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Rusia pisa terreno letal

Geopolítica

La economía de Moscú sigue firme.

Matrioshkas de recuerdo presiden las tiendas de souvenirs rusas

Matrioshkas de recuerdo presiden las tiendas de souvenirs rusas

Andrey Rudakov / Bloomberg

A medida que la guerra de Rusia contra Ucrania entra en su quinto año, la economía que la sostiene se ha transformado de maneras que serán difíciles –quizá imposibles– de revertir sin otra crisis. En Occidente se sigue esperando que la economía rusa se derrumbe. No lo hará. Pero tampoco se recuperará. Ha entrado en lo que los alpinistas llaman la zona de la muerte: la altitud por encima de los 8.000 metros, en la que el cuerpo humano se consume a sí mismo más rápido de lo que puede repararse.

La economía rusa se halla sumergida en lo que se definiría como una estabilidad perjudicial: sobrevive al mismo tiempo que desgasta de manera continua su potencial venidero. Las ganancias derivadas de las ventas al exterior están disminuyendo y la fragilidad financiera imposibilita subsanar las brechas en el presupuesto mediante mayores ingresos tributarios. La economía aumentó solamente un 1% durante el 2025. Las estimaciones para el ejercicio actual resultan menos favorables.

En los últimos cuatro años, la economía rusa se ha bifurcado en dos sistemas metabólicos distintos. El primero lo componen las industrias militares y afines: los órganos vitales que reciben prioridad en el flujo sanguíneo. Estos sectores están contratando e invirtiendo. Tienen acceso prioritario a mano de obra, capital e importaciones. El segundo sistema incluye todo lo demás: empresa privada, pequeñas compañías, industrias de consumo. Son las extremidades que quedan a la intemperie.

La característica más peligrosa de esta nueva estructura es el combustible que quema. La economía rusa funciona ahora con renta militar: transferencias presupuestarias a empresas de defensa que generan salarios y actividad económica. En términos funcionales, esto se asemeja a las rentas petroleras de la década de los 2000. Pero hay una diferencia. La renta del petróleo provenía de fuera del sistema, de extranjeros que pagaban por un activo comercializable, y el dinero circulaba por la economía con efectos multiplicadores reales. La renta militar es una redistribución interna hacia activos diseñados para la destrucción. El cuerpo está metabolizando su propio tejido muscular para obtener energía.

No se trata de una desaceleración cíclica que pueda corregirse con política monetaria o fiscal. Una recesión es como la fatiga: descansas y te recuperas. La situación de Rusia es como el mal de altura: cuanto más tiempo permaneces, peor se vuelve, independientemente de cuánto descanses. Consideremos la aritmética del descenso. El sector de defensa ruso representa ahora el 8% del PIB. Desmovilizar sin caer en una crisis exigiría que se cumplieran simultáneamente cinco condiciones: garantías de seguridad creíbles que satisfagan la percepción de amenaza del Kremlin; desmovilización masiva con una reconversión laboral eficaz; levantamiento de sanciones para acceder a tecnología; una revolución en las compras de defensa que priorice la eficiencia sobre la mera absorción presupuestaria, y un ecosistema saludable de empresas más pequeñas capaz de absorber los recursos reasignados. La probabilidad de que las cinco converjan es cercana a cero.

Mientras tanto, el oxígeno fiscal se está enrareciendo. El déficit presupuestario se ha ampliado rápidamente hasta el 2,6% del PIB en el 2025 –el mayor desde la pandemia–. Los pagos de intereses de la deuda pública este año superarán el gasto combinado en educación y sanidad. Los precios del petróleo están aumentando la presión. Con el crudo Urals, la principal referencia rusa, cotizando con un descuento del 25%-30% respecto al Brent, los ingresos por exportaciones de Rusia se encaminan hacia su nivel más bajo desde el 2020.

Pero la debilidad de los precios energéticos no es ante todo una historia rusa. Refleja la desaceleración deflacionaria de China, el estancamiento europeo y las guerras comerciales de Estados Unidos. El aire enrarecido en la altitud es una condición global. Rusia sufre de manera desproporcionada, pero también otros petroestados.

Este contexto global crea incentivos perversos. La teoría económica estándar sugiere que el deterioro de las condiciones debería empujar al Kremlin a negociar el fin de la guerra. Un actor racional que afronta costes crecientes busca una salida. Pero Vladímir Putin no solo está observando su propio medidor de oxígeno. Está observando a los demás escaladores.

Lo que Putin ve es lo siguiente: una Europa que lucha con su propia crisis estructural, fragmentada políticamente e incapaz de ponerse de acuerdo en cuestiones estratégicas –incluida Rusia–; una Ucrania agotada y dependiente de un apoyo occidental que fluctúa con cada ciclo electoral; una economía global en la que muchos se quedan sin aliento, anticipando una crisis provocada por niveles elevados de deuda y la instrumentalización del comercio. Si tus competidores también se están debilitando –y si crees que puedes tolerar el dolor más tiempo que ellos–, el cálculo cambia. La presión económica que debería impulsar el compromiso refuerza, en cambio, la lógica de la persistencia.

Hay una capa más profunda. Entre las élites rusas, no solo en el Kremlin, existe la convicción casi universal de que, independientemente de cómo termine esta guerra, el objetivo último de Occidente es la contención estratégica permanente de Rusia, y quizá la asfixia de su potencial de desarrollo. Esta creencia se ha vuelto difícil de refutar. Los responsables políticos occidentales hablan abiertamente de planes para contener a Rusia. Cuatro años de confrontación han creado una dependencia de trayectoria en ambos lados.

Si ambas partes esperan una confrontación permanente, actúan en consecuencia, y la confrontación se convierte en el único resultado estable. La preferencia revelada de Rusia –continuar la guerra pese a los crecientes costes– es racional bajo estas expectativas. Tiene sentido seguir combatiendo y esperar que algo cambie: que la coalición occidental se fracture, que Ucrania se agote, que cambien las prioridades de Trump.

Rusia probablemente pueda seguir librando la guerra en el futuro previsible. Pero ningún alpinista puede sobrevivir indefinidamente en la zona de la muerte. Para el Kremlin, evitar el deterioro económico exige, como mínimo, poner fin a la guerra. Eso por sí solo no garantiza la recuperación. Pero cada año adicional a esta altitud eleva el riesgo sistémico: de crisis fiscal, de colapso institucional, de daños tan severos que ninguna política de posguerra pueda repararlos. La pregunta que deben hacerse los responsables políticos occidentales es qué tipo de Rusia emergerá cuando finalmente comience el descenso y si alguien tiene un plan para lo que venga después.

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