El súbito fin del Kurdistán sirio
Oriente Medio
El nuevo gobierno sirio se hace con el control del noroeste de Siria, donde se encuentran los recursos naturales y las prisiones del ISIS

Jóvenes locales destrozan una bandera de las FDS tras la toma de la ciudad por el ejército sirio en Tabqa, este de Siria

En cuestión de días, el Ejército sirio ha puesto fin a una década de autogobierno kurdo en el noreste del país. Las fuerzas de Damasco avanzaron con rapidez sobre amplias franjas de territorio controladas por las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), la coalición armada liderada por los kurdos que había administrado de facto la región desde el apogeo de la guerra contra el Estado Islámico.
Ciudades, infraestructuras estratégicas y pasos fronterizos cayeron uno tras otro sin apenas resistencia organizada, en un giro que marca el final del llamado Kurdistán sirio tal y como se había conocido hasta ahora.
La ofensiva relámpago se produjo tras meses de presión política y militar, pero sorprendió por su velocidad. En apenas dos semanas, Damasco recuperó enclaves importantes del norte y el este del país, incluidas zonas ricas en petróleo, presas hidroeléctricas y centros de detención.
Las FDS, debilitadas y conscientes de la nueva correlación de fuerzas, aceptaron retirarse bajo un alto el fuego negociado a contrarreloj, entregando prisiones y edificios administrativos al Estado sirio.
Detrás de esta rápida reconfiguración del mapa está un cambio profundo de alianzas internacionales. Durante años, las milicias kurdas fueron el principal socio de Estados Unidos en la lucha contra el ISIS. Ese vínculo, descrito por Washington como táctico y temporal, se ha dado ahora por concluido.
Washington traslada a cientos de presos del EI desde Siria a Irak ante el riesgo de fuga
El presidente estadounidense, Donald Trump, señaló esta semana que las FDS ya no son un socio imprescindible. Su confianza ha pasado al gobierno sirio, a pesar de estar liderado por antiguos integrantes de la Organización por la Liberación del Levante (HTS, en árabe), una escisión de Al Nusra, la rama siria de Al Qaeda.
Una de las principales preocupaciones ahora es el futuro de las cárceles que albergan a miles de combatientes del Estado Islámico y a sus familiares. El control de centros como la prisión de Al Aqtan, en Raqqa, ha pasado a manos del gobierno sirio tras la retirada kurda.
Paralelamente, el Ejército estadounidense ha comenzado a trasladar a centenares de presos del ISIS desde el noreste de Siria a Irak, con la previsión de mover hasta 7.000 detenidos. Washington justifica la operación por el riesgo de fugas en un contexto de transición y por la necesidad de garantizar la seguridad regional.
Algo similar ocurre con el campo de Al Hol, donde viven en terribles condiciones decenas de miles de personas vinculadas al Estado Islámico, en su mayoría mujeres y niños. El campamento, un remanente de la guerra contra el yihadismo, ha quedado también bajo control de Damasco.
Las autoridades sirias aseguran estar revisando los expedientes y reforzando la seguridad, mientras organizaciones humanitarias alertan de la fragilidad extrema de la población civil y de la posibilidad de nuevos episodios de violencia si no se gestiona con cuidado la transición.
El colapso del experimento kurdo en Siria tiene implicaciones que van más allá de sus fronteras. En Turquía, donde el Estado combate desde hace décadas a la insurgencia del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), el fin de la autonomía kurda siria es visto como una victoria estratégica.
Ankara siempre consideró a las milicias sirias una extensión del PKK y ha presionado para impedir cualquier entidad kurda fuerte en su frontera sur. En Irak, por el contrario, el Kurdistán autónomo observa con inquietud el desenlace sirio, consciente de que el retroceso de sus homólogos puede alterar equilibrios regionales y reforzar a los gobiernos centrales.
Mientras tanto, el alto el fuego acordado entre el gobierno y las FDS, inicialmente limitado a cuatro días, pende de un hilo. El pacto prevé la integración de las fuerzas kurdas en el Ejército sirio y el desmantelamiento de las estructuras autónomas que habían funcionado durante años en el noreste. Aunque ambas partes aseguran que quieren evitar un conflicto directo, las desconfianzas son profundas.
El gobierno de Al Sharaa ha prometido el reconocimiento de los derechos de los kurdos, así como de su idioma y de sus tradiciones. Sin embargo, las matanzas de otras minorías como los drusos o los alauitas generan desconfianza entre los kurdos, que pasarán a integrarse en el país, de mayoría suní.

