
El tornaviaje electoral
Cuadernos del sur
La prospectiva electoral, cuyos augurios equivalen en nuestros tiempos a los pronósticos del sagrado oráculo de Delfos, al que toda la Antigüedad preguntaba por su futuro, funciona igual que los adivinos en las tragedias de Eurípides: en general cuentan mentiras y dicen cosas incomprensibles; de vez en cuando, sobre todo cuando aciertan, relatan algunas verdades.
A seis meses de las elecciones autonómicas en Andalucía, que llegarán tras las batallas de Aragón y Castilla-León, las cábalas de los partidos señalan en una dirección y los discursos de los candidatos, incluso los de la vicepresidenta María Jesús Montero y su guadianesca candidatura, en otra.
Ninguno dice la verdad. Los políticos porque no quieren y las encuestas porque no pueden, dado que —como señaló Goethe— la verdad es semejante a Dios: no se revela de una vez; debemos adivinarla a partir de sus manifestaciones, igual que los marinos usaban el astrolabio para saber la posición de las estrellas, calcular la latitud y medir las distancias oceánicas.

La incógnita de partida del nuevo ciclo electoral meridional es si Moreno Bonilla, que va a concurrir por cuarta vez como candidato a San Telmo, conservará la mayoría obtenida en 2022. El ascenso de Vox puede provocar tanto un retroceso del PP —sería el primero en siete años y significaría un cambio de tendencia— como validar su actual hegemonía. Ambas cosas
Fingir que la mayoría conservadora está en riesgo ante el avance de los ultramontanos es la baza que está jugando el Quirinale para conservar el voto prestado —en parte, progresista— logrado hace cuatro años. El PP controla el lienzo político en Andalucía, pero enuncia lo que le conviene.
Para desentrañar el misterio es más fecundo volver la mirada al pasado porque, aunque las cosas cambian y no existe nada que permanezca estable, el comportamiento electoral de los andaluces responde a patrones y hábitos muy asentados, además de a las sensaciones del momentum.

¿Por qué Moreno Bonilla arrasó en 2022? Hay quien cree que, entre otros factores, porque enfrente no estaba ya el PSOE andaluz, sino sus rescoldos. No es incierto, pero se trata de un argumento excesivamente simple.
La parte no es el todo. Lo que sucedió en 2022 en el Sur de España fue la suma de la concentración del voto conservador, la desmovilización de las izquierdas y la percepción social de que, en comparación con la política estatal, el cambio en Andalucía (en realidad una representación escénica por la vía de la sustitución sin reforma) no había sido un hecho traumático.
Esta impresión se tradujo en un trasvase de una parte de los votos de la izquierda moderada —entre un 10 y un 14%— en beneficio del PP, y en un nítido estancamiento de Vox. Los nuevos partidos —Podemos y Cs— fueron fagocitados. Se regresó al bipartidismo, pero con otra jerarquía distinta.

El PP se convirtió en el nuevo PSOE andaluz, en especial en relación a asuntos políticos como Catalunya y la asimetría territorial/fiscal. Los socialistas pasaron a ocupar el tradicional espacio de la derecha en el Sur desde comienzos de la autonomía: una oposición ruidosa pero irrelevante.
Mientras mejor era la percepción social de la política andaluza, siquiera por el factor novedad, más crecía el suelo electoral del PP, convertido en Andalucía en una marca política transversal donde caben el liberalismo, el andalucismo y el conservadurismo; con un líder reconocible, poco amigo de los cambios y con un perfil claramente continuista. La vía andaluza.
Parte de los votantes de izquierdas tenían entonces motivos suficientes para preferir a Moreno, siquiera como mal menor. Primero por la posibilidad de que la influencia de Vox pudiera traducirse en su acceso al Palacio de San Telmo. Y, segundo, por la desconfianza social que las alianzas del gobierno de Pedro Sánchez con los independentistas provocan en Andalucía.
El secreto del éxito de Moreno Bonilla —lo hemos escrito muchas veces en estos Cuadernos del Sur— consiste, por tanto, en no hacer mudanza incluso en tiempos sin tribulación. En junio de 2022 el viento sopló a su favor.
El vuelco conservador de 2018 alcanzó así su consolidación. Seis de cada diez andaluces votaron hace cuatro años a las derechas. El hundimiento de los socialistas, que han perdido la mitad de sus votantes en 15 años, ha sido simultáneo al ascenso del PP, que sin embargo no ha seguido una evolución constante, sino con notables subidas (2012) e intensas bajadas (2018).
Desde hace siete años hay un hecho nuevo: la mayoría conservadora se ha convertido en estable, con independencia de si es hegemónica o relativa. Y esto se explica porque el PP es el único partido que se ha beneficiado del tráfico de votos entre bloques en Andalucía. Los demás ganan o pierden electores dentro de su misma bolsa ideológica o alimentan la abstención.
¿Se dan ahora estas mismas circunstancias? En líneas generales, sí. De ahí que el Quirinale concentre sus mensajes electorales en defender los beneficios de la estabilidad política —que en Extremadura no se ha conseguido y tampoco parece probable en Aragón o en Castilla-León— y en su oposición a la alianza de PSOE y Sumar con Junts, ERC, PNV y Bildu.
El primer argumento fideliza a su parroquia; el segundo busca consolidar los caladeros del voto prestado en 2022. Es poco probable que Moreno se mueva de estos dos ejes en los seis meses que quedan para ir a las urnas.
La inquietud ante una subida de Vox, cuyo ascenso en 2022 fue de apenas dos puntos y medio, inferior a la media estatal, es más una ayuda para el PP que una amenaza. El astrolabio de Moreno señala de nuevo hacia San Telmo. La autonómicas andaluzas son como un perpetuo tornaviaje.


