
El trabajo ya no nos define (y no sabemos qué hacer con eso)
No Lo Leas
Siempre nos ha bastado con una pregunta para situar a cualquiera en el mundo. No me refiero a cuestiones filosóficas tipo “cómo estás” o “qué piensas”, sino a algo mucho más simple: “¿a qué te dedicas?”. Durante décadas, la respuesta ha funcionado como una tarjeta de presentación total. Decía casi todo sobre uno mismo. Pero esa pregunta empieza a fallar.
No porque el trabajo haya desaparecido, sino porque ha dejado de sostener el relato que prometía. Durante mucho tiempo, el empleo organizó nuestro tiempo, nuestros ingresos y, sobre todo, nuestra identidad. Decir a qué se dedicaba alguien equivalía a explicar quién era. Hoy, ese atajo narrativo ya no funciona como antes.

La fractura es visible. Millones de personas siguen trabajando sin que su trabajo diga nada esencial sobre ellas. El informe State of the Global Workplace de Gallup lo confirma: solo una minoría se siente realmente comprometida con su empleo. No es una cuestión de condiciones laborales; es una desconexión más profunda. El trabajo ha perdido su capacidad de generar sentido, pertenencia y orgullo.
En ese contexto emerge el quiet quitting, donde tu contrato emocional con quien te paga es minúsculo, insignificante. Se cumple con lo justo y basta. En esta lógica, el trabajo deja de ser un espacio donde construir una narrativa personal. La promesa del empleo moderno (esfuerzo a cambio de reconocimiento y propósito) se ha erosionado sin ofrecer una alternativa clara. Ese desgaste no llega al final de la carrera profesional. Aparece antes. A los 50, a los 40, a veces a los 35. Surge en el momento en el que las trayectorias se vuelven intercambiables, porque tú no importas.
A esta pérdida de sentido se añade un factor menos evidente: los testigos. Durante años, hubo miradas que confirmaban el valor social de lo que uno hacía. “Qué buen profesional”, “qué bien resuelve”. Ese reconocimiento no solo validaba una función, también sostenía una identidad. Cuando desaparece (por el motivo que sea: jubilación, automatización o expulsión del mercado laboral) no se pierde solo un empleo, sino el espejo en el que uno se reconocía.
Durante décadas construimos nuestra identidad sobre una base funcional que ahora se revela frágil. El vacío que deja no es solo una carencia; también es una señal de cambio. El problema nunca fue que el trabajo nos definiera, sino no haber aprendido a definirnos sin él. Confundimos identidad con ocupación porque era práctico y socialmente aceptado. Ahora que ese marco se agota, emerge la pregunta que habíamos pospuesto durante años: ¿quién soy cuando nadie me pregunta a qué me dedico?
Más ideas en el próximo No Lo Leas del profesor Foncillas.