En Barcelona, la vida transcurre en la calle. Las terrazas llenas, los parques con niños que juegan, las plazas que acogen conversaciones, celebraciones o reivindicaciones y las calles que cada día se convierten en escenario de miles de trayectos cruzados forman parte de la vitalidad de la ciudad. Esta energía, que define el ADN de Barcelona, también requiere normas claras que marquen límites y garanticen la convivencia.
La Ordenanza de Convivencia estableció un marco para regular el uso del espacio público. Desde entonces, Barcelona ha cambiado de ritmo, de dimensión y de intensidad. El aumento de la actividad nocturna, el incremento del turismo, la diversidad de usos de calles y plazas y una mayor sensibilidad social ante determinadas conductas han puesto de manifiesto una evidencia compartida: era necesario actualizar las reglas del juego.
