Las Claves
- La comunidad venezolana en Catalunya, que suma casi noventa mil personas, observa con gran incertidumbre la situación política actual.
- Comerciantes como Rosy Calderón
Productos como harina de maíz, chips de plátano, frijoles negros, carne mechada y envases de Pirulin, el conocido barquillo con chocolate y avellanas, además de diversos ingredientes típicos de la cocina venezolana, se encuentran en los estantes de La Bodeguita, un comercio de artículos latinoamericanos dirigido por la caraqueña Rosy Calderón. En el cruce de la calle Castillejos con Mallorca en Barcelona se agrupan otros establecimientos de venezolanos: la cafetería Pittier, el restaurante El Rincón de la Abuela Venezolana y un salón de peluquería, mientras que muy cerca se ubican el centro de estética El Petit Saló o la floristería Hesp. El espíritu de Venezuela se siente en Catalunya, región donde habitan cerca de 89.465 ciudadanos originarios de dicha nación, de acuerdo con las cifras recientes del INE del 1 de enero del 2025. La duda embarga a la población venezolana después de la ofensiva y la incursión de EE.UU. Por una parte, bastantes personas muestran satisfacción ante el arresto de Nicolás Maduro; no obstante, por otra, manifiestan preocupación por la continuidad del sistema chavista y el desarrollo futuro de los acontecimientos. Parientes y conocidos permanecen en Venezuela, por lo que la recomendación es actuar con cautela dado que los colectivos (grupos paramilitares chavistas) continúan operando.
La importancia de los desplazados y migrantes procedentes de Venezuela resulta significativa tanto en Catalunya como en España. Pendientes de las cifras de diciembre, desde enero hasta el 30 de noviembre, el Ministerio del Interior contabilizó 78.984 peticiones de asilo internacional por parte de ciudadanos de Venezuela, situándose como la nación principal con diferencia, por delante de Mali, que sumó 14.791, y Colombia, que alcanzó las 13.784. Dentro de Catalunya se tramitaron en dicho lapso 15.779 instancias, colocándose tras las 40.389 registradas en Madrid y las 18.700 de Andalucía, de acuerdo con la Oficina de Asilo y Refugio (OAR). De todas las solicitudes examinadas hasta el 30 de noviembre, un 98,89% obtuvieron una resolución favorable.
Xiomary Rubio, en la cafetería Pittier
Al arribar a Catalunya durante el 2016, Rosy Calderón, dueña de La Bodeguita, pidió asilo internacional. “Me la dieron por razones humanitarias y desde hace dos años tengo la nacionalidad española”, relata ella al tiempo que gestiona el negocio y cuida de su pequeño niño. Calderón supo del ataque de EE.UU y el traslado de Maduro y su cónyuge, Cilia Flores, a Nueva York, imputados por narcoterrorismo, “con alegría, pero también con preocupación porque mis padres viven en Caracas, cerca del Palacio de Miraflores”. Al igual que Calderón, el Idescat calcula que un tercio de los individuos oriundos de Venezuela establecidos en Catalunya ya poseen la ciudadanía española. Las cifras del INE de 2025 indican que alcanzan los 49.312 los habitantes con ciudadanía venezolana que moran en Catalunya.
Ross Rojas, residente de este sector del Eixample y cliente asidua de La Bodeguita, expresa emociones encontradas al igual que gran parte de los inmigrantes entrevistados. “El sábado 3 lloré mucho, no quiero más sangre en Venezuela. En parte ha sido una buena noticia, pero lo único que pretende Trump es explotar todo lo que pueda el país dando las migajas al pueblo”, señala Rojas, quien tiene 31 años y llegó a los 26 a Barcelona. Relata que inicialmente se mantuvo aseando viviendas y que recientemente logró inaugurar un establecimiento de masajes y tratamientos holísticos. Sus parientes continúan en una pequeña localidad pesquera próxima a Carúpano.
La emprendedora Maite contempla con inquietud y dudas a Venezuela desde lejos.
Xiomary Rubio, quien regenta el local Pittier, permanece también pendiente de los futuros acontecimientos. Esta psicóloga de carrera partió de Maracay en 2011 para estudiar un posgrado en autismo en Barcelona. “Regresé a mi ciudad en el 2012, estuve allí seis meses, pero pasé por situaciones complicadas, tuve un intento de secuestro exprés, y volví a Barcelona. Me apunté a otro máster y en el 2018 decidí emprender, abrí este café con mi marido, él trabaja de comercial en una firma de automóviles”, cuenta. “La situación es muy complicada, incierta... Albergamos la esperanza de cambio, pero no vemos progresos importantes, no hay solución a los grandes problemas, el acceso a la sanidad y a las medicinas, a los alimentos, que son muy costosos... Lo explicaré con una metáfora, mi sensación es que cambiaron el color de los zapatos pero que la talla sigue siendo la misma, demasiado pequeña, siguen apretando y causando dolor. Mis amigos, los que permanecen allí, me dicen que la situación es de calma tensa, que el primer día hubo una explosión de emoción, pero ahora, ya no”, precisa Rubio. Eduardo, un asiduo de su negocio, coincide. “Ya no nos ilusionamos, hay que esperar. El cambio no será inmediato, pero antes regalábamos el petróleo a cambio de nada, ahora por lo menos será por algo”, asegura antes de partir velozmente acompañado de su cónyuge e hija.
Bastantes venezolanos han preferido no manifestarse o han solicitado el anonimato en caso de hacerlo. Afirman sentir miedo por sus parientes, por lo que al comunicarse con ellos únicamente preguntan si se encuentran bien, sin dar pormenores, para evitar comprometerlos ante la vigilancia de los colectivos.
Maite Lugo, en El Petit Saló
Maite Lugo lleva quince años residiendo en Barcelona junto a su esposo y sus dos descendientes, quienes cuentan ya con 26 y 27 años de edad, y actualmente afirma con agrado que su situación ha prosperado. “Mi marido empezó como peón de la construcción y ahora tiene su propio camión, es transportista, y yo cuidé a ancianos, limpié casas, trabajé en salones de belleza hasta que monté el mío, El Petit Saló, con tres empleadas, todas venezolanas”, menciona previo a iniciar otra sesión de manicura. “Desde la distancia veo Venezuela con incertidumbre y preocupación, se llevaron a Maduro, pero queda la cúpula chavista. La gente no quiere hablar, tiene miedo de represalias, no expresan públicamente alegría por la captura de Maduro, y yo no pregunto mucho para no ponerlos en un compromiso. Mi padre vive en Los Teques, cerca de Caracas, y me cuenta que la comida está carísima; todos enviamos dinero a nuestros familiares”, señala Lugo.
Janeth Salazar forma parte de su plantilla. Ella junto a su esposo se deshicieron de todas sus pertenencias, en el 2019, con el fin de trasladarse con sus dos descendientes a Badalona. Durante el 2020, obtuvieron el estatus de protección internacional. Salazar rememora la frustración experimentada al presenciar el fallecimiento de su hermana por cáncer, debido a que el sistema no le facilitó la terapia necesaria, y subraya la complejidad de sobrevivir en la nación caribeña sin el apoyo de quienes se han visto obligados a emigrar. “El sábado, el primer día, hubo euforia, después se pasó a la consigna de no hablar demasiado, solo les preguntamos si necesitan algo. Sí, se llevaron a Maduro, pero para dejar la casa limpia debes sacar toda la basura, no puedes dejar a nadie del régimen”, señala.
Indira asegura que solamente aquellos que vivieron la persecución se muestran agradecidos por la salida de Maduro.
Asimismo Carla, diseñadora visual, o Marina Alexandra Meunier, graduada en Turismo y Hostelería, las dos residentes en Barcelona, concuerdan en que nos hallamos en una etapa de “esperanza y de alivio”, si bien expresan inquietud ante las tareas pendientes. “Van a pasar muchos años hasta que Venezuela se recupere, sueño con regresar en el futuro para montar una posada junto al mar”, afirma Meunier.
“Yo no lo celebraré hasta que salgan todos, pero ahora al menos tenemos alguna esperanza; solo los que hemos sufrido la represión podemos agradecer que se hayan llevado a Maduro”, recalca la fotógrafa Indira Colmenares, quien lleva residiendo por encima de diez años en Barcelona.




