Historia moderna

Los pueblos indígenas que prestaron su colaboración a los conquistadores españoles en América tenían sus metas particulares.

Imperio español

Una pequeña cantidad de españoles consiguió imponerse en el continente americano frente a millones de individuos. De hecho, precisaron el apoyo de sus aliados indígenas para evitar enfrentarse a una derrota absoluta.

Ilustración del Codex Azcatitlan en el que aparecen los españoles junto a sus aliados nativos

Representación del Codex Azcatitlan en la que figuran los hispanos junto a sus aliados nativos.

Terceros

El proceso de conquista en América suele analizarse habitualmente bajo un enfoque centrado en lo hispano. Los soldados de Cortés, de Pizarro o de diversos comandantes supuestamente habrían encabezado por su cuenta una enorme hazaña bélica. De hecho, por sí mismos escasamente habrían logrado algo frente a los millones de nativos que dominaban el territorio que habitaban. Si Cortés capturó, pongamos por caso, Tenochtitlan, ocurrió debido a que, junto a sus ochocientos o mil españoles se encontraban doscientos mil combatientes locales, quizá incluso más. No obstante, la historia posterior ha ignorado su fundamental colaboración. Orientados por la antigua máxima de que el adversario de mi oponente es mi aliado, aquellos guerreros autóctonos fueron esenciales para que el Nuevo Mundo se integrara en el ámbito europeo.

Un clérigo hispano, fray Toribio de Benavente, registró de tal manera sus razones: “Y de Tlaxcala que fue gran número de gente de guerra en favor de los españoles contra los mexicanos, que siempre habían sido sus enemigos capitales”. Bajo este marco, “mexicanos” equivale a “aztecas”.

Un historiador adicional de la centuria XVI, el jesuita José de Acosta, igualmente subrayó que, de no ser por los tlaxcaltecas, las tropas de Hernán Cortés jamás habrían logrado triunfo bélico alguno. En realidad, ni siquiera habrían hallado el modo de sobrevivir en un territorio que les resultaba ajeno. El respaldo de las comunidades indígenas, en consecuencia, resultó totalmente vital para los conquistadores: “Quien estima en poco a los indios, y juzga que con la ventaja que tienen los españoles, de sus personas y caballos, y armas ofensivas y defensivas, podrán conquistar cualquier tierra y nación de indios, mucho menos se engaña”.

De acuerdo con Acosta, Cortés en México y Pizarro en Perú no habrían tenido éxito si los aztecas y los incas hubieran mostrado una verdadera oposición. Para fundamentar su postura, el jesuita señalaba a sus lectores que, en la Nueva España, los españoles no pudieron someter a los chichimecas, pese a que estos eran “unos pocos de indios desnudos, con sus arcos y flechas”. En Chile, frente a los araucanos, aconteció algo muy parecido.

Representación de Hernán Cortés llegando a las puertas de Tenochtitlan
Representación de Hernán Cortés llegando a las puertas de TenochtitlanDominio público

Al hallarse en un entorno que ignoraban totalmente, los españoles habrían podido ser aniquilados fácilmente por los nativos. ¿A qué se debió que no perecieran? En su volumen Los conquistadores: una breve introducción (Alianza, 2018), Matthew Restall y Felipe Fernández-Armesto exponen tres factores. El primero es la predisposición cultural de las sociedades americanas a brindar hospitalidad a los visitantes. El segundo se refiere a las disputas internas de los indígenas, “cuyo odio mutuo superaba con mucho cualquier sospecha que pudieran abrigar respecto a los recién llegados”. Por último, los nativos comprendieron perfectamente el riesgo que implicaban los españoles y, por ello, procuraron ganarlos como socios. Esto fue lo que realizaron los tlaxcaltecas, quienes se valieron de los combatientes de Cortés para su conflicto contra los aztecas.

El pacto entre españoles e indígenas no habría logrado materializarse sin la mediación de traductores al servicio de los primeros. Dentro de México, esta tarea fue asumida por la Malinche, denominada igualmente “doña Marina”. Los estudios históricos de corte indigenista la han calificado de traidora, omitiendo que no guardaba relación con los aztecas. Su intención era únicamente liberar a su gente de un control imperial, por lo que optó por unirse a Hernán Cortés.

Quienes gobernaban la Nueva España lograron valerse de las estructuras previas para la recaudación de tributos y la firma de acuerdos con los grupos de poder locales. Habitualmente, esto se alcanzó sin emplear la fuerza, un aspecto que, tal como indican Restall y Fernández-Armesto, “la tradición historiográfica ha ignorado o suprimido”.

Los indios amigos, al actuar como socios de los españoles, consiguieron un trato preferencial dentro del orden virreinal (disminución de tributos, conservación de sus mandos locales...). Tal situación ocurrió, en la Nueva España, con los tlaxcaltecas, quienes validaron su posición exhibiéndose como los verdaderos vencedores de México. Fueron ellos, y no los hispanos, quienes cargaron con la mayor responsabilidad en los combates. Dicha interpretación de la gesta se refleja en el lienzo de Tlaxcala, donde se muestra a los indígenas constantemente al frente mientras los españoles se ubican en un plano secundario.

Encuentro entre las tribus de Tlaxcala y el ejército de Hernán Cortés 
Encuentro entre las tribus de Tlaxcala y el ejército de Hernán Cortés Getty

La alianza entre los colonizadores y los pueblos originarios se formalizaba en ocasiones a través de uniones nupciales. De este modo, el militar Pedro de Alvarado contrajo matrimonio con Luisa Xicohténcatl, una noble tlaxcalteca.

Memoria maquillada

Las poblaciones nativas, en lugar de comportarse como sujetos resignados, operaron bajo sus propios intereses estratégicos. Entendieron que resultaba beneficioso sacrificar cierta independencia a cambio de recibir el amparo de los españoles. Por este motivo, mostraron un empeño especial en recalcar que, a lo largo de la conquista, se desempeñaron como leales aliados de Hernán Cortés. “No hicimos guerra ni resistencia al Marqués del Valle”, sostenían los dirigentes de Xochimilco en una carta que remitieron a Felipe II en 1563.

En cualquier caso, los testimonios acerca de conductas cooperativas no suelen ser del todo fidedignos. Después de la conquista, al momento de pedir beneficios a la Corona, los indios solían idealizar los hechos pretéritos. En caso de requerir omitir las acciones de oposición de sus pueblos, lo realizaban sin inconveniente alguno. Se encontraba en disputa, por citar un caso, una disminución tributaria.

Sin embargo, es factible que no consistiera en engaños conscientes. Quizás confiaban plenamente en sus afirmaciones. No se debe excluir la idea de que, en los relatos de sus sociedades, se hubiese esfumado el recuerdo de las luchas frente a los recién llegados europeos. Si esto resulta verídico, se trataría de un ejemplo adicional de memoria selectiva donde la historia se analiza bajo la perspectiva de cada época actual.

Los españoles se alejaron velozmente de sus previos colaboradores. En el lapso de una generación, dejaron de considerarlos compañeros para verlos, meramente, como subordinados. Los indios, por supuesto, se sintieron defraudados y manifestaron su queja por los abusos que recibían. En vez de obtener beneficios, padecían gravámenes desproporcionados y presenciaban cómo los europeos privaban de libertad a su pueblo.

Auxiliares tlaxcaltecas asistiendo a los españoles en Guatemala, según muestra el Lienzo de Tlaxcala del siglo XVI
Soldados tlaxcaltecas ofreciendo respaldo a los españoles en Guatemala, según se representa en el Lienzo de Tlaxcala del siglo XVI.Dominio público

Resultaba previsible que la aristocracia local obtuviera las mayores ventajas del orden establecido. De este modo, en Yucatán, los líderes mayas se identificaban como “nobles conquistadores”. Bajo su perspectiva, se atribuían el logro de haber traído la fe cristiana, consiguiendo así guiar a los demás indígenas, quienes desconocían hasta entonces los dogmas de la religión.

Aliados como cualquier otro

¿De qué manera se puede analizar el comportamiento de ciertos nativos que apoyaron a los españoles? Una opción consiste en sugerir que había tensiones internas entre las comunidades indígenas. Bajo este enfoque, los invasores habrían sacado provecho de una suerte de enfrentamiento civil entre los pobladores locales. No obstante, Restall y Fernández-Armesto sostienen que no había una identidad común entre los habitantes originarios de América: “El mero concepto de un indígena americano resultaba ajeno a la mentalidad de los pueblos indígenas de aquella época”. En consecuencia, los grupos locales simplemente habrían percibido a los españoles como socios posibles en sus conflictos recurrentes, y no como un adversario distinguido por una cultura totalmente ajena.

El respaldo de los pueblos originarios aclara la continuidad del régimen colonial durante tres centurias. A pesar del desastre poblacional derivado de la conquista, los indios seguían superando ampliamente en número a los españoles. Además, estos últimos carecían de algo similar a una fuerza militar de ocupación de gran envergadura. Si bien los nativos fueron tomados por sorpresa inicialmente, debieron comprender las dinámicas de quienes acababan de arribar. Resulta evidente que el sistema virreinal, para evitar un derrumbe inmediato, requería de su colaboración o, al menos, de su falta de resistencia.