Irán entra en su tercera semana de protestas pendiente del posible ataque por parte de Estados Unidos, quien valora bombardear objetivos del régimen iraní si reprimen las manifestaciones con violencia. Mientras Donald Trump valora si abrir fuego contra los persas, Teherán confirmó el lunes que mantiene los canales de comunicación abiertos con la Casa Blanca.
En ese sentido, el presidente estadounidense corroboró que el gobierno persa había llamado para negociar sobre su controvertido programa nuclear. “Irán quiere negociar, sí. Podríamos reunirnos con ellos. Se está organizando una reunión, pero puede que tengamos que actuar por lo que está ocurriendo antes de la reunión”, dijo a los periodistas a bordo del Air Force One.
Las principales plantas de enriquecimiento de uranio de Irán ya sufrieron un duro ataque aéreo de EE.UU. El pasado junio, durante la guerra con Israel. Los expertos aseguran que la ofensiva mermó de forma sustancial el programa nuclear iraní.
El régimen ha cortado el acceso a internet, lo que dificulta la verificación del número de víctimas y detenidos durante los altercados. Sin embargo, imágenes verificadas por Reuters muestran decenas de cadáveres en bolsas acumulándose en el exterior del Centro Forense de Kahrizak, en Teherán.
El Gobierno no ha publicado un balance oficial de muertos y atribuye la violencia a la injerencia de Estados Unidos y a grupos que define como terroristas respaldados por Israel y Washington. En esa línea, el Ministerio de Inteligencia anunció la detención de supuestas células responsables de asesinatos de voluntarios paramilitares, incendios de mezquitas y ataques contra instalaciones militares.
Las autoridades persas aseguran estar dispuestas al diálogo con Washington, aunque acusan a Estados Unidos de enviar “mensajes contradictorios” que ponen en duda su seriedad. En una entrevista a la cadena catarí Al Jazeera, el ministro de Exteriores iraní, Abás Araqchi, justificó que las protestas en todo el país se han “vuelto violentas y sangrientas para dar una excusa” a Trump para intervenir militarmente en Irán. Acusó a “terroristas” de atacar a manifestantes y fuerzas de seguridad para forzar una intervención extranjera, alentados —dijo— por los mensajes de la Casa Blanca.
Araqchi aseguró ante diplomáticos en Teherán que, tras el repunte de violencia del fin de semana, la situación está “bajo control total”. Reiteró que Irán está preparado tanto para la guerra como para el diálogo. Por su parte, el presidente del Parlamento, Mohammad Baqer Qalibaf, calificó la respuesta del Gobierno como una “guerra contra el terrorismo” durante su intervención ante la multitud en Teherán. Irán libra una “guerra en cuatro frentes”, afirmó: guerra económica, guerra psicológica, “guerra militar” contra Estados Unidos e Israel y, “hoy, una guerra contra el terrorismo”.
Las protestas, inicialmente motivadas por una profunda crisis económica, han derivado en un desafío directo al sistema clerical, en un momento en que la influencia regional de Teherán está claramente debilitada. El movimiento popular se ha convertido en uno de los mayores retos para el Gobierno surgido tras la Revolución islámica que puso en el poder a los ayatolás en 1979.
Según informó la agencia iraní Fars, la noche del domingo se registraron protestas de carácter limitado en varios puntos del país. En Teherán se produjeron “disturbios” en los barrios de Navvab y Saadat Abad, mientras que episodios similares tuvieron lugar en Junqan y Hafshejan, en la provincia de Chaharmahal y Bakhtiari, así como en Taybad, en Mashhad. De acuerdo con el medio, todas estas concentraciones fueron disueltas por las fuerzas de seguridad y el resto de ciudades y regiones permanecieron en general en calma durante la noche.
Al día siguiente, medios iraníes afines al régimen difundieron imágenes de manifestaciones progubernamentales en distintas ciudades, entre ellas una multitudinaria concentración en Teherán que reunió a miles de personas. Las agencias estatales mostraron al presidente iraní, Masoud Pezeshkian, participando en la marcha de la capital, donde se le vio saludando a ciudadanos que ondeaban banderas mientras avanzaba entre la multitud.
Vuelta a casa en Alepo
Cientos de desplazados comenzaron a regresar este lunes a varios barrios del norte de Alepo tras días de combates intensos entre las fuerzas gubernamentales sirias y combatientes kurdos. Los enfrentamientos, que estallaron el 6 de enero en los barrios de mayoría kurda de Achrafieh, Sheikh Maqsoud y Bani Zeid, dejaron al menos 23 muertos y obligaron a decenas de miles de personas a huir de sus hogares. La violencia se produjo después de que fracasaran las negociaciones para aplicar un acuerdo que preveía la integración de las Fuerzas Democráticas Sirias (SDF), la principal alianza armada kurda del país, en el Ejército nacional. Tras varios días de combates, las fuerzas de seguridad retomaron el control de los tres barrios. El lunes, la normalidad comenzaba a abrirse paso en Achrafieh: el tráfico circulaba con relativa fluidez, los comercios reabrieron parcialmente y autobuses escoltados por fuerzas armadas trasladaron a familias desplazadas de regreso a sus casas, aunque muchos vecinos denunciaron cortes prolongados de electricidad. Según las autoridades, unas 700 familias regresaron en una decena de autobuses desde Afrin, adonde habían huido la mayoría de los cerca de 148.000 desplazados. Mientras tanto, en Sheikh Maqsoud, equipos especializados rastreaban la zona para desactivar explosivos sin detonar, retirar vehículos destruidos y revisar túneles presuntamente utilizados por los combatientes. Varios residentes expresaron alivio por el fin de los combates, subrayando que las tensiones no se daban entre civiles árabes y kurdos, sino entre actores armados. Pese al retorno gradual de la población, la situación sigue siendo frágil. El Ejército sirio ha enviado refuerzos al este de Alepo ante denuncias de movimientos de las SDF, que han negado cualquier despliegue y acusado a Damasco de intentar crear un pretexto para una nueva escalada. Las hostilidades de la semana pasada han sido las más graves desde la caída de Bashar el Asad tras la ofensiva rebelde de diciembre de 2024, y han vuelto a poner de relieve la volatilidad del equilibrio de fuerzas en el norte de Siria.


