Dejarse ver leyendo los clásicos, el postureo definitivo
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La lectura performativa se ha convertido en accesorios de prestigio en la era de Instagram y TikTok

Dejarse ver leyendo libros clásicos es el nuevo postureo
Está de moda decir que uno lee muchísimo y airear las métricas de Goodreads, la app donde uno publica lo que lee y compara sus lecturas con las de amigos y conocidos. Hemos visto en los resúmenes de año a gente que asegura haber leído 140, 150 libros, o que asegura que ha devorado en un mes diez ejemplares.
Leer es una actividad gratificante y no seremos nosotros quienes afeemos tan buen hábito, otra cosa es que nos parezca una práctica cuantitativa. Creemos más importante qué y cómo se lee que el número de títulos. Aunque tampoco quitamos razón a los que dicen que leer, lo que sea, siempre será mejor que pasar el tiempo haciendo scroll en el teléfono, aunque para qué se posturea de lectura profunda sino es para posicionarse en las redes sociales.
Leer para ser visto
Ya sabemos que las redes son como son, y una de sus características es privilegiar el volumen sobre la calidad. Pasa con los libros y con las citas románticas. Desde la pandemia los libros han pasado a ser accesorios de una estética que otorga prestigio social. Por entonces se puso de moda ordenar las estanterías según los colores de los libros: los ejemplares azules ordenados por gamas, seguidos por los tonos de grises y luego por los blancos. En lugar de clasificar los libros por géneros o por autores se hacía por pantones. Una práctica que ha influido, incluso, en los diseños de portada de las grandes editoriales.
Ahora una nueva vuelta de tuerca nos ha traído la lectura performativa (performative reading en inglés porque todas las tendencias se viralizan por su nombre anglosajón). Consiste en dejarse fotografiar leyendo en lugares públicos para luego subirlo a Instagram o TikTok, pero no vale cualquier libro, tienen que ser clásicos de tapa dura y prosa complicada, Crimen y castigo de Fyodor Dostoevsky, La montaña mágica de Thomas Mann, el Ulises de James Joyce o En busca del tiempo perdido de Marcel Proust.

No funciona con las novelas del noir romántico que tanto triunfan en los adolescentes porque no se consideran literatura difícil. Hablamos de libros de 900 páginas que requieren una concentración difícil de encontrar en un trayecto en metro o en la mesa de un café repleto de clientes. Por mencionar dos de los escenarios donde suele performarse esta tendencia.
La revista Time registra el origen de la tendencia en 2021 cuando tras la pandemia empezaron a conocerse clubs de lectura capitaneados por celebrities como Dua Lipa que convirtieron en best sellers libros que en su momento habían pasado sin pena ni gloria. Uno de los casos más conocidos fue Tan poca vida de Hanya Yanagihara, y el más reciente es Yo que nunca supe de los hombres, la novela de Jacqueline Harpman. Hace unos meses Hailey Bieber mencionaba en un TikTok publicado en Vogue que llevaba consigo La crítica de la razón pura de Emmanuel Kant y que había leído a Nietzsche entre cuatro y cinco veces en su vida.
Este uso de la lectura para blanquear cualquier acusación de frivolidad de los famosos ha convertido a los libros en muchos casos en accesorios que tienen una función: completar un look y redondear la imagen. Lo mismo pasa con las métricas de Goodreads, sirven para accesorizar a su usuario, darle una pátina de profundidad e inteligencia. Es por eso que también triunfan en las redes los trucos para leer más rápido, incluida la doble velocidad en los audiolibros.
De alguien que lee mucho se presupone que controla sus horas de pantalla, que es dueño de su tiempo y no está entregado al algoritmo a tiempo completo. Y esa autonomía es cada vez más valorada entre los más jóvenes que han sido heavy users (usuarios intensivos) de las redes. La capacidad de enfocarse en lo que a uno le interesa y no ser un esclavo del algoritmo es a estas alturas un atractivo, y en ese contexto las lecturas revelan a alguien que escoge con que alimentar su espíritu y dispone de suficiente atención y concentración para dedicarse a cultivarlo.
Raol Muong, un creador de contenidos que comparte videoensayos sobre la cultura de internet, publicó un video de TikTok para explicar cómo los libros se han convertido en un accesorio en los espacios públicos. Según su análisis, los algoritmos de TikTok e Instagram premian la estética sobre el contenido, y ese es el criterio para seleccionar las lecturas más vistas. En este contexto, explica Muong, los libros de Jane Austen y Joan Didion triunfan porque proyectan un aire intelectual y de buen gusto.
Como consecuencia los auténticos lectores, capaces de concentrarse casi en cualquier lugar y avanzar en la trama de la historia, están bajo sospecha de estar haciendo una performance cada vez que abren un libro en un lugar público. Lo contaba Sebastián Castillo, novelista y profesor de Literatura inglesa que observa cierto comportamiento ansioso en torno a leer en público en la era digital porque, dice, todo se escudriña como “performativo”. Muchas de estas personas son ahora objeto de bromas.
Algunos lectores jóvenes que gustaban de leer libros de 500 páginas han cambiado sus hábitos presionados por la cultura de las redes
También se comparten con ironía las listas de libros apropiados para leer performativamente en el transporte público. Algunos lectores jóvenes que gustaban de leer libros de 500 páginas han cambiado sus hábitos presionados por la cultura de las redes de juzgar según el número de libros presuntamente leídos, y han comenzado a consumir textos más cortos. Lo cierto es que el uso de los libros para ganar prestigio social –algo que ya se hacía cuando se compraban enciclopedias a plazos encuadernadas en piel– está cambiando la manera en que la gente se acerca a la lectura.
Lo paradójico es que paralelamente a este fenómeno las universidades más importantes de Estados Unidos, aquellas que integran la Ivy League, organizan cursos para ayudar a sus estudiantes a entrenar su cerebro para lecturas complejas. Lo cuenta en la revista The Atlantic Nicholas Dames, profesor de Literatura y Humanidades de la Universidad de Columbia desde 1998. Observa Dames que sus estudiantes se agobian ante las lecturas obligatorias para un semestre porque no vienen preparados para leer. Antes apenas han leído libros enteros y se han arreglado con resúmenes. De hecho, una de las peticiones más frecuentes que se hacen a ChatGPT son resúmenes de libros. “No es que no quieran leer, es que no saben cómo hacerlo”, resumió el profesor.
Si las redes saben hacer algo bien es convertir en objeto de deseo todo aquello que es escaso o difícil de conseguir. Puede pasar con un bolso de lujo o con un destino de vacaciones. Ahora le ha tocado al placer de disfrutar de una lectura larga y profunda.