Bienestar

Paula Orell, psicóloga: “La herida del abandono no se encuentra solo en la ausencia física de la madre o el padre, sino, sobre todo, en la ausencia emocional”

Psicología

La psicóloga ofrece algunas claves para querernos bonito y alejarnos de los pensamientos que nos impiden ser la mejor versión de nosotros mismos

Paula Orell, psicóloga

Paula Orell, psicóloga

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No siempre tenemos la suerte de crecer en un entorno que nos facilite querernos. Cada hogar transmite formas de vincularse, creencias y maneras de relacionarse entre padres e hijos que, con frecuencia, se perpetúan de generación en generación. Algunos de esos vínculos son sanos; otros, en cambio, dejan heridas que conviene revisar. Porque quererse bonito no es solo un trabajo individual, sino también el reflejo de lo que hemos aprendido y observado a nuestro alrededor.

Paula Orell (Málaga, 1993) es psicóloga, divulgadora y emprendedora especializada en autoestima, relaciones, crecimiento personal y bienestar emocional. A través de su labor profesional y su presencia en redes sociales, acompaña e inspira a miles de personas a conocerse mejor, cuestionarse y transformarse desde la consciencia y la compasión. Con Quiérete bonito, su primer libro, comparte su experiencia y aprendizaje en palabras que acompañan, calman y despiertan. En conversación con este diario, Orell ofrece algunas claves para querernos bien, bonito y alejarnos de los pensamientos que nos impiden ser la mejor versión de nosotros mismos.

Las dificultades para quererse tienen mucho que ver con nuestra infancia, con el vínculo con quienes han sido nuestros principales referentes
Las dificultades para quererse tienen mucho que ver con nuestra infancia, con el vínculo con quienes han sido nuestros principales referentesDejan Dundjerski

Insiste en que quererse no es un destino, sino un proceso. ¿Qué es lo que suele bloquear ese camino?

Quererse es algo parecido a la vida: no consiste en llegar a un punto concreto, sino en vivirlo cada día lo mejor posible. No es un “ya me quiero y ya está”, sino un proceso cotidiano en el que vamos incorporando los ingredientes necesarios para tratarnos mejor y construir una relación más saludable con nosotros mismos.

Que nos quieran bien y saber querer a otras personas nos ayuda a querernos mejor a nosotros mismos

Paula Orell

Psicóloga

Las dificultades para quererse tienen mucho que ver con nuestra infancia, con el vínculo con quienes han sido nuestros principales referentes, con las experiencias en la escuela y con otras circunstancias vitales, a veces positivas y otras muy duras. De ahí surgen estrategias de vida que pueden ser más o menos saludables. Por eso no se trata de “llegar” a quererse, sino de contar con herramientas. Por ejemplo, puedo aprender a respetarme, pero si más adelante entro en una relación en la que no me respetan, esa capacidad puede deteriorarse. En ese caso, será necesario volver a trabajarla para recuperar una relación sana conmigo misma.

A menudo se confunde quererse con el egoísmo o el narcisismo. ¿Cómo podemos diferenciarlo?

A menudo parece que exista una dicotomía: o nos queremos a nosotros mismos o queremos a los demás. Y no es así. Podemos querernos sin dejar de querer a otra persona. De hecho, cuanto mejor nos queremos —es decir, cuanto más nos respetamos, nos aceptamos y nos hablamos bien—, más fácil nos resulta querer bien a los demás. Y también ocurre a la inversa: que nos quieran bien y saber querer a otras personas nos ayuda a querernos mejor a nosotros mismos. Al final, todo se retroalimenta. Por eso es importante insistir en que quererse a uno mismo no es egoísmo. Somos seres sociales, y tan importante es tenernos en cuenta a nosotros mismos como tener en cuenta a los demás.

No todo va a estar siempre en nuestras manos, y es importante reconocerlo
No todo va a estar siempre en nuestras manos, y es importante reconocerloGetty Images

También dice que no somos responsables de nuestras heridas, pero sí de sanarlas. ¿Se puede asumir siempre esa responsabilidad?

Cuando hablo de esto, me refiero a que no todo lo que nos ocurre depende de nosotros. Si alguien me pisa un pie, no es culpa mía ni es mi responsabilidad que ese daño haya sucedido. Pero si esa persona se va y el dolor continúa, en mí está la posibilidad de hacer algo con él: atenderlo y sanarlo.

La herida de rechazo tiene que ver con la falta de aceptación por parte de aquellas personas que, en teoría, debían querernos

Paula Orell

Psicóloga

No todo va a estar siempre en nuestras manos, y es importante reconocerlo. Aun así, podemos preguntarnos: ahora que tengo este dolor, ¿qué hago con él? Quedarnos esperando a que quien nos hizo daño lo repare sería lo ideal, pero la realidad rara vez funciona así. Por eso invito a no permanecer a la espera de que otros nos curen. Dentro de nuestras posibilidades, recursos y contexto, podemos darnos la oportunidad de sanar, porque las heridas no desaparecen solas y, especialmente las más profundas, si no se atienden, permanecen.

El diálogo interno se construye a partir de todos los diálogos externos que hemos ido escuchando a lo largo de nuestra vida
El diálogo interno se construye a partir de todos los diálogos externos que hemos ido escuchando a lo largo de nuestra vidaGetty Images

Bajo su experiencia, ¿cuáles son las heridas más frecuentes que suelen repetirse?

Principalmente, aparecen la herida de abandono y la herida de rechazo. Cuando hablamos de la herida de abandono no nos referimos solo a la ausencia física de la madre o del padre —que también puede darse—, sino, sobre todo, a la ausencia emocional: no sentirse visto, sostenido o acompañado a nivel afectivo.

Las voces internas que aparecen y nos dicen “no vas a poder” intentan protegernos, pero también nos quitan la oportunidad de intentarlo

Paula Orell

Psicóloga

La herida de rechazo también es muy frecuente y tiene que ver con la falta de aceptación por parte de aquellas personas que, en teoría, debían querernos. Aquí es importante recordar algo: somos hijos, sí, pero nuestros padres también son personas. Antes de ser padres, fueron hijos, y muchas veces lo que nos dieron —o no pudieron darnos— está directamente relacionado con lo que ellos mismos recibieron. Es una cadena que tiende a repetirse.

En el libro también dedica un espacio al diálogo interno. ¿Por qué nos hablamos tan mal?

En realidad, el diálogo interno se construye a partir de todos los diálogos externos que hemos ido escuchando a lo largo de nuestra vida. Del mismo modo que no puedo hablar chino si nunca lo he escuchado, tampoco puedo tener un diálogo interno amable si no he aprendido ese lenguaje. Funciona de una manera muy similar.

Del mismo modo que no puedo hablar chino si nunca lo he escuchado, tampoco puedo tener un diálogo interno amable si no lo he aprendido 

Paula Orell

Psicóloga

Por eso, muchas veces nuestro diálogo interno es más destructivo que constructivo. Dentro de nosotros existe una parte que intenta protegernos y que, en algún momento, creyó que la mejor forma de hacerlo era a través de mensajes duros o críticos. Son esas voces internas que aparecen y nos dicen: “No vas a poder”, “no vas a gustar”, “no tienes constancia”, “a esa persona le gustan las morenas y tú eres rubia”. En el fondo, lo que esa voz intenta es evitar que demos el paso, protegernos del posible fracaso o rechazo. El problema es que, sin quererlo, también nos quita la oportunidad de intentarlo y de que las cosas salgan bien. Ahí es donde aparece nuestra responsabilidad: aprender a educar esas partes internas y decirles que, aunque ese mecanismo pudo ser útil en un momento de nuestra vida y quizá lo siga siendo en determinados contextos, no significa que tenga que funcionar siempre de la misma manera.

¿Por qué cuando intentamos poner límites suele aparecer el miedo o la culpa?

El miedo, los límites y la culpa están estrechamente relacionados. En general, poner límites es una herramienta de autocuidado: una manera de protegernos, de marcar hasta dónde llegamos y de reconocer a partir de qué punto algo puede empezar a dañarnos.

La dificultad suele aparecer en el terreno de las relaciones, aunque el conflicto sea interno. Muchas veces no cuesta tanto decir “no” como sostener ese “no” después: no ir a un plan, no acceder a una petición o no estar disponibles como la otra persona espera. Al poner límites, a menudo lo hacemos desde criterios construidos a partir de nuestra historia personal, no desde normas universales. Por ejemplo, si alguien espera que le acompañe a algún sitio y yo no puedo o no quiero, decir que no implica no darle a esa persona lo que espera de mí. Eso puede generar un conflicto interno, porque conecta con creencias muy profundas: si no doy lo que el otro quiere, quizá no estoy siendo buena; y si no soy buena, quizá no me quieran. Ahí es donde aparecen el miedo y la culpa, y donde se vuelve necesario revisar esas ideas para poder poner límites sin sentir que estamos poniendo en riesgo el vínculo.

Anna Calpe Garcia

Anna Calpe Garcia

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Periodista en el equipo de Audiencias de Guyana Guardian. Antes, en el equipo de Redes Sociales. Graduada en Periodismo y Comunicación Corporativa por la Universidad Ramon Llull.