Internacional
Jordi Armadans

Jordi Armadans

Politólogo, periodista, analista de paz, conflictos y desarme

Desarme en la convulsión

TRIBUNA

Asistimos a una implosión aceleradísima del sistema internacional que regía el mundo. Y cunde una sensación de abismo ante el empuje imperialista de Trump (que refuerza el de Putin y alienta el de Xi Jinping), el menosprecio a la gobernanza y la justicia internacionales y el enorme desconcierto –y la falta de compromiso– de Europa.

Una fábrica de tanques en Alemania 
Una fábrica de tanques en Alemania Reuters

Sin embargo, como recordó el primer ministro canadiense Mark Carney en Davos, no solo cabe resignarse o sucumbir. Existe la opción de ser realísticamente proactivo en la defensa de la democracia y la justicia globales.

La sociedad civil impulsa un mundo con muchas menos armas

Para empezar, deberíamos recordar que más allá del descaro de Trump, las ansias imperiales de EE.UU. Y las principales potencias ya existían y, con sus dobles raseros e incoherencias, habían agujereado la solidez del orden global. Y, a pesar de todo, el mundo ha sido capaz de avanzar.

Un buen ejemplo de ello, del que podemos sacar lecciones interesantes para iluminar el presente y el futuro, es analizar el ciclo del desarme humanitario acontecido en los últimos 30 años, con la consecución de los tratados de prohibición de minas, bombas de racimo y armas nucleares y de control del comercio de armas.

Todos estos logros han sido posibles pese a las reticencias y resistencias de las superpotencias. Estados Unidos, Rusia y China hicieron todo lo posible para que no llegaran a buen puerto: vetaron su avance en el marco de las Naciones Unidas, en el caso de minas y bombas de racimo, intentaron impedir el acuerdo final en el caso del tratado de comercio de armas y boicotearon activamente, especialmente Estados Unidos –con la ayuda de la OTAN–, el nacimiento del tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares (TPAN), que, por cierto, este enero cumple cinco años de su entrada en vigor.

Aun así, una coalición variable de países europeos, latinoamericanos, africanos y asiáticos hizo posible que se aprobaran todos estos tratados. Algunos países, sin ser potencias, tiraron del carro, como Canadá, Irlanda, México o Noruega, entre otros. Es reconfortante ver que, hoy, algunos de ellos vuelven a activarse.

En todos estos procesos diplomáticos, el impulso surgió de la sociedad civil organizada y nos recuerda que la implicación de la ciudadanía puede ser motor de cambio. Es evidente: sin las campañas de las minas (ICBL), bombas de racimo (CMC), armas nucleares (ICAN) y comercio de armas (Control Arms) hoy no existirían dichos tratados.

Pero en todos estos casos, existió una cierta alianza estratégica, no exenta de diferencias y dificultades, entre la sociedad civil y algunos países que hicieron de tractor del proceso diplomático. Que la sociedad civil organizada y países que realmente quieran avanzar en la senda de la construcción de la paz, los derechos humanos y el freno a la emergencia climática se reconozcan y sean capaces de andar algunos tramos del camino juntos es otra experiencia que ese ciclo de desarme nos lanza.

Frente a guerras, genocidios, barbaridades y atropellos a los derechos humanos, la ciudadanía debe reaccionar. Los países que de verdad quieren comprometerse tienen que activarse. Y, ante todo esto, Europa debe decidir si su andamiaje teórico sobre la democracia, el multilateralismo y la paz era simple retórica o realmente se lo cree. Y si es así, implicarse a fondo.

Cada día vemos cosas terribles e inquietantes. Pero la resignación no debería ser una opción. Especialmente, si recordamos lo que, pese a enormes dificultades, hemos sido capaces de construir.

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