Belén reconoce con asombro que no puede creerlo.
Nadie sabe sufrir como ella
La actriz, con su intensa interpretación, lleva al límite la tensión, mientras el espectador se sumerge en una narrativa que desafía las expectativas.

No, Belén: no te interesa subir a ese altillo y lo sabes.

Nadie sufre de modo tan convincente. Por eso, cada vez que regresa al género revalida sin proponérselo la condición de reina española del suspense. Belén Rueda (Madrid, 1965) estrena El vestido película de género dirigida por Jacob Santana en la que interpreta a una pintora venida a menos y cuyo argumento resume ella misma: “La primera escena te pone sobre aviso. ¿Qué pasó en esa casa 50 años antes? Mi personaje se ha divorciado y laboralmente está casi en las últimas. ¿Cómo puede permitirse alquilar esa casa tan imponente? Porque nadie la quiere. Se van deslizando detalles que el espectador percibe y aunque no alcance a definirlos, sabe que las nuevas inquilinas, mi hija y yo, van a vivir algo espeluznante. El espectador te quiere avisar, sufre contigo”.
‘El vestido’
En esta película, la historia se desarrolla en una casa donde pronto se revela algo inquietante, mientras el alquiler se vuelve sospechoso.


Belén nos atiende mientras se descalza en el sofá de casa. “No, no, nada de tacones; yo suelo llevar botas. Pero hoy he pasado un frío… Me he hecho la chulita porque salió el sol, así que me puse una camiseta y una chupa vaquera y ¡madre mía!”, cuenta riendo. La actriz ansía respirar el aire libre en parte porque no para de trabajar: mientras promociona El vestido, está pendiente del estreno de Cada día nace un listo, dirigida por Arantxa Echevarría, y de Renata y Nicole, la segunda temporada de Eva y Nicole (Atresmedia).
En nuestro oficio, el desempeño implica aceptar incertidumbres, y en el ámbito laboral, enfrentar rechazos es parte del camino.

No siempre fue así. Nuestra reina del suspense sabe qué es quedarse boquiabierta por motivos laborales: “En nuestra profesión hay mucha inestabilidad, no solo en lo económico, y hay que aprender a digerir los noes. No son pocos los castings tras los que ni siquiera te contestan. Y cuando luego ves que esa serie ya ha comenzado a rodarse… Pasa muchísimo. No le estoy echando la culpa a nadie, que quede claro, y menos ahora, que se hace tanto contenido: se trabaja mucho y lo entiendo, ojo, pero para la persona que está esperando puede ser muy angustioso. Un gracias, al menos”.

Casi me desmayo cuando mi hija mayor
De todo ello le habló –o acaso previno– a su hija mayor mirándola a los ojos. No el día en que le dijo que quería ser también actriz sino tiempo después, cuando supo que la cosa iba en serio: “La primera vez que mi hija mayor me dijo “quiero ser actriz” casi me da un parraque. Dios mío, qué locura. Pero pasa en muchas familias que los hijos quieren dedicarse a lo que se han dedicado sus padres. Mis hijas viven conmigo, he estudiado mucho en casa y aunque durante años procuré hacerlo cuando estaban en la cama, han visto esa parte de la profesión. Después, tienen amigas, comentan series y películas, y claro, solo se habla del resultado final, que es la parte bonita, pero lo que hay antes… En fin, le respondí: ‘Vale. Muy bien. De acuerdo. ¿Estás segura?’ Y al cabo de un tiempo, viendo que era así, le dije 'pues hay que prepararse, compañera'. Y lo hizo. Se puso con ello y vi que lo hacía con convicción y feliz”.
Cuando le apareció a él, amenazaba con un giro inesperado.
El punto de inflexión
No olvidará el día en que Luis San Narciso, mítico director de casting, la llamó a casa para decirle que Alejandro Amenábar la quería para su próxima película, Mar adentro. “Después de pasar el primer casting hice otros dos más y cuando Amenábar decidió que iba a ser yo, me dijo que si quería hacer ese viaje con él, me cogería de la mano.
Mar adentro fue un viaje profundo, casi mágico, que me llevó a descubrir algo más allá de lo que imaginaba. El cine me abrazó de una forma inesperada, y aunque al principio dudé, con el tiempo supe que esta historia me pertenecía de una manera que no podía prever. Cada encuentro, cada mirada, cada silencio entre tomas se volvió parte de mí. Y aunque el camino no fue fácil, con sus altos y sus miedos, terminé encontrando no solo un filme, sino también una parte de mí misma en él.
Con ese camino comenzado a andar, Belén y Belén Jr vuelven a coincidir en El vestido, filme en que la hija hace de representante y asesora de su madre, una pintora en horas bajas. El espectador avispado que no conozca el dato solo podrá notar algo distinto en su parecido físico. Belén Écija ya es actriz. “Veníamos de haber trabajado juntas en la serie La agencia (Mediaset) en la que hacíamos de nosotras mismas. Recuerdo la noche en que mirando la tele me quedé pensando ‘Qué barbaridad, qué mayor es ya y qué bien lo está haciendo’. En la serie éramos tal cual, madre e hija, y en una secuencia me dice así muy directa ‘¿Verdad, mamá?’ Con voz firme y yo… ‘Ehm… Sí, hija, sí’.

Belén es el rostro que mejor encarna el miedo porque actúa desde las vísceras. “Es que no lo pienso: me meto en el personaje y me sale algo desde las tripas. Incluso aún me preguntan alguna vez si ensayo frente al espejo. ¡No! Eso es el mayor error del universo; el espejo es nuestro enemigo (risas). Si te miras, fuerzas la emoción con el sentido de la vista. Y esto debe ser algo visceral”.
A veces aún me preguntan si practico, pero en realidad solo ensayo para no caer en el error.

Que la aplaudamos como reina del suspense o del terror patrio (El orfanato, Los ojos de Julia, El cuerpo, No dormirás, Séptimo, El silencio de la ciudad blanca) no supone un salvoconducto contra el miedo. Belén recuerda la noche en que creyó que iba a morir: “Fue esquiando con unos amigos. Debíamos cruzar de un valle a otro por un camino muy estrecho, tanto que solo podíamos ir de dos en dos. Hacía tanto viento que adelantabas un poco y volvías atrás. Y la sensación térmica, ni te cuento. Hubo un momento en que me dije ‘voy a morir’. Ahora no me da miedo la muerte pero entonces sí me daba. Recuerdo que en aquel momento me preguntaba cómo podía ser que fuese a morir así. En fin, la imprudencia de los 20 años”.