Thule, una pesadilla groenlandesa
Guerra fría en el Ártico
En la base estadounidense se estrelló en 1968 un avión con cuatro bombas nucleares

Un cartel ante la base espacial de Pituffik, antes Thule, la única que Estados Unidos mantiene operativa en Groenlandia

Vittus Henson acababa de cazar un reno y vio una bola de fuego en el horizonte. Se había estrellado un B-52 Stratofortress que llevaba cuatro bombas nucleares a bordo. Era el 21 de enero de 1968. Seis miembros de la tripulación lograron saltar del avión y salvarse. Uno murió.
Aquel accidente, muy cerca de la base de Thule (hoy Pituffik), no se ha olvidado en Groenlandia, sobre todo por la población inuit (esquimal) local, y es probablemente una de las razones por las que existe una oposición tan frontal a los planes anexionistas de Donald Trump. La cadena estatal francesa France 5 ha emitido un magnífico reportaje, bajo el provocador título de Groenlandia, anexióname si puedes , sobre aquel casi olvidado episodio de la guerra fría y su contexto histórico.
Camp Century, una faraónica instalación para guardar ojivas atómicas bajo el hielo, hubo de abandonarse
Henson y una decena de cazadores inuit, entre ellos su hermano Avataq, aceptaron ayudar a los militares estadounidenses a llegar al lugar del siniestro y recoger los restos. Solo ellos podían hacerlo, con sus trineos tirados por perros. A Henson le extrañó que les pidieran sacarse sus abrigos de piel de foca y de caribú, que echaron a un contenedor, y les dieran otra ropa del ejército. También sospechó de los aparatos (medidores de radiación) que les acercaron y que emitían un ruido muy agudo. Años después, según Henson, casi todos los que participaron en el rescate murieron de diversos tipos de cáncer, también su hermano, víctima de un linfoma.

Las bombas nucleares del B-52, cada una 80 veces más potente que la de Hiroshima –según el historiador Ronald Doel–, no explotaron, pero sí esparcieron material radiactivo. Tres fueron localizadas. Una, no. El escándalo fue mayor todavía al saberse que Dinamarca, en aquella época, prohibía las armas nucleares en su territorio. Con el aliado norteamericano, sin embargo, cerraba los ojos y lo toleraba.
La base de Thule se remonta a 1941, durante la Segunda Guerra Mundial, con diversas ampliaciones a partir del acuerdo con Dinamarca de 1951. Fue una obra colosal, muy compleja, debido a las condiciones climáticas. La existencia de la instalación fue un secreto durante un tiempo. Casi todo el material se trajo en barcos desde Norfolk (Virginia). El emplazamiento era vital para hacer frente a la Unión Soviética. Thule se halla a medio camino entre Washington y Moscú por la ruta polar, la más corta. Era –y es– un puesto de observación privilegiado y de defensa, pues está justo en la trayectoria de misiles o de bombarderos estratégicos.
En el programa de France 5, Vittus Qujaukitsoq, exministro groenlandés de diversas carteras, recordó con amargura que, en 1953, su padre, que tenía cinco años, y su familia debieron abandonar sus tierras ancestrales de caza de morsas y narvales por culpa de una ampliación de la base. De un día para otro debieron instalarse 150 kilómetros más al norte. Igual que otros pueblos autóctonos, el cambio a una vida sedentaria resultó traumático.
Unos años antes del accidente del bombardero, Estados Unidos había iniciado, al norte de Thule, otro proyecto, denominado Camp Century, que en teoría era un experimento de energía nuclear en condiciones árticas.
Una película de propaganda del Pentágono, de 1964, aseguraba que “Camp Century es un símbolo de la lucha incesante del hombre por conquistar el medio ambiente”. En realidad, Washington pretendía almacenar allí al menos 2.500 ojivas nucleares, una reserva estratégica secreta e inexpugnable. Para ello se cavaron varios kilómetros de túneles bajo el hielo, con raíles para transportar el material, unos trabajos faraónicos que eran vistos con escepticismo por los locales. Cualquier cazador inuit sabía que el hielo se mueve, que no es una masa estable, y que había, por tanto, un riesgo de derrumbe.
En efecto, los estadounidenses se rindieron a la evidencia y renunciaron a la iniciativa pocos años después, aunque dejando atrás –y hoy sepultadas bajo capas de hielo– muchas toneladas de material radiactivo, productos químicos y otros deshechos. Nunca se excusaron.
Cuando se está hablando ahora de negociar una mayor presencia estadounidense en Groenlandia para saciar el apetito expansionista de Trump, la población de la isla hace memoria de ese pasado doloroso, bien visible todavía en las numerosas ruinas en todo el territorio, reliquias de la guerra fría que dejó un aliado tan necesario como incómodo. Entre ellas hay antiguos puestos de observación, estaciones meteorológicas y hasta enteros aeropuertos militares en desuso, con carcasas oxidadas de aviones en las pistas. Es dudoso que a Trump le hayan contado toda la historia de lo que él define como “bonito trozo de hielo”.