Historia contemporánea

Petróleo y libertad: ¿qué hay tras el largo conflicto entre EE. UU. E Irán?

De la CIA a los ayatolás

Más allá de sus obvias diferencias ideológicas y religiosas, el odio enquistado entre Washington y Teherán es tan profundo como los pozos de hidrocarburo que lo alimentan desde 1953

Llamaradas de gas en una plataforma petrolera del yacimiento iraní de Soroush, en el golfo Pérsico 

Llamaradas de gas en una plataforma petrolera del yacimiento iraní de Soroush, en el golfo Pérsico 

REUTERS

Arden las calles de Teherán en la mayor oleada de protestas contra el régimen desde 2022. Donald Trump sopesa echar gasolina al fuego atacando Irán, con el fin de acelerar la caída del régimen ayatolá. Es el enésimo capítulo de una larga relación envenenada entre Estados Unidos e Irán, cuyos antecedentes se remontan a principios del siglo XX. Tras cada movimiento geopolítico, una constante: el oro negro.

Irán se democratiza

Persia estrenó el siglo XX con una revolución que convirtió el país en una monarquía constitucional. El Imperio persa perdía pistón y territorio, los shas se endeudaban y el país se empobrecía, víctima de las hambrunas, de la inflación y de una administración ineficiente y obsoleta. Georgia, Azerbaiyán y Daguestán habían pasado a manos rusas a lo largo del siglo XIX.

Entretanto, las élites miran a occidente, adoptan costumbres europeas y se abren a los principios ilustrados. Al rey Nasereddín Qajar le sale incluso una hija feminista, la princesa Taj al-Saltaneh, partidaria de “la libertad de las mujeres para dejar de lado el velo y apoyar y cooperar con los hombres como iguales”.

En este contexto, y tras el estallido de fuertes protestas populares entre 1905 y 1906, el sucesor de Nasereddín, Mozaffareddín sha, se ve obligado a aceptar la creación de una asamblea constituyente. Aquella Carta Magna continuaría vigente hasta la Revolución Islámica de 1979.

Europa se reparte el pastel

Por descontado, la libertad no fue el único motor de la europeización de Persia a lo largo del siglo pasado. El país era una ficha más en el tablero de lo que británicos y rusos denominaban “El Gran Juego”, una lucha entre ambas potencias por el control geopolítico y económico de Asia Central.

Así, en Persia, el monopolio del telégrafo y el del tabaco recayeron en empresas británicas (aunque la llamada Revuelta del Tabaco forzó al sha a revocar esta concesión), mientras que los rusos se hacían con los derechos de pesca y, más adelante, con los de telefonía. Los derechos ferroviarios y la construcción de grandes infraestructuras se repartieron entre unos y otros.

Mohammad Mosaddegh, primer ministro de Irán, depuesto por un golpe de Estado promovido por Churchill 
Mohammad Mosaddegh, primer ministro de Irán, depuesto por un golpe de Estado promovido por Churchill Terceros

En 1901 quedan asignadas también las licencias de explotación de petróleo, a cargo de rusos en las provincias del norte y de británicos en el resto del país. Siete años después, Gran Bretaña excava el primer pozo.

La CIA entra en escena

Avancemos hasta 1951. Ya hace tres lustros que Persia ha pasado a llamarse formalmente Irán, cambiando así de un topónimo de origen griego a otro autóctono, pero eso no significa que la influencia europea haya menguado. Durante la Segunda Guerra Mundial, tanto Rusia como el Reino Unido ocuparon el país, y, pese al repliegue de sus tropas en 1946, su presencia aún se hace notar. Crece el sentimiento nacionalista entre los iraníes.

En particular, resulta especialmente sangrante el escaso rédito que el petróleo deja en su lugar de origen. De los jugosos beneficios de la Anglo-Iranian Oil Company, antecesora de BP, Irán no llega a percibir ni un 20%. Como los británicos se niegan a revisar el acuerdo, el primer ministro Mohamed Mossadegh da un golpe de efecto: el Parlamento nacionaliza la empresa petrolera y acuerda expulsar de Irán a los directivos británicos.

Gran Bretaña reacciona pidiendo que el Consejo de Seguridad de la ONU apruebe sancionar a Irán, pero la medida no prospera debido al veto de China y la Unión Soviética. En los años más gélidos de la guerra fría, estar con el bloque soviético es estar contra Occidente. So pretexto de neutralizar la amenaza comunista, Churchill convence a Eisenhower de involucrar a la CIA, a cambio de apoyar la invasión estadounidense de Corea.

Se pone en marcha la Operación Ajax. En 1953, con ayuda de mercenarios, de matones callejeros y del ayatolá Kashani (que inicialmente había prestado su apoyo a Mossadegh), muchos de ellos previamente sobornados, la CIA y el MI6 orquestan un golpe de Estado, deponen al primer ministro y designan un gobernante títere, en la que ha pasado a la historia como la primera operación encubierta de la CIA para derrocar a un gobierno en tiempos de paz. Los disturbios se saldan con unas trescientas víctimas mortales. La semilla del rencor está plantada.

Una “revolución” blanda

Libre ya de la incómoda compañía de Mossadegh, el sha Mohamed Reza Pahlevi anuncia una serie de reformas aparentemente diseñadas para contentar a todo el mundo: 

“La nuestra es una Revolución Blanca: no adoptamos ningún eslogan, pero abrazamos todo lo que nos parece bien, ya sea comunismo, socialismo o capitalismo”.

La fórmula consiste, en realidad, en una especie de despotismo ilustrado disfrazado de equidistancia. Estados Unidos se convierte en el principal inversor del país y sus militares obtienen inmunidad. Con su patrocinio, Reza Pahlevi impulsa un intenso programa modernizador. En 1963 se aprueba en referéndum, por aclamación popular, instaurar el sufragio femenino, distribuir tierras entre los campesinos, crear un sistema de seguridad social y promover la educación universal, obligatoria y gratuita.

Mujeres iraníes votando en el referéndum promovido por Mohamed Reza Pahleví
Mujeres iraníes votando en el referéndum promovido por Mohamed Reza PahlevíTerceros

En paralelo, no obstante, Reza Pahlevi se atribuye casi todo el poder ejecutivo, se reserva el derecho de disolver el Parlamento, nombra a dedo a la mitad de los senadores e impone obediencia ciega con ayuda de la Savak, policía secreta estrechamente vinculada a la CIA. Para mayor autobombo, en 1967 adopta el título de shahanshah (rey de reyes).

Finalmente, la Revolución Blanca resulta ser, más bien, una dictablanda. Cunde el descontento al descubrirse que los grandes beneficiarios de la reforma agraria no son los pequeños agricultores, sino los pesos pesados del régimen, y que algunas de las tierras en reparto se han expropiado a mezquitas. La desafección crece entre los sectores más religiosos.

La fiesta se paga con sangre

La crisis del petróleo de 1973 convierte a Irán en principal proveedor de crudo para Estados Unidos. El dinero fluye a raudales, el PIB per cápita se dispara, pero el bienestar no llegaa calar entre las clases populares, cada vez más hartas de la corrupción y de pasar apuros económicos. La injerencia extranjera, representada principalmente por los americanos, tampoco se ve con buenos ojos. 

Para entonces, la gota ya ha colmado el vaso en Persépolis. Allí se celebra en 1971 un macrofestín versallesco para la flor y nata de los mandatarios y la alta sociedad mundial. Un “festival del diablo”, según clama desde el exilio el ayatolá Jomeini, donde hasta el servicio va ataviado con uniformes de alta costura.

El sha Mohamed Reza Pahlevi se dirige a los asistentes en el 2.500 aniversario del Imperio persa en Persépolis, 1971
El sha Mohamed Reza Pahlevi se dirige a los asistentes en el 2.500 aniversario del Imperio persa en Persépolis, 1971Giorgio Lotti/Mondadori vía Getty Images

En 1979, tras dos años de protestas brutalmente reprimidas, la Revolución iraní depone al sha. Esta vez, la revolución no será ni blanca, ni blanda. Los jomeinistas asaltan la embajada estadounidense y secuestran a cincuenta y dos diplomáticos. La ruptura diplomática del nuevo régimen chií con el “Gran Satán” ya es definitiva. Irán se sume en una teocracia fundamentalista, donde la sharía es ley suprema.

Armas bajo mano

Da comienzo un cruento juego estratégico por el control del golfo Pérsico. Irán financia a Hizbulah y promueve secuestros de estadounidenses en el Líbano. Estados Unidos fortalece su apoyo a Israel y escolta con su armada a los petroleros kuwaitíes, presa fácil durante la guerra Irán-Irak (1980-1988). En este conflicto, la potencia americana también respalda, más o menos abiertamente, a Irak, pese a las buenas relaciones de Sadam Husein con la Unión Soviética.

Pero, en realidad, nada es lo que parece. Con una mano, Reagan impone estrictas sanciones económicas al gobierno iraní. Con la otra, les vende misiles que estos hacen llegar a la Contra nicaragüense a través del Mossad israelí. A cambio, Hizbulah y otras organizaciones terroristas amparadas por Irán liberan a rehenes estadounidenses.

Los intereses geopolíticos son, pues, complejos y cambiantes en Oriente Medio. Solo dos elementos permanecen inmutables: la retórica y el petróleo. Estos días, el régimen fundamentalista atribuye a la injerencia estadounidense el hartazgo del pueblo iraní y justifica la represión de las protestas como “guerra contra el terrorismo”. Trump, por su parte, se presenta como adalid de la libertad, pero, tras su reciente intervención en Venezuela, no es ningún secreto que el precio de cualquier libertad se pagará, en todo caso, en petrodólares.