El Desastre del 98 pudo ser peor: los planes de EE. UU. Para ocupar las islas Canarias
Expansionismo americano
La posición estratégica del archipiélago atrajo la atención de los “halcones” de Washington, que amagaron con actuar en aguas españolas, aunque no todos eran partidarios de ese ataque

John Milton Hay, secretario de Estado de los Estados Unidos, firma el Tratado de París, que ponía fin a la guerra con España
“¿Esta flota debería ir a América o, por el contrario, debería proteger nuestras costas y las Canarias en previsión de cualquier contingencia?”. Con estas palabras el almirante Pascual Cervera comentó con sus capitanes las órdenes recibidas de navegar hacia el Caribe el 20 de abril de 1898, en plena escalada de tensión entre España y EE. UU.
Solo cinco días después estallaría la guerra, con el desenlace de sobras conocido: la pérdida de las posesiones españolas en Filipinas, Guam, Cuba y Puerto Rico. El Caribe y el Pacífico fueron los principales escenarios de la conflagración, pero los estrategas de Washington contemplaron otras opciones para llevar la guerra a territorios bajo soberanía de Madrid.
Uno de esos posibles objetivos fueron las islas Canarias. Al repasar las amenazas sobre el archipiélago, surgen paralelismos con la situación actual de Groenlandia: ambiciones sobre un territorio estratégico y juegos diplomáticos por parte de las potencias europeas ante una amenaza del otro lado del Atlántico.
Antes del Maine
Volviendo a finales del siglo XIX, la guerra con España comenzó a fraguarse en los despachos de Washington mucho antes de la explosión del Maine en el puerto de La Habana el 15 de febrero de 1898. EE. UU. Llevaba décadas con intereses en Cuba, pero no fue hasta después de la guerra de Secesión (1861-1865) cuando Washington pudo desarrollar una política expansionista en el Caribe y el Pacífico.
Un instrumento de ese expansionismo sería la Marina de Guerra. A finales del siglo XIX, la US Navy superaba en potencia a la armada española y podía plantearse controlar Cuba. En 1894 los estrategas navales estadounidenses diseñaron los primeros planes para una confrontación, basándose en un bloqueo y la búsqueda de una batalla naval decisiva.

El estallido de la rebelión en Cuba, en 1895, fue un incentivo para los sectores más intervencionistas entre las élites estadounidenses. Entre ellos destacaba el entonces secretario de Marina, Hilary A. Herbert, quien animó a los planificadores de la US Navy a desarrollar estrategias más agresivas contra España, que contemplaran acciones contra territorios fuera del Caribe.
Entre las propuestas militares destacó la del teniente William Kimball, oficial de inteligencia naval. Este propuso enviar al escuadrón asiático de la US Navy contra Filipinas, mientras que otra formación naval actuaría en aguas españolas para hostigar el comercio, atacar ciudades costeras y evitar que la Armada pudiese acudir en ayuda de las posesiones caribeñas.
Gran Bretaña, entre dos aguas
Para que las naves de la US Navy pudieran operar cerca de la península ibérica, era indispensable dotarse de una base, y Kimball abogó por ocupar las islas Canarias. La posición estratégica del archipiélago era perfecta para los planes estadounidenses, ya que otorgaba a sus barcos la posibilidad de abastecerse de carbón.
Los dos bandos eran conscientes de la importancia de las Canarias, así como el resto de potencias europeas. El archipiélago era clave por su situación estratégica en las rutas marítimas entre el Viejo Continente, África y América.

En teoría, los países europeos mantenían la neutralidad en el pulso entre Washington y Madrid. Pero ninguna potencia del Viejo Continente quería ver a EE. UU. Ejerciendo una influencia excesiva fuera de América y menos dentro de sus tradicionales zonas de influencia. Un ataque contra las Canarias podría haber propiciado un rol más activo de estas potencias.
El caso más claro fue el de Gran Bretaña. Londres apoyaba discretamente a Washington en sus ambiciones en el Caribe, ya que temía que España acabase vendiendo sus colonias a Alemania, la gran rival del Imperio británico.
Pese a esa simpatía anglosajona, a través de una presión diplomática discreta, Gran Bretaña hizo saber que no estaba dispuesta a que EE. UU. Ocupara las Canarias. Allí, la Royal Navy gozaba de privilegios, ya que las autoridades españolas permitían el reabastecimiento de los buques de Su Majestad cuando operaban en África y había una destacada colonia de súbditos de la reina Victoria con importantes negocios en el archipiélago.
A favor y en contra
Desde la perspectiva norteamericana, el Departamento de Marina justificaba las hipotéticas acciones en aguas españolas. En un documento fechado el 30 de junio de 1897 se aseguraba que “pensamos que los barcos españoles más peligrosos para nuestro bloqueo en Cuba deben ser detenidos en las aguas peninsulares”.
No obstante, también había voces discordantes en los estamentos militares. Por ejemplo, el almirante Henry Clay Taylor, presidente entonces del Naval War College (la escuela de guerra naval para oficiales de la Marina), estimó que era muy complicado operar a más de seis mil kilómetros de sus bases y dijo que “no soy de la opinión que nuestra presencia en aquellas aguas […] pueda infligir considerables daños a España”.
En la antesala de la guerra, EE. UU. Rebajó sus ambiciones. En marzo de 1897, el nuevo secretario de Marina del presidente McKinley, John Davis Long, mostró un perfil menos belicista. Aunque aceptaba un enfrentamiento con España, no quería una escalada con las potencias europeas. Así que ordenó adaptar los planes para centrar las operaciones militares en Cuba, Filipinas y Puerto Rico.
La mano derecha de Long, el secretario adjunto Theodore Roosevelt, sí que era un firme partidario de acciones más directas contra España. Aunque el ataque sobre las Canarias ya no parecía prioritario, los “halcones” no descartaron enviar un escuadrón a aguas cercanas a la península para atacar el tráfico mercante, bombardear puertos y evitar el envío de refuerzos al Caribe.
La invasión como arma psicológica
Pese a estar descartada en la escalada de la primavera de 1898, la invasión de las Canarias fue un importante factor psicológico. La prensa estadounidense la utilizó como elemento propagandístico para encender el patriotismo con las capacidades de su moderna armada y para presionar a España.
La reacción entre las autoridades políticas y militares españolas fue un tanto contradictoria. Como parte de las dudas mostradas por ir a la guerra con EE. UU., el almirante Cervera creía que la Armada tampoco estaba en condiciones de defender el archipiélago ante un ataque de la US Navy.

Como explica el historiador Amós Farrujia Coello en su artículo “La amenaza estadounidense sobre Canarias en 1898” (Revista de Historia Canaria, n.º 196, 2014), entre el gobierno de Práxedes Mateo Sagasta había cierta confianza en que las presiones diplomáticas europeas disuadirían el ataque sobre las islas. Además, en Madrid se creía que las operaciones se limitarían, principalmente, a las aguas caribeñas.
Pero ese clima de confianza se ensombreció pronto. La estrepitosa derrota española en la batalla de Cavite (Filipinas) el 1 de mayo de 1898 alimentó el miedo a un ataque estadounidense contra las Canarias. En las siguientes semanas, el gobierno envió refuerzos, aseguró como pudo las baterías costeras en Santa Cruz y Las Palmas y decretó el estado de guerra en las islas del archipiélago.

La principal preocupación era la posible presencia de dos buques estadounidenses, la cañonera USS Bancroft y el crucero USS San Francisco, cerca de las aguas españolas. Se creía que podían interceptar refuerzos enviados desde la península hacia Cuba, aunque los dos buques acabarían operando en el Caribe.
El miedo también llegó a la población de las islas. Según explica Domingo Gari, profesor de la Universidad de La Laguna, en su trabajo “Islas al viento. Cuando los norteamericanos quisieron Canarias” (Atlántida. Revista Canaria de Ciencias Sociales, 2024), muchas personas se refugiaron en el interior de Tenerife por temor a bombardeos en la costa.
Gari recoge que en Santa Cruz de Tenerife se organizaban conciertos para distraer a la población, pero la ciudad entera apagaba las luces al llegar la medianoche, para no dar pistas a los posibles barcos estadounidenses al acecho. También hubo un ataque al consulado de EE. UU. De la Palma de Gran Canaria.
Una baza negociadora
Los estadounidenses supieron jugar muy bien con estos miedos, e incluso subieron la apuesta. Además de la agitación de sus diarios, en junio de 1898, Washington ordenó a su agregado naval en París, William Sims, que difundieran rumores de que la US Navy preparaba una escuadra para atacar las costas españolas. En un principio era un bulo, pero EE. UU. Se planteó enviarla realmente, al enterarse de que Madrid procuraba mandar más barcos a Filipinas a través del canal de Suez.
La guerra se encaminó a su fin con el hundimiento de la flota del almirante Cervera en la batalla de Santiago de Cuba, que certificó la derrota de España. En ese momento Washington no contaba con la absoluta certeza de que Madrid fuera a capitular, por lo que esgrimió la amenaza de seguir con las hostilidades y ocupar otros territorios.

La prensa estadounidense y los círculos diplomáticos dejaron claro que, si España no aceptaba la cesión de territorios en el Caribe y el Pacífico, EE. UU. Atacaría territorios como las Canarias, Fernando Poo o las Baleares.
Aunque algunos sectores militares y políticos querían seguir la guerra contra los norteamericanos, el gobierno de Sagasta vio claro que no podían perder más territorios a manos de los estadounidenses y aceptó firmar el Tratado de París. Así, España se quedó sin sus últimas colonias en América y el Pacífico, pero evitó un desastre mayor.


