ingresos es en gran medida errónea.

El mundo rico redistribuye más que nunca. En el Reino Unido, Francia y Japón la desigualdad de ingresos ha disminuido después de impuestos y transferencias. Desde 1990, Estados Unidos ha compensado buena parte del aumento de la desigualdad antes de impuestos con más redistribución. Los impuestos al 1% de los contribuyentes más ricos son más altos, y el gasto para los más pobres, por ejemplo en sanidad, ha crecido. Además, la equidad no consiste solo en igualar ingresos. Un sistema justo también debe respetar los derechos de propiedad, ser razonablemente predecible y permitir que las personas recojan los frutos de su esfuerzo y de los riesgos que asumen.

Se obtendría poco ingreso fiscal frente al gran

Entre todas las iniciativas presentadas, la de California es la que vulnera estos requisitos de forma más evidente. Se asemeja más a una expropiación caprichosa de bienes que a un sistema impositivo escalonado. No cabe aguardar que se respete el compromiso de que se trate de un impuesto excepcional: la izquierda acudirá nuevamente a los mismos milmillonarios en cuanto requiera fondos para costear algún proyecto.

Los impuestos de base amplia no solo recaudan mucho más. También son políticamente más saludables. Una sociedad en la que muchos pagan impuestos y se benefician del gasto es más sólida que otra en la que unos pocos pagan por muchos. Si los avances en inteligencia artificial concentran las rentas en la cúspide, como casi todos en Silicon Valley esperan, el sistema tributario requerirá nuevas ideas. Pero ese mundo, si llega, aún queda lejos.

Hoy las encuestas y los experimentos muestran que los votantes prestan muy poca atención a los efectos secundarios negativos que los impuestos tienen sobre la economía. En un momento de aumento del gasto público, es peligroso suponer que los ricos siempre pueden pagar un poco más.

No obstante, gran parte de las administraciones de tendencia izquierdista adoptarían con agrado su faceta de Robin Hood e iniciarían una fase de apropiación. Al incrementarse la exigencia sobre el erario público, los mandatarios se sienten atraídos a emplear métodos impositivos que supongan un impacto político mínimo, al menos de forma inmediata.

Pero gravar a los ricos provocará daños económicos y políticos a largo plazo –y ni siquiera aportará los ingresos que los gobiernos necesitan–. Emular a Robin Hood y a sus hombres alegres puede parecer tentador. Pero es una trampa.

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Traducción: Juan Gabriel López Guix