Estrella Montolío, catedrática de la Universitat de Barcelona, sobre aprender a alejar el móvil de la mesa: “El lenguaje es un don innato, la conversación es un aprendizaje cultural”
Cuestión clave
La divulgadora señalaba varias pautas para que los más jóvenes puedan quitarse las pantallas en la mesa
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Comida familiar de Navidad.
A lo largo de nuestras vidas, es muy importante mantener un estado físico y emocional equilibrado, con el que podamos enfrentarnos a todo lo que nos venga. El día a día está cargado de actividades, interacciones, gestiones y emociones que pueden sobrecargar a nuestro cerebro. La primera Encuesta de Salud de España, creada por el Instituto Nacional de Estadística, constata que entre septiembre de 2023 y agosto de 2024, un 14,6% de los ciudadanos mayores de 15 años padecían un cuadro de depresión.
Esta tendencia es muy visible en redes sociales, donde millones de personas de todo el mundo se abren y comparten sus sentimientos sin filtros. Un hecho que se amplifica por culpa de la obsesión con las pantallas, que se lleva incluso a la mesa durante comidas y cenas. Aunque muchos lo consideran algo ofensivo e intolerable, es recomendable adoptar una postura asertiva para cambiar esta dinámica. Estrella Montolío, catedrática de Lengua Española por la Universitat de Barcelona, ha contado en The Conversation las claves de esta transformación.

“La relación compulsiva con los dispositivos vampiriza la atención, base de la escucha y de la conversación significativa. Los estudios revelan que la simple presencia de un móvil, aunque esté en modo silencio, divide la atención de los participantes entre las personas reales presentes y la gente virtual. Ese móvil silencioso inhibe la posibilidad de iniciar y compartir conversaciones de interés, dado que los participantes sospechan de manera inconsciente que el dispositivo puede reclamar la atención de su propietario en cualquier momento desde un universo virtual paralelo”, detalla.
Esto hace que las conversaciones sean más rápidas y superficiales, en vez de profundizar en ellas. Esto se agrava en los más jóvenes, que no son capaces de mantener una conversación mínimamente articulada durante pocos minutos: “El lenguaje articulado, una capacidad intrínsecamente humana, es de naturaleza genética; esto es, cualquier ser humano, por remoto que sea el lugar en el que ha nacido, puede hablar. La dimensión más genuina del lenguaje como herramienta de comunicación es la conversación cotidiana. Y a conversar de manera solvente se aprende”.

La familia ayuda
“Entre otras habilidades, se aprende cómo entrar de manera adecuada en las conversaciones, cómo mantenerlas en un tono cooperativo o cómo afrontar con empatía y asertividad los diálogos difíciles. En otras palabras, el lenguaje es, por tanto, un don innato. La conversación, en cambio, es un aprendizaje cultural”, añade Montolío, destacando el papel de los padres en esta misión: “Del mismo modo que nuestras familias nos dotan de un determinado capital económico, las familias nos proporcionan también un determinado capital lingüístico. Por ejemplo, el acceso a un léxico amplio, preciso, cuidado, quizá incluso plurilingüe; o, con menor fortuna familiar, a un vocabulario simple y reducido”.
“Cuando mantenemos una conversación humana, aquí y ahora, en la que los cuerpos están presentes y la atención también, ocurren fenómenos fascinantes. Por un lado, se produce una sincronización corporal: los cuerpos de las personas que interactúan se adaptan el uno al otro, se imitan inconscientemente, coordinándose entre sí. Y no solo eso, sino que las tomografías muestran que los cerebros de quienes conversan se sincronizan igualmente y que la sincronización es tanto más intensa cuanto más profunda y significativa resulta la conversación para quienes hablan”, sumó.

