¿Por qué en Navidad se castiga con carbón a los niños traviesos?
“Regalo” de Reyes
Castigo y amenaza para los niños que no se comportan bien, el carbón cuenta con una larga tradición en la que se dan la mano leyenda, cambios sociales y ritos paganos

Carbón, el regalo que los Reyes Magos dejan a los niños que se han portado mal
Poco se parece a una bicicleta ni a una muñeca soñada. Aún menos a una consola o a un televisor de 75 pulgadas igualmente esperados. El carbón es la negrura contra la que chocan los anhelos consumistas de los niños revoltosos. Así lo dicta una tradición de la que no hay más certeza que su propia supervivencia: el carbón como amenaza y castigo. No existe una respuesta inequívoca al origen de esta costumbre, pero en este artículo nos aproximaremos a las hipótesis más plausibles.
Una cabalgata etílica y humillante
Antes de enfrentarnos al carbón a pie del árbol, Ángel Peña Martín, doctor en Historia del Arte especializado en las costumbres navideñas, nos devela una curiosa y olvidada tradición. “La noche del 5 de enero, antes de la aparición de las ya tradicionales cabalgatas, en algunas de nuestras ciudades se celebraba una extravagante y mal tolerada farsa, llamada ‘A esperar los Reyes’”. Este ritual, que fue recopilado por el escritor y periodista Ramón de Mesonero Romanos (1803-1882), era una burla para escarnio de los inmigrantes, en su mayoría asturianos y gallegos llegados a Madrid.
Los capitalinos les aseguraban que la noche del 5 unos reyes repartirían monedas de oro y les indicaban el lugar donde sucedería. Cuando llegaban a la ubicación, les advertían de que los generosos monarcas se hallaban en la otra punta de la urbe. Y así sucesivamente, hasta que los bromistas, que remojaban su ocurrencia en las tabernas que encontraban a su paso, no se tenían en pie o los incautos no podían con su alma de tanta caminata. Curiosamente, los carboneros eran integrantes activos de la panda de los burlones.
La juerga etílica y el chascarrillo originaron un rechazo social que culminó con medidas legales. “Con la prohibición de todas estas prácticas, la noche de Reyes, pasó a ser, desde entonces, la de las creencias infantiles, en la que todos los niños debían irse a dormir pronto”, indica Peña Martín.
Esto ocurrió en el siglo XIX, momento en el que emergen los rituales navideños tal como los celebramos hoy. Y aunque es posible que esos carboneros chanceros bromearan con obsequiar pedazos de carbón, existen otros posibles orígenes para esta costumbre.
Calefacción pagada
¿Y si el carbón no hubiera sido siempre un castigo? Esta es una de las teorías más extendidas. Durante el siglo XIX el frío no se andaba con chiquitas y la pobreza energética era causa de muerte. Unos trozos de carbón eran un regalo muy apreciado. Y entonces, ¿cómo habría pasado a tener tan mala prensa? La culpa, como de tantas otras cosas, recaería en la sociedad de consumo.
Las sucesivas revoluciones industriales propiciaron la producción masiva de objetos para todas las clases sociales. Todas. Incluso para las menos pudientes. Los juguetes ascendieron peldaños en la escalera de las necesidades infantiles, y recibir un pedazo de antracita pasaría a ser considerado “de pobre”. Y, por ende, de malo, porque en aquella época se consideraba que pobreza y delincuencia eran sinónimos. Por lo tanto, los niños que recibían carbón eran pobres y en consecuencia, malos.

Regalar carbón pasó a considerarse de mal gusto, como si alguien, en vez de entregar los consabidos calcetines o colonias, nos pagase unos días de la factura del gas. Aunque resultaría de lo más práctico, socialmente sonaría a insulto, a una forma soterrada de llamarte “muerto de hambre”. Lo mismo habría sucedido en aquella época, tras la irrupción de la sociedad de consumo.
Carboneros buenos y malos
Papá Noel ha fagocitado muchas figuras de regaladores arraigados en el folclore de diferentes regiones con la huella del carbón en su ADN. En Italia, reparte dulces y regalos la Befana, una bruja bonachona ataviada con harapos y manchada de hollín. “Existe en España, sobre todo en el norte, una tradición de carboneros que llevan regalos a los niños que se han portado bien, como Olentzero o Apalpador”, relata la historiadora María Narbona Cárceles, autora de Historia de las tradiciones navideñas (Palabra, 2022).

Lo que ha llegado hasta nuestros días es que el Olentzero vasco y el Apalpador de Lugo entregan presentes tiznados de carbón, pero no siempre fue así. “Encontramos fuentes antiguas, que sí que se conservan –a diferencia de muchos de los mitos navideños de los que no existe documentación– en las que se habla de que la tradición de Olentzero no fue siempre la de un carbonero bondadoso, sino que se utilizaba para asustar a los niños”, comenta Narbona.
En este sentido, todos los antepasados de Papá Noel han contado con un reverso tenebroso desde el embrión de la tradición: “A mi modo de ver, los orígenes más remotos datan de comienzos de época moderna, en la zona fronteriza de Francia y Alemania, donde san Nicolás traía los regalos a los niños. En ambos países se desarrolló un personaje antagónico al santo que solía acompañarle. En francés es el Père Fouettard (padre látigo), que causaba terror entre los niños. Hay personajes muy parecidos, con nombres diversos, como el Krampus en la zona de los Alpes, pero siempre en el lado oscuro de san Nicolás. En algún momento también sé que estos personajes llevaban a los niños cenizas y carbón, pero nunca he encontrado un documento o referencia literaria que lo corrobore”, nos dice Narbona.
Carbonilla: el paje chivato
Esta autora hace alusión también a Carbonilla o Carboncito, un paje encargado de hacerle el trabajo sucio a los Reyes Magos y señalar con el dedo a los niños que merecen un correctivo tizón. Carbonilla no es un demonio ni un duende cruel, es un espía del día a día de los pequeños, una especie de algoritmo que todo lo sabe sobre ellos. Pero para mal. Es el chivato que informa de quién no se está portando bien y no se merece más que un trozo de carbón.
Cumple, además, con la función de externalizar el castigo. No son ni los Reyes ni los padres los que toman la decisión de sustituir regalos por mineral, sino el comportamiento del infante. Carbonilla funciona como Dios o como un dispositivo panóptico: sabe lo que el pequeño hace en todo momento, es alguien a quien no puedes jugársela, por lo que solo queda una: portarse bien.
Tradiciones paganas
El carbón fue el sustituto de la leña, que cuenta con una dilatada tradición en el mundo pagano. “Esta tradición que vincula los regalos navideños con el carbón se puede unir a la propia costumbre de quemar los troncos viejos en la hoguera para dar la bienvenida al solsticio. Son las culturas centroeuropeas y las del norte de España las que están más vinculadas al bosque, a la madera, al fuego, y es normal que el carbón haya formado parte de todo este imaginario. Desde luego, no era un desecho cualquiera: una piedra, un palo o una cáscara de nuez, por ejemplo”, apunta Narbona.
En este sentido, el Tronco de Yule, asimilado por el cristianismo y posteriormente por la repostería como tronco de Navidad, se quemaba en la noche más larga del año para celebrar el retorno de la luz y proteger el hogar. La gestión de las cenizas era de gran importancia: debían permanecer como talismán de la casa.

El cristianismo reniega de las tradiciones paganas, y las cenizas, lo oscuro y lo sucio pasan a formar parte del inframundo. Algunas hipótesis apuntan a que la chimenea por la que se cuela Santa Claus funciona como conexión entre dos mundos: el cielo y la tierra. Aunque la realidad podría ser más prosaica y que al descender por el conducto, el señor de la barba aprovechara para echar mano de un pedazo de carbón y así castigar a los malotes de la casa sin tener que darle demasiadas vueltas a la cuestión.
Dulce condena
La pedagogía ha cambiado profundamente y, desde que el concepto “refuerzo positivo” hizo su aparición, el carbón se dulcificó. Tanto que transmutó de elemento punitivo a golosina azucarada. Ningún niño recibe en la actualidad antracita en lugar de regalos, y menos en unas sociedades mayoritariamente urbanitas para las que el mineral sería harto difícil de encontrar.
El temido carbón, amenaza descafeinada en los tiempos de la hiperpaternidad, se ha convertido en una broma dulce, dejando atrás su historia de frío, paganismo y folclore.
