Adiós a los “abrazos”: la muerte de ‘El Mencho’ certifica el giro de México en la lucha contra el narco
Golpe al crimen organizado
La presidenta Claudia Sheinbaum se distancia de la estrategia de seguridad trazada por su predecesor, Andrés Manuel López Obrador

Un oficial de la Fiscalía mexicana junto a un bus incendiado en Zapopán, Jalisco, este domingo

Claudia Sheinbaum llegó a la presidencia de México con una pesada losa sobre su espalda: la del desastroso balance en materia de seguridad de su mentor y predecesor en el cargo, Andrés Manuel López Obrador.
El sexenio del dirigente izquierdista (2018-2024) estuvo marcado por un cambio radical en la estrategia del Estado contra el crimen organizado. López Obrador creía que la guerra contra el narco declarada en el 2009 por el conservador Felipe Calderón había sido contraproducente. El enfrentamiento abierto entre el ejército y los cárteles no había servido para resolver el problema más acuciante del país. Todo lo contrario: México se desangraba, con decenas de miles de muertos y desaparecidos cada año; y las bandas criminales eran más poderosas que nunca.
Para López Obrador la solución pasaba por evitar el combate directo. Su lema “abrazos y no balazos” resumía bien esa visión. “Nosotros queremos la paz”, dijo al poco de iniciar su mandato. “Oficialmente, ya no hay guerra”, aseguró.
Plan fallido
López Obrador quiso enterrar la guerra contra el narco, pero su enfoque conciliador trajo una cifra récord de homicidios
El presidente prometió impulsar un proceso de reconciliación nacional que incluyera medidas como legalizar el cultivo de marihuana o la amnistía para presos relacionados con el narco. Había que tender la mano, prevenir antes que castigar.
Una política apaciguadora que llevó a episodios bochornosos, como el llamado Culiacanazo: en el 2019, el Gobierno federal ordenó la liberación del capo Ovidio Guzmán después de que la organización de este, el cartel de Sinaloa, amenazara con sembrar el caos en la ciudad de Culiacán. El Estado, rendido a las exigencias de aquellos a los que debía doblegar.
El enfoque conciliador de López Obrador se reveló tan inefectivo como la guerra contra el narco de Calderón. E incluso más letal: el mandato del dirigente progresista concluyó con la cifra récord de 202.336 homicidios, un 29% más que en el sexenio anterior de Enrique Peña Nieto.
Ante estos resultados, Sheinbaum optó por tomar otro camino. “Pues claro que no se trata de dar abrazos a los delincuentes”, dijo justo antes de llegar al poder, dejando entrever que su estrategia de seguridad iba a ser distinta a la de su mentor.
El giro ya se hizo evidente en sus primeros meses de mandato, cuando se produjeron múltiples incautaciones de droga, detenciones, bombardeos de laboratorios y enfrentamientos armados contra el narco.
Nada nuevo para aquellos familiarizados con el pasado político de Sheinbaum: la presidenta había demostrado su mano dura contra el crimen como jefa de Gobierno de Ciudad de México, entre el 2019 y el 2023, cuando logró reducir un 51% los homicidios dolosos.
El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca obligó a profundizar en ese cambio de estrategia. Ante la amenaza de una intervención militar directa de EE.UU. En territorio mexicano bajo el pretexto de combatir el tráfico de drogas, Sheinbaum apretó el acelerador.
En ese sentido, la muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, alias El Mencho, certifica que México ha entrado en una nueva era en lo que respecta a la lucha contra el crimen organizado. “El primer gran golpe de Sheinbaum”, sintetizaba ayer el periodista Salvador García Soto en las páginas del diario El Universal.
Las consecuencias de la decapitación de uno de los principales cárteles del país todavía son inciertas. Pero lo que parece claro es que, con Sheinbaum, el tiempo de los abrazos quedó atrás.
