Cuando los migrantes ilegales en Texas hablaban inglés
Fronteras en Norteamérica
Aunque México rechazó vender Texas a Estados Unidos en dos ocasiones, la población anglosajona del estado creció hasta superar aplastantemente a la mexicana. Washington consumó la anexión igualmente

Recreación de la doctrina Monroe, que establecía que América debía ser para los americanos, según un cuadro de Clyde De Land
Hace unos días se supo que un agente del ICE abatió a tiros a un ciudadano estadounidense hispanoamericano el pasado marzo en Texas, en un control de tráfico. Con ocho centros de detención y unos 17.800 internos, Texas es uno de los epicentros del control migratorio en Estados Unidos. Hace doscientos años, sucedía a la inversa: los migrantes en Texas, algunos de ellos ilegales, eran, en realidad, estadounidenses. Así nos lo contaba Juan Carlos Losada en el número 472 de la revista Historia y Vida.
A principios del siglo XIX, los recién nacidos Estados Unidos comenzaron, en su expansión hacia el oeste, a mostrar sus ansias de hacerse con parte de los territorios del virreinato de Nueva España. Sus tímidas incursiones fueron repelidas por las autoridades españolas, como sucedió en la batalla del río Medina. Pero la guerra que los independentistas mexicanos comenzaron por entonces contra España alteró la situación e hizo muy inestable la autoridad hispana en la zona. A pesar de ello, un tratado entre Estados Unidos y España estableció poco después las fronteras entre ambas potencias.
Primeros colonos en un territorio despoblado
De todas formas, el grave despoblamiento de Texas suponía un riesgo ante el expansionismo de los norteamericanos, por lo que las autoridades españolas, primero, y las mexicanas a partir de 1821 (fecha de su independencia), fueron aceptando como colonos a varios cientos de familias anglosajonas, para que contribuyeran al desarrollo de la región. A cambio, debían pagar una módica cantidad por la concesión de los terrenos.
La idea partió de un negociante norteamericano, Moses Austin, aunque fue su hijo Stephen quien la concretó. Logró establecer un contrato con las autoridades españolas (y luego con las mexicanas) por el cual adquiría los derechos para buscar los colonos que debía llevar a Texas. El pacto incluía su nombramiento como gobernador y la recepción de parte de la cantidad que los colonos tenían que pagar, que también invirtió en tierras.
A cada inmigrante se le adjudicarían, en principio, unos 16 kilómetros cuadrados de terreno y se le concedería una importante exención de impuestos, a cambio de que aceptase la soberanía española (luego mexicana) adoptando su ciudadanía, se comportase con una moralidad demostrada, se convirtiera al catolicismo y cambiase su nombre inglés por otro hispano.
Migrantes esclavistas
Muchos de los nuevos pobladores, todos originarios de los estados sureños de EE. UU., traían consigo cientos de esclavos, hecho que, aunque aceptado por España, chocó luego con la Constitución de México, que prohibía la esclavitud. Sin embargo, la estructura federal del nuevo país daba autonomía a sus estados, por lo que la esclavitud fue tolerada en Texas, aunque se prohibió tajantemente la compra y venta de esclavos. Lo cierto es que, en 1825, éstos suponían un 25% de los 20.000 habitantes a los que ascendía la población total, y diez años después, cuando estalló la guerra, ya eran la tercera parte de los 35.000 que tenía el estado.
Pronto los inmigrantes norteamericanos, legales e ilegales, superaron a los mexicanos en Texas. Concretamente les multiplicaban por siete. De todas formas, el conjunto de la población seguía siendo muy escaso para un territorio tan extenso y rico y, dada la presencia cada vez más importante de anglosajones, EE. UU. Trató de incorporarlo abiertamente a su nación. En 1825, su presidente ofreció un millón de dólares por Texas, oferta que se elevó a cinco dos años después, pero en ambos casos fue rechazada por México.
La jugada estadounidense no era más que el desarrollo de la doctrina Monroe, acuñada por el presidente de mismo nombre a principios de los años veinte. En ella, al declarar que América tenía que ser para los americanos, establecía que debía impedirse cualquier intromisión de los europeos en los asuntos del Nuevo Continente. Esta tesis servía de excusa para intentar asumir el control político y militar de unos territorios que, según Washington, México no podía defender eficazmente, y que podían caer de nuevo bajo la esfera de influencia de España, de Francia o incluso de Gran Bretaña.

México instaura controles migratorios
De todas formas, las tensiones entre las autoridades mexicanas y los habitantes de Texas no comenzaron hasta 1830. La entrada masiva de inmigrantes ilegales incrementó la ya enorme desproporción entre nativos y foráneos, y el interés de los estadounidenses era cada vez más explícito.
El gobierno mexicano, atemorizado por aquella conquista pacífica que estaba sufriendo, decidió prohibir los nuevos asentamientos, al tiempo que daba por terminada la exención de impuestos de los colonos. También decidió establecer controles más estrictos para impedir la inmigración ilegal e instalar guarniciones militares permanentes.
Este mayor control, junto con el malestar por la obligatoriedad del catolicismo y, sobre todo, por la prohibición del tráfico de esclavos, hizo que los inmigrantes anglosajones iniciasen conspiraciones separatistas. Stephen Austin, por ejemplo, pasó en prisión año y medio acusado de urdir una rebelión.
El ambiente se hizo aún más tenso cuando ascendió a la presidencia de México el general Antonio López de Santa Anna. El nuevo dirigente sustituyó en 1835 la constitución federal por una centralista que, entre otras cosas, ordenaba la disolución de las milicias de los diferentes estados. Al comenzar su mandato, viendo peligrar la soberanía sobre Texas, ordenó la expulsión de los inmigrantes ilegales y el desarme de los colonos, lo que acabaría desatando el inicio de un conflicto armado.

Simultáneamente, Santa Anna trató de impulsar la emigración de mexicanos del sur hacia Texas, para compensar la enorme desproporción a favor de los anglosajones. Sin embargo, su política dictatorial provocó protestas en muchos estados, en nombre de la libertad y el federalismo, y los tejanos, casi todos colonos esclavistas, decidieron aprovechar la oportunidad para lanzarse abiertamente a la rebelión, con el objetivo de deshacerse de la molesta soberanía mexicana.
Texas para los tejanos
Cerca de sesenta representantes, el 95% de ellos norteamericanos, proclamaron la independencia y eligieron a un presidente, David Burnett, y a un vicepresidente, Lorenzo de Zavala. Aprobaron también su propia constitución, en la que, dejando clara la vocación esclavista de los colonos, se restringían los derechos de ciudadanía a los no blancos, se defendía la esclavitud y se prohibía la emancipación de los esclavos.
Pese a la mitificada derrota en el sitio de El Álamo, el bando separatista acabó imponiéndose por las armas. Su aplastante victoria en la batalla del río San Jacinto se coronó con la captura del propio presidente Santa Anna. El Tratado de Velasco formalizó la independencia del nuevo estado.
En el terreno político, la guerra sirvió a los norteamericanos para identificar al enemigo principal que les impedía, junto a los pieles rojas, su expansión hacia el oeste. Las matanzas de El Álamo y Goliad fueron la excusa para justificar posteriores agresiones a México y el expolio de sus territorios septentrionales. La maniobra propagandística fue de gran magnitud, los norteamericanos ya tenían su episodio de resistencia heroica sobre el que espolear a la opinión pública, y la prensa de aquellos años se encargó de exagerar tanto la crueldad de los mexicanos como la inocencia y heroicidad de los tejanos, aparte de convertir rápidamente los cientos en miles.
Medio país de regalo
Así fue como los enemigos británicos, contra los que hasta entonces se había cohesionado la nación norteamericana, fueron reemplazados por los mexicanos, unos enemigos más “cómodos” que los ingleses, porque hablaban otro idioma, eran más morenos y tenían otra cultura. En definitiva, eran diferentes.
Tras una breve etapa como república, entre 1836 y 1845, Texas se incorporó a EE. UU. En 1846, con México sumido en la inestabilidad, EE. UU. Declaró la guerra al país vecino. A su fin, en 1848, se firmó el Tratado de Guadalupe-Hidalgo: los norteamericanos se anexionaban la alta California, Nevada, Arizona, Utah y parte de Nuevo México, Colorado y Wyoming. México había perdido en 12 años dos millones y medio de kilómetros cuadrados, el 56% de su territorio. Era la verdadera conquista del Oeste. La guerra de Texas sólo había sido el preludio.


