Historia a medida: la lucha de la extrema derecha para eliminar el pasado
Filosofía
El fascismo no solo arrebata derechos, también nos arrebata el pasado. Jason Stanley, que ha dejado Estados Unidos para escapar del trumpismo, lo explica en el libro ‘Borrar la historia’

Quema de libros por los nazis y sus seguidores en 1933 en Berlín
La historia, en realidad, trata más del futuro que del pasado. La gente suele mirar atrás para legitimar sus proyectos políticos del presente y, de esta forma, reforzar su pretensión de construir un modelo de sociedad u otro. Es por eso que todos tienen interés por controlar el relato de lo que fue: les importa lo que será. En Borrar la historia (Blackie Books, 2025), el filósofo Jason Stanley aborda cómo la extrema derecha, en todo el mundo, ofrece una visión de la historia profundamente sesgada, de la que elimina sistemáticamente cualquier elemento que no cuadre con su proyecto autoritario y ultranacionalista. En consonancia con esta visión de las cosas, contraria a la diversidad, los regímenes reaccionarios se acercan a la historia como si solo hubiera una visión posible de los acontecimientos.
Según Stanley, el fascismo utiliza una serie de tácticas para crear un pasado a su medida. Fomenta, en primer lugar, el mito. Apela también al victimismo, con lo que se beneficia de los resentimientos que él mismo genera. Lo que trata de hacer es consolidar las jerarquías basadas en factores como la raza o el género, de manera que sean hombres blancos los que continúen al mando.
Para conseguir este objetivo, los proyectos políticos antidemocráticos apelan al miedo. Intentan convencer a los ciudadanos de que hay una conspiración para imponer la hegemonía de un nuevo grupo. En los años treinta, los nazis afirmaban que los judíos pretendían tomar el poder. Sus herederos, en la actualidad, sostienen que los emigrantes vienen para destruir Occidente.
La historia es lo que se dice, pero también lo que se omite. De ahí que los autoritarios pretendan eliminar el recuerdo de las protestas sociales. Así intentan hacer ver que el statu quo no ha sido nunca cuestionado. El estado de Florida eliminó del currículum de Estudios Sociales todo lo relativo al movimiento antirracista Black Lives Matter. En China, el gobierno hizo lo mismo con la masacre de la plaza de Tiananmen, donde los estudiantes expresaron sus demandas de libertad y transparencia. Se pretende, en suma, eliminar del relato a los grupos sociales que han sufrido discriminación.

El nacionalismo es otro elemento a considerar en esta lucha por la historia, en la que se trata de imponer una visión de todo lo que favorece determinada idea del patriotismo. Por eso mismo, se elimina cualquier elemento incómodo. En Hungría, por ejemplo, se rechaza, por supuestamente difamatorio, el vínculo con el nazismo de los nacionalistas conservadores. En realidad, el hecho está bien acreditado por los especialistas.
Por razones similares, los libros de texto de Turquía minimizan la importancia del laicismo dentro de la historia de la República. Es un elemento incómodo para los que quieren volver al predominio de la religión en la sociedad.
A nivel internacional, la deformación del pasado ha servido para justificar la desigualdad entre las naciones. Es lo que sucedió con potencias imperialistas como Gran Bretaña, que extendieron su dominio mundial intentando hacer ver que los pueblos bajo su control no tenían ningún legado digno de conservar. Por otro lado, se eliminaron de la historia oficial episodios como las matanzas inglesas en Kenia durante la década de 1950. La violencia llegó a extremos tan brutales que se ha podido hablar del “gulag británico”.

Por supuesto, este no es sino un caso entre otros. Siempre se sostenía que los europeos, por su superioridad, iban a otros continentes a llevar la “civilización” a unas gentes que serían “salvajes”.
El conocimiento, en un libro como Borrar la historia, no es algo aséptico y neutral, sino un instrumento en el combate de la libertad contra el despotismo. Reconstruir el pasado equivale a una forma de resistencia contra todos aquellos que quieren recortar nuestros derechos y, en última instancia, nuestra democracia. El autor, con buen criterio, desconfía del saber con pretensiones de neutralidad. Porque siempre se investiga a partir de un punto de vista. Que no lo reconozcamos no significa que no esté ahí.
