La guerra fría y el origen de las bases militares de EE. UU. En España
Estrategia de defensa
El gobierno de Pedro Sánchez ha vetado el uso de unas bases militares en las que los estadounidenses tuvieron inicialmente total autoridad
Trump dice que cortará “todo el comercio” con España por su negativa a usar las bases de Rota y Morón

Llegada a Barajas del presidente estadounidense Dwight D. Eisenhower, donde es recibido al pie del avión por Franco
Donald Trump acaba de anunciar que pretende poner fin a las relaciones con España. Dice que somos un aliado “terrible”. En su manifestación pesa el rechazo de Madrid la utilización de las bases estadounidenses en suelo español en la ofensiva de Washington contra Irán. ¿Cómo se implantaron esas bases militares? Nuestro país se situó en la órbita de Estados Unidos en los años cincuenta del siglo pasado, en plena guerra fría. Contra todo pronóstico, una democracia como la norteamericana bendijo a un autócrata como Francisco Franco.
Tras la Segunda Guerra Mundial, España se encontraba aislada. Era un paria en la comunidad internacional. Sin embargo, no tardó en encontrar un balón de oxígeno que le permitió fortalecerse. En la guerra fría, lo que contaba para Washington era el anticomunismo del dictador español. Los estrategas de la Casa Blanca, además, estaban interesados en obtener la cesión de algunos territorios de la península donde instalar bases militares.
Esta política hay que compararla con otras decisiones tomadas en el marco general del antagonismo con la Unión Soviética, como el acercamiento a la República Federal Alemana. Aunque los norteamericanos podían recelar de los germanos, con el nazismo aún tan vivo en la memoria colectiva, enseguida propugnaron el rearme de sus antiguos enemigos, y sus socios británicos hicieron lo mismo. Necesitaban la alianza de los europeos para oponerse a los soviéticos.
En este ambiente marcado por la pasión anticomunista, la ONU dio marcha atrás y en 1950 dejó de oponerse al envío de embajadores a Madrid. Un año después, el de Estados Unidos presentaba sus credenciales ante Franco. Las instituciones internacionales comenzaban a abrir sus puertas a España, para escándalo de los partidarios de la causa republicana.
El estallido de la guerra de Corea resultó fundamental para que se produjera un cambio de actitud respecto al régimen
El estallido de la guerra de Corea, en tanto que cruzada anticomunista, resultó fundamental para que se produjera un cambio de actitud respecto al régimen. Así, en la Cuba precastrista, se dio la circunstancia de que, en tan solo dos años, los representantes españoles pasaran de abucheados a aclamados. Un diplomático hispano, el escritor Agustín de Foxá, se refirió con ironía a este cambio. A su juicio, el gobierno de Franco debía alzar una estatua a “ese bandito paralelo 38 de Corea”. Era aquella remota contienda, y no tanto la política propia, lo que había convertido al régimen en un interlocutor tolerable en la esfera internacional.
En 1953, Madrid y Washington llegaron a un acuerdo. La llegada de un nuevo inquilino a la Casa Blanca, el general Eisenhower, facilitó las cosas, puesto que no era tan antifranquista como su antecesor, el demócrata Harry Truman. A partir de ese momento, los norteamericanos contaron con bases navales y aéreas en la península. La de Rota fue la más importante, ya que servía para dar apoyo logístico a los submarinos atómicos.

En caso de emergencia bélica, Estados Unidos podría tomar decisiones de carácter unilateral. Así lo establecía un protocolo, en vigor hasta 1970, por el que la superpotencia utilizaría las instalaciones militares como estimara oportuno si se producía una “evidente agresión comunista que amenace la seguridad de Occidente”. El régimen franquista mantuvo en secreto esta parte del acuerdo: no quedaba bien que un gobierno supuestamente nacionalista aceptara semejante recorte en la soberanía del país.
A cambio de sus concesiones, España obtenía apoyo político, económico y militar. Salía de su aislamiento internacional, ciertamente, pero no dejaba de ser una especie de “socio” de segundo orden. Estados Unidos no otorgaba el mismo trato a las democracias europeas, como muy bien observaron los jerarcas franquistas.
La ayuda norteamericana fue para la España de Franco “como una inesperada lluvia para una tierra reseca”
En el aspecto económico, la ayuda norteamericana fue “como una inesperada lluvia para una tierra reseca”, según calificó el historiador Javier Tusell. Hubo una aportación de liquidez, aunque en modo alguno resultara comparable al dinero que recibieron las democracias europeas a través del Plan Marshall. Se recibió una cantidad de millones equivalente al mismo porcentaje del PIB, el 1 %, espaciada a lo largo de trece años. Los demás países, en cambio, vieron concentrados sus fondos en solo cuatro. Aun así, España obtuvo ochocientos millones de dólares entre 1951 y 1958. Trescientos eran a crédito, si bien en condiciones muy ventajosas. Washington entregó el resto a fondo perdido.
En términos militares, las fuerzas armadas pudieron modernizarse, de manera muy relativa, gracias a material de segunda mano. Estados Unidos entregaba armas de calidad deficiente, los desechos de su propio ejército, pero además imponía limitaciones para su utilización. No se podrían emplear contra Marruecos, puesto que este país era un aliado de los norteamericanos.

En el terreno cultural, los nuevos vínculos con la superpotencia occidental ejercieron una influencia considerable, y no solo porque inspiraran a Luis García Berlanga una película irreverente, la legendaria Bienvenido, míster Marshall. En televisión, las series y las películas americanas alcanzaban un éxito formidable. Los niños y los adolescentes, en los quioscos, disfrutaban de personajes como Superman, un superhéroe que inspiraba recelos a la Iglesia porque, con sus inmensos poderes, parecía un rival de Dios. Las clases burguesas, mientras tanto, empezaron a consumir revistas americanas como Life o The Reader’s Digest. El consumo también se vio afectado, con la aparición de los primeros supermercados o de productos como la Coca-Cola. Estados Unidos constituía un faro que inspiraba admiración.
Lo más importante, con todo, fue el aire de respetabilidad que se granjeó el régimen en la escena internacional. Había dejado de ser un paria y se vería reconocido con la visita, en 1959, del propio Eisenhower. No es de extrañar, por ello, que en la oposición democrática se exacerbaran los sentimientos antiamericanos.
