Victoria Bear, catalana viviendo en Israel: “Mi familia decidió venir por las facilidades económicas; la sociedad está formada por gente de todas partes y eso me ayudó a adaptarme mucho más rápido.”
Vida en conflicto
Cuando tenía 12 años, su madre decidió mudarse a Israel, un país completamente militarizado, por vínculos familiares y necesidades económicas.

Vicky Bear, 26 años

El conflicto entre Israel y Palestina no es nuevo, pero en los últimos años ha alcanzado una dimensión devastadora. Desde octubre de 2023, tras los atentados de Hamás en un festival de música en los que murieron 364 civiles, la ofensiva israelí arrasó Gaza, dejando hasta ahora más de 60.000 muertos, según datos de organismos internacionales, la mayoría civiles, incluidos miles de niños. Pese a algunos intentos internacionales de frenar el conflicto y a un pacto entre ambas partes promovido por el gobierno de Donald Trump, los ataques, los desplazamientos y la miseria continúan.
En paralelo, entre sus detractores y quienes lo reconocen, Israel es capaz de mantenerse inmerso en un estado de seguridad permanente, con una sociedad profundamente marcada por la militarización, el miedo y el trauma colectivo. Es en este contexto complejo, tenso y doloroso donde vive Victoria, una joven catalana de 26 años que, con tan solo 11, se marchó a vivir a Tel Aviv con su madre. Su historia no omite la violencia ni el exterminio: es el testimonio del surrealismo actual que rodea al mundo y permite que dos realidades tan distintas, desastrosas y adyacentes, convivan.

De Barcelona a Tel-Aviv
De padres uruguayos, Victoria (o Vicky) creció en Barcelona hasta que, a los 12 años, su madre, de origen judío, le dijo que se marcharían a vivir a Tel Aviv. “Fue un momento muy complicado. Yo era feliz en Barcelona, tenía amigos, escuela, actividades extraescolares… y de repente me dijeron que nos íbamos”. La decisión estuvo marcada por la inestabilidad económica familiar y por la existencia de una red de apoyo en Israel, un país que ofrece ayudas exclusivas a las familias judías migrantes: nacionalidad inmediata, beneficios fiscales, cursos de hebreo o descuentos en alquileres o en la compra de vivienda. Lejos de Catalunya, entiende y habla perfectamente el catalán, aunque asegura que ha perdido fluidez.

La llegada a Tel Aviv supuso un choque inmediato. “La gente es muy acelerada, muy de ‘ahora o nunca’. Además, mucha gente va armada y ver soldados por la calle constantemente impacta mucho al principio”. Una imagen que, con los años, acabaría normalizándose.
El idioma fue una barrera inicial, pero también una puerta de entrada. “La escuela me enseñó hebreo durante un año entero. Estaba sola y tenía que aprender sí o sí”. Vicky destaca que el sistema educativo israelí se adapta mucho a los niveles individuales: “En Catalunya me costaba mucho estudiar; aquí cada asignatura tiene niveles personalizados y eso me ayudó mucho”.

En Tel Aviv, ciudad conocida como la perla de la inmigración, no se sintió sola. “Es un país hecho de inmigrantes. Hay gente de todas partes y eso ayuda mucho a sentirte acogida”. El sentimiento de ser “la extranjera” se diluye cuando nadie lo es del todo. De hecho, la realidad es que alrededor del 30% de la población de Israel es de fuera del país, mayoritariamente judíos llegados de la diáspora.
Por otro lado, Victoria explica que en Israel “la gente está muy unida, sin importar tu etnia u origen”, aunque la tensión ha ido en aumento. “De pequeña tenía muchas amigas árabes e iba a jugar a sus casas en barrios de población musulmana; ahora me lo pensaría dos veces”, relata.
Cerca de un 20% de la población de Israel es palestina con ciudadanía israelí: una minoría autóctona anterior a la creación del Estado en 1948, que convive dentro del país pero denuncia desigualdades estructurales en derechos y recursos, cada vez más acentuadas con la escalada del conflicto.
De pequeña tenía muchas amigas árabes e iba a jugar a sus casas en barrios de población musulmana; ahora me lo pensaría dos veces
Servicio militar: parte de un sistema integrada y asumida
A los 17 años recibió la carta: servicio militar obligatorio. “Es como un trabajo más. Dos años de vida que se te paran”. Ella realizó tareas administrativas y rechaza una visión heroica o simplista: “Es un sistema asumido. Sin soldados no habría país, pero eso también tiene un precio muy alto”.
En Israel, el servicio militar obligatorio comienza a los 18 años y tiene una duración de 32 meses para los hombres (unos 2 años y 8 meses) y de 24 meses para las mujeres. Una vez finalizado, muchas personas pasan a formar parte de la reserva, con llamamientos puntuales hasta aproximadamente los 40 años, especialmente en situaciones de tensión o conflicto armado.
Es un elemento central del sistema de seguridad del país y una experiencia compartida por gran parte de la población judía israelí, con excepciones y regímenes distintos para algunos colectivos (como los ultraortodoxos o la población árabe, para quienes no es obligatorio).

El servicio militar obligatorio es como un trabajo más. Dos años de vida que se te paran
De cara al presente y a la economía, Vicky considera que Israel es, a nivel laboral, un polo potente. “Es un país del Primer Mundo, con mucho trabajo y salarios altos”. Sin embargo, la duda aparece cuando piensa en el futuro: “Profesionalmente puedo llegar muy lejos, pero no sé si querría criar hijos en una sociedad en guerra permanente”, asegura.

Identidad fragmentada
Victoria no se siente de un solo lugar, algo que antes la removía y ahora le encanta. “Soy un mix: la calidez de Uruguay, la educación de Barcelona y la estrategia de Israel”. Lejos de vivirlo como una pérdida, lo reivindica: “No cambiaría esta mezcla por nada”. Su historia es el testimonio humano de cómo se construye una vida en medio de un conflicto que sigue causando una devastación insoportable en Palestina y una herida profunda también dentro de la sociedad israelí.
