El escudero que siempre estuvo ahí con Mazón: Pérez Llorca y la lógica del relevo inevitable
Sucesión de Mazón
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El portavoz del PP de Valencia y miembro del comité ejecutivo nacional, Juanfran Pérez.

En la política valenciana, donde el poder se conquista tanto en los despachos en penumbra como en la luz impiadosa del hemiciclo, Juanfran Pérez Llorca (Finestrat, 1976) ha ascendido sin ruido pero sin pausa, ejerciendo la virtud más útil —y a menudo más escasa— en el oficio político: la del hombre que nunca estorba, pero siempre está ahí. Alcalde de un municipio de apenas 9.000 habitantes, valencianohablante natural, gestor local de fuerte pegada electoral y figura de apariencia discreta, es el hombre que el PP ha elegido para sustituir al president interino de la Generalitat Valenciana, Carlos Mazón, el hombre al que Pérez Llorca ha seguido, sostenido y protegido con una fidelidad de escudero medieval.
Porque hay que subrayarlo: Pérez Llorca es, ante todo, una figura política de Mazón. En su despacho cuelga un cuadro de grandes dimensiones en el que se abrazan ambos dirigentes: un gesto casi litúrgico que revela la hondura de la relación entre el líder y el lugarteniente. Desde la Diputación de Alicante hasta la cúspide del PP valenciano, pasando por el grupo parlamentario de les Corts, su carrera ha discurrido pegada a la de Mazón como una sombra que acompaña y a la vez preserva. En un partido acostumbrado históricamente a las fricciones internas, Pérez Llorca representa lo contrario: continuidad, obediencia fértil, eficacia silenciosa. Y eso que, al principio, el ahora candidato a la Generalitat no era de los más cercanos a Mazón, pero con el tiempo la relación de confianza se selló con lealtad y trabajo.
Así, su ascenso ha coincidido con un momento político especialmente convulso para la derecha valenciana. Como secretario general del PPCV y, más recientemente, síndic del grupo popular, Pérez Llorca ha asumido la ingrata tarea de templar a Vox, un socio incómodo pero imprescindible para sostener la aritmética parlamentaria. Si Miguel Barrachina (conseller de Agricultura) era el látigo, él ha sido el negociador, el hombre del pacto discreto, la voz que calma más que incendia. Esa habilidad —más artesanal que épica— es la que hoy le coloca en la antesala del Palau: Vox confía en él, o al menos no desconfía tanto como de otros. Y el PP necesita que alguien mantenga con vida una legislatura ya fatigada antes de tiempo.
Su biografía política desmiente el tópico del dirigente de laboratorio. Pérez Llorca no procede de Nuevas Generaciones, ni se forjó en las juventudes de partido. Entró en política en 2003, casi por la puerta de servicio, como concejal en la oposición de Finestrat. Allí aprendió a gobernar la proximidad, a modular sus ambiciones, a hablar poco y trabajar mucho. Ocho años a la sombra del alcalde Honorato Algado, bastaron para que interiorizara la mecánica íntima del poder local: urbanismo, servicios técnicos, ordenación del territorio. Cuando heredó la alcaldía en 2015, su victoria fue natural; la renovación, sin trauma. Su consolidación llegó después, con mayorías abrumadoras: en 2023 logró el 74% de los votos, una cifra que en otros lugares sería milagro y en Finestrat parece rutina.
Vox confía en él, o al menos no desconfía tanto como de otros
Esa experiencia de gestor pragmático, ajeno al estruendo y a la mística ideológica, es la que hoy reivindican en Génova para justificar su eventual interinidad. El propio Feijóo, partidario de evitar un relevo traumático y una convocatoria anticipada, ve en él el perfil neutro que evitaría una sacudida interna y que permitiría a la derecha valenciana llegar viva —y quizás reforzada— a 2027. Pérez Llorca no eclipsa a nadie, no amenaza a los liderazgos emergentes (Catalá, Mompó), no desplaza equilibrios: ejecuta. Y eso, en medio de una crisis, es una virtud cardinal.
Su lealtad quedó de nuevo expuesta en uno de los episodios políticos más críticos de la legislatura: la gestión de la dana que dejó 229 muertos en l’Horta Sud. Aquella tarde del 29 de octubre de 2024, Mazón llamó a Pérez Llorca a las 18:57. Desde entonces, el síndic ha actuado como escudo del president, defendiendo cada decisión y cuestionando lo que considera un uso político de la tragedia por parte de la izquierda. Esa implicación —que hoy analiza una jueza en una investigación delicada— no ha debilitado su posición interna; al contrario, la ha reforzado como guardián del liderazgo mazónista.

Pero si algo define a Pérez Llorca es la metodología: trabajo de hormiga, sigilo calculado, ejecución impecable de los encargos que recibe. Cuando en su día tuvo que convencer al alcalde Bernabé Cano de renunciar a sus competencias por el escándalo de vacunación irregular, lo hizo. Cuando tocó mover los hilos de mociones de censura en Agres o en Teulada-Moraira, también. Y cuando fue necesario negociar el pacto presupuestario con Vox, lo cerró. Ese es el fundamento de su autoridad: una cadena de hechos. Sin épica. Sin altavoces.
Un silencio como el que le sirvió para negociar con Compromís (y en detrimento del PSPV) la presencia de una diputada nacionalista en la Mesa de las Corts. Nadie se enteró de nada hasta que se recontaron los votos y se evidenció el pacto del PP con la izquierda valencianista. Un acuerdo que este lunes todavía usaba Pérez Llorca para recordarle a Compromís que no siempre rechazó su forma de negociar.
La pregunta es si tras este periodo de interinidad querrá volver a postularse en 2027 para ser president valenciano
Pérez Llorca no pasará a la historia por un proyecto propio —no es ese su papel—, sino por garantizar continuidad, orden y estabilidad en un momento incierto. Su destino político es el de los hombres prudentes: aquellos que resuelven sin dejar huella visible, que sostienen mientras otros brillan, que administran más como oficio que como épica. Por eso ha sido el elegido. La pregunta es si tras este periodo de interinidad querrá volver a postularse en 2027 para ser president valenciano; esa es la incógnita. Para eso aún falta tiempo y, de momento, Pérez Llorca debe garantizar al PP estabilidad hasta la cita electoral. Que lo consiga es su prioridad.
