“¡Recordad El Álamo!” El mito militar de Estados Unidos que se forjó en un antiguo convento franciscano
Independencia de Texas
Una serie de desacuerdos con el gobierno de México desencadenó la guerra de independencia de Texas, entonces un estado de ese país saturado de migrantes estadounidenses. La batalla de El Álamo fortaleció la causa secesionista

'La caída de El Álamo', por Robert Jenkins Onderdonk
Todas las naciones necesitan sus mitos militares. Las grandes batallas que forjaron su independencia o las heroicas resistencias que acabaron incluso en el exterminio total de los defensores son las que mejor nutren, convenientemente exageradas, la galería de glorias patrias.
Estados Unidos no podía ser menos, y construyó el mito de El Álamo, al que ha dedicado un buen número de libros y películas. Desde luego, es uno de los episodios militares más difíciles de abordar objetivamente. Porque aún hoy, los autores de las investigaciones históricas sobre este episodio no se ponen de acuerdo. Los mexicanos lo siguen viendo en su mayoría como signo de expolio y humillación. Los estadounidenses, como símbolo de libertad.
Estalla la guerra
La guerra entre México y los secesionistas tejanos comienza en 1835. El problema de fondo: México se niega a vender Texas a Estados Unidos y rescinde los privilegios fiscales de los migrantes estadounidenses, que superan aplastantemente en número a los mexicanos. También prohíbe el tráfico de esclavos, principal mano de obra de las plantaciones, lo que acrecienta el malestar entre los colonos.
La chispa que detona el conflicto es una tentativa del ejército mexicano, en función del decreto de desarme de las milicias locales, de recuperar un cañón que había donado al pueblo de González. Los tejanos, unos ciento cuarenta, se niegan, por lo que el centenar de dragones que el general Santa Anna había enviado, ante la superioridad de los adversarios, opta por retirarse sin combatir.
Los entusiasmados rebeldes avanzan entonces hasta cercar la capital tejana, San Antonio Béjar. Tras un sitio de casi dos meses logran tomarla y capturan al jefe de la guarnición mexicana, que era cuñado de Santa Anna.
Mientras tanto, se reúne una primera convención tejana con representantes de todos los municipios. El documento, redactado en correcto castellano, no rompe oficialmente con México, pero declara enemigo a Santa Anna, la nueva Constitución y sus edictos y llama a las armas contra la opresión. Lo firman 57 delegados, de los cuales solo uno, Lorenzo de Zavala, tiene apellido hispano.

En esta asamblea también se nombra jefe de las fuerzas militares de los rebeldes a Samuel Houston, exgeneral de las milicias de Tennessee, antiguo gobernador de ese estado y amigo personal del presidente norteamericano, que había llegado a Texas tan solo tres años antes.
Esclavistas y terratenientes
Casi todos los líderes independentistas eran norteamericanos originarios, en su mayoría, de estados esclavistas como Tennessee, Virginia o las Carolinas, y habían acudido a Texas con sus esclavos ante las buenas expectativas de cultivo de algodón que se daban en la región.
También había entre ellos tejanos mexicanos propietarios de terrenos, aunque en muy poca proporción, que veían en la independencia unas claras posibilidades de mejora económica para sus haciendas. De ellos, el más famoso era el citado Zavala, antiguo diputado a Cortes en España por Yucatán y exministro de Hacienda de México.
Paralelamente, los independentistas constituyen un gobierno provisional. El gobierno debía reorganizar las milicias para convertirlas en un ejército y redactar un proyecto de Constitución que estuviese a punto en el momento en que se produjese la declaración de independencia.
Mientras tanto, Stephen Austin acudió a Washington y Nueva York para recabar ayuda económica y suministros, lo que logró con suma facilidad. Pero estaba claro que el general Santa Anna, como con el resto de rebeliones, no estaba dispuesto a ceder. Así que, a finales de año, encabezó personalmente una fuerza de casi seis mil hombres destinada a recuperar el control sobre la rebelde Texas.

Dada la situación de bancarrota de México, para reclutarlos tuvo que pedir un crédito de 60.000 pesos a un interés del 2,5 % mensual. Pudo pagarles, pero la calidad militar de aquellos soldados dejaba mucho que desear. Eran inexpertos, poco motivados, mal instruidos y, por tanto, poco resistentes a la larga marcha que les esperaba, de más de 1.500 kilómetros.
Quizá por eso, para animarles, les acompañaba una banda de música de más de cien hombres que no dejaba de tocar, así como decenas de sacerdotes. En cambio, apenas había médicos en sus filas, casi ninguna medicina y muy pocos alimentos, lo que les obligaba a mantenerse en gran parte sobre el terreno.
El fuerte sitiado
El ejército mexicano se dividió en tres columnas y avanzó por diferentes rutas, una por la costa y las otras dos por el interior. El objetivo principal fue la capital, San Antonio, cuyo centro defensivo era el fuerte de El Álamo.
Era este un antiguo convento franciscano levantado a principios del siglo XVIII, que menos de cien años después se había convertido en fortificación. Sus muros eran sólidos, lo que, junto a los veinte cañones de los que disponía, arrebatados a los mexicanos, permitía una defensa consistente.
Aun así, sus defensores eran escasos, porque las fuerzas tejanas se habían dispersado. Unos habían vuelto a casa pensando que el conflicto ya había concluido con la victoria, y otros se habían desplazado a otros puntos para asegurar el control militar del extenso territorio. El número de defensores de la fortaleza oscilaba entre los 184 y los 250 hombres, según las fuentes.
El más famoso de ellos fue el mítico trampero y explorador David Crocket, antiguo combatiente contra los indios creek, excongresista de EE. UU. Que, al fracasar en la reelección, decidió hacer fortuna en Texas.

El sitio comenzó a cargo de unos mil doscientos soldados bajo el mando personal de Santa Anna. Las propuestas de rendición se rechazaron, confiando en la llegada de refuerzos que Houston había prometido, por lo que pronto comenzaron los bombardeos artilleros, sobre todo, por la noche.
Para minar la moral de los defensores, los sitiadores tocaban con sus cornetas “a degüello”, toque heredado del ejército español que dejaba claro que a los encerrados solo les esperaba la muerte si no se rendían. Pasados unos diez días, los mexicanos atacaron a la vez desde todos los puntos, logrando penetrar por el muro norte. Los sitiados fueron abandonando poco a poco todas las dependencias hasta replegarse en la capilla, pero, superados en número, tras un combate de unos noventa minutos la resistencia acabó.
Solo salvaron la vida dos o tres esclavos, mientras que los pocos prisioneros capturados fueron fusilados por orden de Santa Anna, a pesar de los ruegos de sus oficiales para que les perdonase la vida. David Crocket fue uno de ellos. Aunque la leyenda habla de él luchando hasta el final, blandiendo su mosquete tras quedarse sin municiones, la verdad es que fue uno de los pocos supervivientes que se rindió. Trató de convencer a Santa Anna de que no tenía nada que ver con la rebelión tejana, pero sin éxito, porque fue fusilado poco después.
De entre los muertos, solo 32 no eran anglosajones. Los atacantes, por su parte, únicamente sufrieron unos setenta muertos y alrededor de doscientos cincuenta heridos, según las últimas y más objetivas investigaciones. La propaganda norteamericana de aquellos años, e incluso la actual, exageró la resistencia, elevando a varios miles de hombres las fuerzas de Santa Anna y a cientos los muertos que sufrieron.
Un encontronazo tras otro
Tras la victoria mexicana en El Álamo, las operaciones militares prosiguieron. Uno de los generales de Santa Anna, José Urrea, marchó con sus hombres por la costa remontando el golfo de México. Su objetivo era impedir que el enemigo recibiese refuerzos por aquella vía y facilitar la llegada de suministros de sus fuerzas.
Urrea chocó con varios cientos de milicianos enemigos, a los que venció en la batalla de Goliad, masacrando a cuantos cayeron en sus manos, unos cuatrocientos hombres. Mientras tanto, Santa Anna marchó con sus fuerzas hacia Galvestone, donde estaba ubicado el gobierno provisional, pensando que si lo capturaba la guerra se terminaría.

En su avance, viendo a todos los tejanos como enemigos, las fuerzas mexicanas actuaron con enorme dureza. No dudaron en quemar plantaciones, destruir pueblos y matar ganado, lo que les volvió aún más odiosos a ojos de los colonos.
Houston, comprendiendo lo difícil que era vencer a los mexicanos en una batalla convencional, decidió retroceder hacia la frontera norteamericana con sus hombres. Su intención era conseguir que Santa Anna le persiguiese, fatigar al ejército mexicano y alejarle todo lo posible de sus bases de suministros. La estrategia le dio resultado.
Los mexicanos, lejos de sus líneas de abastecimiento, se vieron obligados a racionar drásticamente los alimentos, lo que debilitó su moral. El frío y la lluvia, que dificultaba la marcha por los caminos, fueron propicios a las intenciones de los tejanos.
Tratado de Velasco
Por fin, ambos ejércitos se encontraron y se prepararon para el combate. Los hombres de Santa Anna doblaban en número a los insurgentes, unos ochocientos, por lo que confiadamente el general mexicano ordenó que descansasen.
Houston vio que su oportunidad era atacar por sorpresa, y así, unas fuentes dicen que de madrugada y otras que a la hora de la siesta, mientras los mexicanos dormían sin apenas precauciones, los tejanos se lanzaron al ataque. Lo hicieron al grito de “¡Recordad El Álamo!” Para infundirse ánimos de combatividad y venganza. Desde entonces, ese grito se convirtió en uno de los más famosos del ejército norteamericano a la hora de avanzar.
La acción resultó un éxito completo. En menos de veinte minutos los mexicanos se desbandaron, dejando más de quinientos muertos y heridos en el campamento. Había sido la batalla del río San Jacinto. El propio Santa Anna, a pesar de tratar de huir disfrazado de colono, cayó preso y fue llevado ante Houston, que le amenazó de muerte si no retiraba su ejército de Texas.
Así lo hizo, ignorando las protestas de muchos de sus subordinados. Poco después firmó el Tratado de Velasco, por el que reconocía la independencia del nuevo estado, y después fue enviado a Washington para que ratificase el acuerdo con el presidente norteamericano Andrew Jackson. Una vez formalizada la entrega del territorio a sus habitantes, Santa Anna fue devuelto a México, donde prosiguió su agitada vida política. Houston, por su parte, recibió la jefatura del estado independiente de Texas.



