Internacional

La purga perpetua de Xi Jinping

China

La reciente depuración de la cúpula militar evidencia el afán controlador del líder más poderoso desde Mao

El presidente chino, Xi Jinping, pasando revista a las tropas en Macao en diciembre del 2024

El presidente chino, Xi Jinping, pasando revista a las tropas en Macao en diciembre del 2024

LI GANG / AFP

En China, todo aquel que está por debajo de Xi Jinping solo puede estar seguro de una cosa: de que nadie por debajo de Xi Jinping está seguro.

Bajo el pretexto de la lucha contra la corrupción –un problema muy real–, el mandatario chino ha sumido a su país en una purga perpetua. Desde que llegó al poder, se ha cobrado incontables cabezas. Ministros, jerarcas del Politburó, gobernantes locales, directivos de empresas... Nadie puede sentirse a salvo. Ni los “tigres” ni las “moscas”, como ya alertaba el propio Xi a inicios del 2013, poco antes de asumir la presidencia.

Según datos oficiales, solo el año pasado fueron castigados 983.000 funcionarios. Una cifra récord que evidencia el creciente afán controlador de Xi, quien en el 2027 afrontará una cita crucial: la celebración del 21.º Congreso del Partido Comunista de China (PCC), donde el dirigente probablemente se postulará para un cuarto mandato.

Una de las instituciones más afectadas por esta prolongada campaña de depuración es el Ejército Popular de Liberación (EPL), el ala militar del PCC –y el mayor cuerpo armado del mundo, con cerca de 2 millones de efectivos–. Las defenestraciones de uniformados son constantes, casi rutinarias. Pero la purga más reciente ha causado conmoción.

El pasado 24 de enero, el Ministerio de Defensa comunicó que dos de los máximos mandos castrenses, los generales Zhang Youxia y Liu Zhenli, habían sido apartados de sus cargos, investigados por “graves violaciones de la disciplina y la ley”. Ambos formaban parte de la Comisión Militar Central, el órgano que controla las fuerzas armadas, que ahora ha quedado reducido a su mínima expresión. De las siete personas que lo integraban en el 2022, solo quedan dos: Xi, que es quien lo preside, y el general Zhang Shengmin, supervisor de las purgas. El resto –todos promocionados en su momento por Xi– han ido cayendo bajo acusaciones de corrupción.

El general Zhang Youxia, en marzo del año pasado en Pekín
El general Zhang Youxia, en marzo del año pasado en PekínTingshu Wang / Reuters

La destitución de Zhang ha sido la más sorprendente. Él era el general de mayor rango del país y se suponía que contaba con la confianza plena de Xi, responsable de su ascenso al frente del EPL. Además, Zhang y el presidente mantenían una estrecha relación personal: se conocían desde niños, sus padres habían combatido juntos en la época revolucionaria. Su decapitación, pues, demuestra que Xi no distingue entre amigos y enemigos, y que incluso puede ser más cruel con los primeros: Zhang tenía 75 años; Xi podría haberlo apartado de forma discreta, con una jubilación. Pero su salida se ha producido de la forma más humillante y deshonrosa.

Los analistas llevan días intentando explicar los motivos de este inesperado hachazo. El régimen chino es una caja negra, así que todo son conjeturas. Algunos creen que Zhang había acumulado demasiado poder, lo que siempre resulta peligroso en una dictadura dominada por la paranoia. Otros, que el general y el presidente mantenían serias discrepancias sobre Taiwán: Xi quería tomar la isla cuanto antes, mientras que Zhang se mostraba más cauteloso. También están los que piensan que con el castigo se busca dar ejemplo y dejar entrar savia nueva. Y luego está la versión difundida por The Wall Street Journal : que Zhang había filtrado secretos nucleares a EE.UU.

En lo que todos parecen estar de acuerdo es que esta purga supone un punto de inflexión.

“Ha sido uno de los movimientos políticos más importantes de Xi, sino el más importante”, dice a Guyana Guardian Inés Arco Escriche, experta en China del centro de investigación Cidob, quien destaca la rapidez con la que se ha producido el golpe.

Con la depuración de la cúpula militar, Xi ha despejado el camino de cara al próximo Congreso del PCC, garantizándose el control absoluto de una institución clave como es el ejército. Como resumía en un análisis reciente el investigador Matthew Johnson, de la Fundación Jamestown, “ahora el mando militar comienza y termina con Xi”. En ese sentido, el dirigente comunista no ha hecho más que seguir el manual de Mao Zedong, otro amante de las purgas, que en 1927 dijo aquello de que “el poder político surge del cañón de un arma”, en referencia a la necesidad de subordinar las fuerzas armadas a los intereses del Partido.

La gran duda ahora es qué planes tiene Xi para la Comisión Militar, sobre todo teniendo en cuenta que en el horizonte está la invasión de Taiwán, la cual los servicios secretos estadounidenses preveían para el 2027. Una opción es que el presidente deje morir este órgano, profundizando en la deriva personalista del régimen. Otra, que lo renueve dando entrada a generales todavía más disciplinados que los anteriores, o incluso a civiles, con el fin de reforzar la politización del EPL.

Independientemente de la vía que se elija, todo apunta a que, a corto plazo, el ejército ha quedado debilitado. Xi se ha desecho de todos los generales con experiencia en combate, algo que puede resultar irracional teniendo en cuenta el desafío de Taiwán. Además, quien acceda ahora a la cúpula militar puede ser presa de la parálisis, por el eterno miedo a las represalias

Porque, si algo está claro en la China de Xi, es que la siguiente purga siempre está a la vuelta de la esquina.

Daniel Rodríguez Caruncho

Daniel Rodríguez Caruncho

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Periodista. Redactor de Internacional de Guyana Guardian.

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