Por qué Cuba vuelve a estar en el punto de mira de Estados Unidos: casi dos siglos tras el control de la isla caribeña
En choque permanente
Tras su intervención en Venezuela, Cuba, con su decadente socialismo, figura como otro de los escenarios sometidos a las presiones del gobierno de Donald Trump

Estadounidenses desembarcando en el muelle de la playa Daiquirí, en Cuba, en 1899
Trump ha amenazado a Cuba para que negocie. Si no lo hace, más adelante puede ser ya tarde. En su opinión, no hará falta que Estados Unidos intervenga militarmente porque el régimen isleño, sin el petróleo de Venezuela, caerá por sí solo. En La Habana, estas amenazas no han sentado nada bien. El presidente Miguel Díaz-Canel ha advertido que su país es independiente y soberano: nadie puede obligarlo a hacer lo que no quiere; Cuba, al contrario que los norteamericanos, no agrede a nadie.
De los intentos de compra al protectorado
Las raíces del conflicto entre Washington y La Habana se remontan al siglo XIX, cuando los norteamericanos evitaron respaldar los intentos cubanos por independizarse de España. Preferían que Cuba permaneciera en manos de una metrópoli débil hasta que ellos estuvieran en condiciones de anexionársela. Hicieron varios intentos por adquirir el territorio sin que la idea llegara a fructificar.
Finalmente, en 1898, intervinieron abiertamente. Tras derrotar a los españoles con facilidad, transformaron la antigua colonia hispana en una especie de protectorado. En 1901 añadieron a la Constitución cubana la Enmienda Platt, que facultaba a la Casa Blanca para intervenir en los asuntos internos de la isla.
Aunque la Enmienda Platt se abolió en su mayor parte en 1934, la influencia estadounidense en Cuba siguió siendo determinante. El embajador estadounidense tenía tanto poder que era el segundo personaje del país. En ocasiones, incluso aventajaba al mismo presidente. Entretanto, la dependencia de la economía cubana respecto a su poderoso vecino del norte era absoluta: el azúcar isleño se colocaba en el mercado norteamericano.
De la revolución al embargo
Tras el triunfo de la revolución cubana, el régimen comunista de Fidel Castro se convirtió en un referente para la izquierda mundial. Un informe de la CIA reflejaba en estos términos la inquietud ante la aparición de un modelo político que cuestionaba la hegemonía capitalista: el “experimento de Cuba” estaba siendo “observado de cerca por otras naciones del hemisferio: cualquier indicio de éxito podría tener una amplia repercusión favorable al estatalismo en cualquier parte del área”.
Estados Unidos, por esas fechas, ya había ordenado el embargo económico de la isla, a la que prohibió comprar o vender cualquier producto, con la excepción de medicinas y algunos alimentos. En la práctica, esta medida sería profundamente contraproducente, porque empujaría a Fidel Castro a enrocarse.

Desde la perspectiva de La Habana, el “bloqueo” constituía un chivo expiatorio ideal al que culpar de todo lo que no funcionaba. Por otra parte, la presión de Washington contribuyó a que Fidel se echara en brazos de los soviéticos. La ayuda económica del Kremlin hizo posible que la revolución subsistiera y facilitó la puesta en práctica de sus políticas sociales en terrenos como la educación y la sanidad.
Castro, además, justificó el sistema de partido único como una necesidad para hacer frente al imperialismo. Permitir otras opciones políticas equivalía, a su juicio, a dar facilidades a las ideas reaccionarias para que se expandieran entre el pueblo.
De Bahía de Cochinos a la crisis de los misiles
Los intentos estadounidenses por librarse de la irritante molestia caribeña fracasaron sin paliativos. El presidente Kennedy promovió una invasión de exiliados que se estrelló en Bahía de Cochinos ante la resistencia castrista. La Unión Soviética instaló armas nucleares en la isla, nada que Estados Unidos no hubiera hecho en países fronterizos con el territorio ruso. La rápida intervención de JFK, en la denominada “crisis de los misiles”, obligó al Nikita Jruschov a dar marcha atrás.
Relación entre puercoespines
Ante el fracaso de la intervención militar directa, Washington recurrió a los sabotajes y los intentos de magnicidio. Ninguno de los planes para asesinar a Fidel, por lo general bastante chapuceros, tuvo el menor éxito.
El líder cubano, por su parte, hizo algún intento para mejorar las relaciones con su poderoso vecino. Cuando le preguntó al intermediario James Donovan qué podía hacer al respecto, el norteamericano le aconsejó prudencia. Había que ir poco a poco: “¿Sabe cómo hacen el amor los puercoespines?”, le preguntó a Castro. Cuando este le respondió que no, le aclaró así el enigma: “Con mucho cuidado”. Era exactamente así como, según Donovan, las dos naciones debían afrontar el arduo problema de su relación.

En los años siguientes, Estados Unidos vería la mano de Cuba detrás de cualquier insurrección izquierdista en el continente latinoamericano. La Habana se defendió con el argumento de que podía apoyar a quien quisiera de la misma manera que los norteamericanos intervenían donde y cuando deseaban. La intervención armada del castrismo en África, tanto en Angola como en Etiopía, para respaldar a los gobiernos izquierdistas de esos países contribuyó a elevar la tensión con Washington.
Embargo por ley
Tras la caída de la URSS, las predicciones sobre un próximo fin del régimen castrista se multiplicaron. El gobierno cubano, sin embargo, resistió.
La Casa Blanca, mientras tanto, endurecía su política. En 1992, la ley Torricelli prohibió comerciar con Cuba a todas subsidiarias de compañías norteamericanas. A su vez, se redujeron los permisos para que los cubanos residentes en Estados Unidos enviaran dólares y mercancías a sus familiares residentes en la isla. El objetivo por parte Washington estaba claro. Se trataba de generar descontento para que fuera la propia población la que derrocara el régimen fidelista.
Cuatro años después, la ley Helms-Burton endureció el embargo. Este adquirió rango de ley, por lo que, en adelante, ningún presidente podría cambiarlo. La decisión pasaba a depender únicamente del Congreso.
El lobby interno
¿Por qué una hostilidad tan abierta? Tras el fin de la guerra fría, Cuba ya no representaba ningún tipo de amenaza. Sin embargo, había que contar con el poderoso lobby de exiliados cubanos, gente con mucho poder económico y que votaba en las elecciones estadounidenses con la vista puesta en el Caribe.
No obstante, pese a que ambos países se dieran la espalda, también es cierto que podían, llegado el caso, alcanzar acuerdos puntuales. Jorge I. Domínguez, profesor emérito de la Universidad de Harvard, recordaba en 2015 que casi todos los inquilinos de la Casa Blanca, con las excepciones de Gerald Ford y George Bush padre, establecieron algún tipo de pacto. Kennedy, por ejemplo, logró la liberación de los presos capturados en Bahía de Cochinos. A su vez, Lyndon B. Johnson, Jimmy Carter, Ronald Reagan y Bill Clinton regularon la emigración de cubanos.
La era post-Fidel
En 2007, Raúl Castro, el hermano de Fidel, tendió la mano a la Casa Blanca. Propugnaba el inicio de conversaciones sin condiciones previas, siempre que Estados Unidos tratara a su país como a un igual. Con la llegada al poder de un nuevo presidente demócrata, el afroamericano Barack Obama, la distensión dejó de ser un deseo piadoso. Obama, en su primera campaña electoral, manifestó su voluntad de “pasar la página y comenzar a escribir un nuevo capítulo en la política estadounidense hacia Cuba”. Finalmente, en julio de 2015, ambos Estados restablecían relaciones diplomáticas con la apertura de sus embajadas.
La mutua desconfianza, pese a los gestos de aproximación, persistió. Cuba exigía el fin del embargo y la devolución de la base naval de Guantánamo.

La “convivencia civilizada” acabó por irse al traste con la llegada de un nuevo mandatario a la Casa Blanca, el republicano Donald Trump. El polémico multimillonario mantuvo la embajada en La Habana, pero aseguró que se pondría del lado de “la gente cubana en su pelea contra la opresión comunista”. Así, de golpe, Estados Unidos regresaba a los tiempos de la guerra fría.
En este segundo mandato, la actuación errática de Trump hace que sea muy difícil prever con garantías hacia dónde se encamina el futuro.
