Sílvia Abril relata que al cumplir los 18 años impulsó a su madre a divorciarse y asumió su apellido, abandonando su antigua identidad de Sílvia Fernández.
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Durante una charla con Jordi Basté en el espacio 'Pla Seqüència', la intérprete relató que la modificación de su apellido ocurrió a raíz de la ruptura de sus progenitores.

Silvia Abril Fernández, actriz

Existen figuras en el ámbito cultural de España que se mantendrán en el recuerdo de la gente por mucho tiempo, y una de ellas es Sílvia Abril. Intérprete, cómica y conductora, Abril se ha afianzado como una de las figuras más famosas del humor y la pequeña pantalla en los últimos tiempos, debido a su labor en espacios, ficciones y montajes escénicos. No obstante, escasas personas conocen que en su infancia se la identificaba con un apellido distinto: Fernández.
La intérprete lo ha detallado hace poco durante una charla con Jordi Basté en el espacio Pla Seqüència, donde narró que la modificación de su apellido ocurrió después de la ruptura de sus progenitores. “Mi padre era un hombre de Granada. En mi casa siempre se ha hablado castellano, porque la lengua que predominaba era la de mi padre. Y llega un momento, cuando tengo 18 años, en que con mis hermanas vemos que mi madre y mi padre no se llevan bien y la invitamos a separarse”, comentó. Resultó una etapa difícil, si bien admite la artista que cuando un matrimonio ya no se quiere, “la mejor solución es que cada uno haga su vida, y no aguantar por los hijos, ni uno ni otro”.
En ese instante, ella y sus hermanas optaron por utilizar el apellido de su madre. Aquella determinación no fue sencilla de aceptar para su progenitor. “Mi padre era una grandísima persona y nos quería mucho, pero aquello le hizo mucho daño”, rememoró Abril en medio de la charla.

Independientemente de sus vínculos de sangre, la intérprete igualmente analizó el origen de su inclinación creativa y de qué forma su rol en el hogar definió su personalidad. “Durante muchos años fui la hija del medio”, narró. Dicha ubicación en el núcleo afectivo configuró su temperamento y la incitó a buscar su propio sitio. “Intentaba ganarme la atención y hacía un poco el gamberro”, rememoró con carcajadas.
Por bastante tiempo ocupé el lugar de la hija mediana. Buscaba atraer las miradas y me comportaba de forma algo traviesa.
Pese a que el mundo de la actuación siempre formó parte de su existencia, Abril cursó leyes. No obstante, durante el cuarto año optó por una determinación que definiría su destino: dejar los estudios universitarios para enfocarse en las artes escénicas. “Mi familia me decía que hiciera teatro de forma amateur los fines de semana, pero no lo estaban entendiendo”, comentó. Durante su etapa académica, alternó su formación con lecciones de actuación, hasta que una docente la motivó a reconsiderar su trayectoria y entender que el ámbito teatral representaba una salida laboral real.
Una docente de interpretación me advirtió que, si continuaba con ese sobrepeso, jamás lograría trabajar como intérprete, y terminé padeciendo un desorden de la conducta alimentaria.
Decidida, realizó en secreto los exámenes de ingreso del Institut del Teatre y consiguió su plaza. En su hogar, la novedad no tuvo una buena acogida. “Era la única de mis hermanas que estaba haciendo una carrera y tenían muchas esperanzas en mí. Entonces —y aún hoy— se creía que quien tenía una carrera tenía la vida solucionada”, rememoró.

Su etapa inicial como alumna de actuación se vio influenciada por las exigencias físicas y un desorden alimenticio surgido a raíz de una observación de una docente de teatro: “Si sigues así de gorda, nunca conseguirás ser actriz. Hay muchas cosas que olvido, pero las que me marcan, para bien o para mal, no”, reveló.
Me molesta observar a progenitores que entregan dispositivos a infantes de tan corta edad; resulta sumamente dañino para ellos. A mi hija le aseguro que dispondrá de teléfono celular recién a los 16.
Ese agobio la indujo a establecer un vínculo dañino con su alimentación. “Empecé a comer a escondidas. Me sentaba en la puerta de una pastelería y podía comerme diez cruasanes en una tarde”, expuso. A pesar de haber recurrido a una entidad donde recibió soporte, por un largo periodo no reveló su situación ni a sus amistades ni a sus parientes. “Me lo comí yo sola y lo he empezado a explicar hace poco”, confesó.
Dicha vivencia justifica igualmente su postura escéptica frente a las exigencias de belleza contemporáneas y la influencia de las plataformas digitales, sobre todo en la juventud. Debido a esto, Abril sostiene que buscará posponer lo más posible la entrega del primer teléfono inteligente a su pequeña, quien cuenta actualmente con 13 años. “Siempre le digo que lo tendrá a los 16. Me indigna ver cómo hay padres que dan pantallas a niños tan pequeños; es veneno para ellos”, declaró.
El agobio experimentado en ese periodo resultó tan intenso que optó por abandonar el Institut del Teatre, concluyendo un ciclo definido por el rigor, el sufrimiento y la formación. No obstante, ese desenlace propició un arranque inédito coincidiendo con los Juegos Olímpicos de Barcelona. “Me apunté al acto de clausura porque buscaban comediantes”, rememoró. Esa época, que describe como fantástica, señaló el arranque de una destacada trayectoria laboral.

