Hacer burpees a los 8
Fisioterapia
El apoyo de la familia potencia el ejercicio a medida

Perder fuerza no es solo una consecuencia natural de la edad
Perder fuerza no es solo una consecuencia natural de la edad. Tampoco lo es empezar a tropezar con más frecuencia o necesitar apoyo para levantarse de una silla. Cuando una persona mayor pierde coordinación, equilibrio y masa muscular, el cuerpo está enviando un mensaje claro: estamos ante un envejecimiento no saludable. Y uno de los principales síntomas de esa fragilidad son las caídas.
Si un anciano comienza a sufrir caídas, esto representa un síntoma de alarma.
“Cuando una persona mayor empieza a caerse, es una señal de alerta”, explica Pablo Herrera, uno de los fundadores de Fisiohogar y actual vicedecano del Colegio de Fisioterapeutas de Madrid. Dos caídas en un mismo año elevan considerablemente el índice de fragilidad. Y a partir de ahí, el riesgo se dispara. Una fractura de cadera puede marcar un antes y un después. Hospitalización, cirugía, pérdida de autonomía y, en muchos casos, un deterioro acelerado. La pregunta es si se puede evitar. La respuesta, según defienden desde el equipo, es clara: sí, en muchos casos se puede prevenir.
La clave está en trabajar fuerza y equilibrio antes de que llegue el problema o en cuanto aparecen los primeros signos. El abordaje es siempre individualizado. Hay pacientes que empiezan con movilizaciones pasivas en la cama. Otros pueden trabajar sentados. Algunos ya están preparados para ejercicios de pie que desafían el equilibrio. Todo depende del punto de partida.

“Trabajamos con ejercicios adaptados a la capacidad real de cada persona. Se empieza poco a poco y se progresa”, explica. La evolución se mide. No es algo subjetivo. Se utilizan escalas como el Barthel o el Tinetti, pruebas de sentarse y levantarse en un tiempo determinado, test de marcha o dinamómetros que miden la fuerza de prensión manual, un indicador muy fiable del nivel de fragilidad.
Empleamos rutinas personalizadas según las aptitudes concretas de cada persona.
No obstante, por encima de las cifras, existen indicios bastante más contundentes. Retomar el hábito de ir por el pan. Ascender una pendiente sin detenerse. Animarse a caminar por la vía pública sin compañía. Recobrar hábitos cotidianos que se consideraban olvidados. Un caso sumamente notable es el de una mujer de 82 años que actualmente ejecuta burpees adaptados durante sus entrenamientos. Al inicio de su colaboración, ella se cansaba al remontar una ligera inclinación próxima a su hogar. Se percibía con mayor fragilidad y falta de confianza.

En la actualidad, el burpee integra su fase de inicio. “No hace el salto completo, pero baja, estira una pierna, luego la otra, vuelve a subir… y lo hace perfectamente”, indica Pablo Herrera. Realmente, los burpees le suponen menos esfuerzo que las flexiones de brazos. Por otro lado, han incluido el boxeo con manoplas con el fin de ejercitar el sistema cardiovascular. Se entretiene lanzando puñetazos. También realiza bailes. Emplean globos para perfeccionar su capacidad de coordinación. Cada movimiento cuenta con un factor físico y otro cognitivo.
En el momento en que la fisioterapia deja de ser un encuentro clínico para transformarse en una vivencia dinámica y estimulante
La fisioterapia, en este contexto, deja de ser una sesión clínica para convertirse en una experiencia activa y motivadora. Si al paciente le gustaba bailar, se baila. Si disfruta del boxeo, se entrena boxeo. El objetivo no es que sufra. Es que gane fuerza sin sentir que está en una obligación constante.
Una situación adicional que el grupo todavía recuerda trata sobre un señor de 82 años que había padecido múltiples tropiezos. Sus descendientes estaban inquietos. Se estableció una rutina de entrenamiento continua. En su vivienda, usaban viejos listines telefónicos como impedimentos para practicar la estabilidad y la destreza a lo largo de un pasillo.

Estuvieron practicando por varias semanas. De manera progresiva. Hasta que en una ocasión solicitó acudir sin compañía a la barbería local. Recorrieron varias cuadras. Aquello marcó un cambio decisivo. Desde ese momento comenzó a circular de forma habitual. Recobró la seguridad en sí mismo. Volvió a tener libertad de movimiento. Esa es la meta auténtica: alcanzar el máximo nivel de autosuficiencia.
Ahora bien, hay un elemento decisivo que marca la diferencia entre el éxito y el estancamiento: la implicación. El profesional puede acudir una o varias veces por semana. Puede diseñar el mejor protocolo. Pero si el paciente no continúa durante el resto de los días, la evolución se frena.
La implicación del paciente logra resultados increíbles.
“Cuando el paciente se implica, la evolución es espectacular”, afirma. Sin embargo, en muchas ocasiones es la familia quien debe dar el primer impulso. Insistir. Motivar. Acompañar. Porque hay personas mayores que no son plenamente conscientes de su deterioro o que simplemente no tienen la iniciativa para empezar. Ellos llegan hasta donde llegan. La familia es clave para empujar cuando hace falta.
A partir de la experiencia reunida durante muchos años, la lección es evidente: un envejecimiento carente de salud no comienza con una rotura ósea. Este se origina al abandonar el movimiento, al considerar natural la disminución del vigor y al dar por sentado que desplomarse “es cosa de la edad”.
El ejercicio adaptado cambia esa narrativa. Que una mujer de 82 años haga burpees no es una anécdota llamativa. Es la prueba de que la edad no determina el límite. Lo que lo determina es la inactividad.
Ante tal realidad, las medidas preventivas, la labor continua y la implicación mutua entre el especialista, el afectado y su entorno familiar logran establecer la distinción entre la subordinación y conservar la propia libertad.


