De la bolera de Truman al salón de baile de Trump: los caprichos que transformaron la Casa Blanca
Reformas al gusto
La demolición del Ala Este es la intervención más audaz (y sin permiso de la agencia que supervisa los edificios federales) de cuantas pueblan la historia de la mansión presidencial estadounidense, que no son pocas

Demolición del Ala Este de la Casa Blanca, el 20 de octubre de 2025
Como buen promotor neoyorquino, a Donald Trump le encanta la visión de una excavadora echando abajo un edificio viejo. Lo ha vuelto a demostrar demoliendo el Ala Este de la Casa Blanca para hacer sitio a su último proyecto: un lujoso “salón de baile” más grande que el terreno de juego de un estadio de la Champions. Un proyecto de 170 millones de euros que pagarán, entre otros, empresas como Meta o Google, desesperadas por congraciarse con el presidente. Un capricho enorme y carísimo, incluso comparándolo con la larga lista de caprichos presidenciales que han ido definiendo la Casa Blanca a través de dos siglos.
Todo empezó, en realidad, con un capricho. El primer presidente, George Washington (1732-1799), escogió personalmente el lugar donde se levantaría la Casa Blanca, aunque nunca vivió en ella ni llegó siquiera a verla terminada. Desde entonces sus 45 sucesores han ido añadiendo elementos para hacer de la mansión y sus terrenos un hogar, o simplemente un mejor sitio para impresionar a las visitas.
Andrew Jackson (1767-1845) construyó un invernadero con estufa para tener naranjas y limones todo el año, un lujo popular entre los ricos a principios del XIX, y la esposa de Woodrow Wilson (1856-1924) ideó un salón solo para exhibir la colección presidencial de porcelanas. El presidente William Howard Taft (1857-1930) mandó hacer un porche en el tercer piso para poder dormir al aire libre durante los pegajosos veranos de Washington, y la esposa de Calvin Coolidge (1872-1933) lo convirtió en un solárium al que bautizó con el pretencioso nombre de “salón del cielo”.
Ese solárium es un buen ejemplo de cómo la Casa Blanca se va reinventando con cada nuevo inquilino, a veces sin necesidad de reformas tan caras como las de Trump. La mujer de Dwight D. Eisenhower organizaba allí sus partidas de bridge, los Kennedy instalaron una guardería para sus hijos y los Johnson un refugio para que sus hijas montaran fiestas adolescentes sin salir de casa. Richard Nixon informó allí a su familia de que iba a dimitir y la primera dama Rosalynn Carter recibía en ese salón sus clases particulares de español.

Negocios y placer
Al final, casi cada presidente ha hecho reformas para llevarse a la Casa Blanca un pedacito de su vida anterior y tener a mano algún pasatiempo de los que son difíciles de disfrutar cuando uno está en la cumbre. Franklin D. Roosevelt convirtió un enorme guardarropa en un cine, y Harry Truman instaló una pequeña bolera. Nixon puso una sala de juegos con mesas de billar y ping-pong, mientras que Hillary Clinton insonorizó una habitación para que su marido Bill pudiera ensayar con el saxofón sin molestar a nadie.

Muchas de estas mejoras han tenido que ver con el deporte. Aunque el presidente John Quincy Adams (1767-1848) nadaba desnudo en el río Potomac cada mañana, salvo en invierno, Franklin Roosevelt prefirió regalarse la comodidad de una piscina cubierta que acabó enterrada años después para hacer una sala de prensa, pero Gerald Ford (1913-2006) construyó una exterior que sigue en pie. Bill Clinton prefería correr al aire libre, pero el despliegue de seguridad que necesitaba para hacerlo alrededor de la manzana le llevó a crear una senda de 800 metros en el jardín.
Teddy Roosevelt (1858-1919) prefería emociones más fuertes y parece que tenía un ring de boxeo donde le dejó ciego de un ojo el puñetazo de un ayudante. También levantó una pista de tenis una década antes de que se jugara el primer abierto de EE. UU. La Casa Blanca sigue teniendo una, pero Barack Obama repintó las líneas para que pudiera servir también para jugar al baloncesto. En invierno trasladaba los partidos a un pabellón cubierto en una base militar, aunque probablemente prefería jugar de local, porque en uno de esos le tuvieron que dar doce puntos en el labio tras toparse con el codo de un oponente.

Al final, muchos de estos pequeños caprichos han ido incorporando también pequeñas dosis de lo que en su tiempo se consideraba modernidad. Los enormes establos se reconvirtieron en garajes; los invernaderos clásicos que surtían la Casa Blanca de flores frescas desaparecieron a principios del XX, pero un siglo después Michelle Obama puso un huerto para fomentar que los estadounidenses comieran más verdura.
La de Trump no es la primera reforma que crea polémica. La mansión y sus alrededores nunca han parado de cambiar, pero solo algunas aportaciones han alcanzado un estatus icónico que hace casi imposible su sustitución. Trump ha llevado la bola de demolición al Ala Este, pero probablemente no se atrevería con el Despacho Oval, que tiene menos de un siglo pero se ha convertido en el símbolo por excelencia de la presidencia. ¿O tal vez sí?
