Tracey Emin, el poder de la fragilidad en el arte
Exposición
La Tate Modern explora el arte de la

Tracey Emin, en la exposición, junto a su icónica instalación 'Mi cama', de 1998

Un terremoto se ha instalado en la Tate Modern, pues no se puede entender la obra de Tracey Emin de otra manera. El arte del siglo XXI le debe una comprensión nueva y radical de la intimidad y de cómo se expresa en las obras, y esa deuda se satisface ahora con una exposición retrospectiva en la galería londinense. Tracey Emin: una segunda vida estará abierta hasta el 31 de agosto.

Emin (Londres, 1963) le dio la vuelta a la expresión de la experiencia vital del artista en 1998 con su icónica instalación Mi cama. Hasta entonces, los artistas habían usado metáforas y alegorías para construir sus retratos emocionales, pero Emin se atrevió a enseñar su vida en el espacio más íntimo: su propia cama. Deshecha, con las sábanas manchadas, rodeada de objetos personales usados –desde botellas vacías hasta preservativos o ropa interior con restos orgánicos y colillas de cigarros–, la instalación muestra el resultado de un episodio de crisis nerviosa con absoluta honestidad y crudeza: no explica cómo se sintió Emin, sino que lo expone directamente ante los ojos del observador. Vulnerabilidad, sexo, memoria, salud mental y una perspectiva radicalmente sincera y femenina se expresan así sin filtros estilísticos, mostrando la herida de la artista.
Mi cama fue un escándalo en su momento, cuando muchos plantearon si aquello era realmente arte, pero hoy se ha convertido en un canon conocido como arte confesional que trabaja la obra a partir de la autobiografía y la experiencia psicológica y la entiende como una extensión de la vida, con toda su crudeza, convirtiendo la fragilidad en un lenguaje.
La instalación ‘Mi cama’ fue un escándalo en su momento, cuando muchos plantearon si aquello era realmente arte
La obra de Emin entronca con la de Louise Bourgeois porque ambas demostraron que la vulnerabilidad no es debilidad estética, sino una fuente de potencia formal; pero mientras que la francoestadounidense, de una generación anterior, buscaba una catarsis para sus traumas con una intensidad contenida y con alegorías, la británica hace confesión pública de su dolor: “Esto es lo que me ha ocurrido”, dicen sus creaciones.
Y eso es lo que se ve en la exposición de la Tate Modern. Son casi cien obras que recorren las cuatro décadas de práctica artística de Emin, desde las fotografías de sus primeras pinturas –lo único que se conserva de ellas, ya que las destruyó tras vivir un periodo difícil– hasta lienzos y bronces de su etapa más reciente, después de superar un cáncer de vejiga en el 2020 mediante una operación que obligó a que le practicasen un estoma para evacuar la orina. A este periodo nuevo alude esa segunda vida del título de la muestra.

La trayectoria vital de Emin está jalonada de episodios traumáticos que ella ha convertido en arte. Desde la infancia marcada por la separación de sus padres, la pobreza económica y los abusos sexuales, incluida una violación sufrida a los 13 años, pasando por sus relaciones sexuales tempranas y el consumo de alcohol cuando se trasladó de Margate a Londres, con 15 años, las reiteradas crisis emocionales y sus dos abortos —uno, mal hecho—, las relaciones sentimentales complicadas, la muerte de su madre, hasta llegar a la enfermedad y la cirugía en el 2020.
La exposición rastrea cada uno de esos acontecimientos a través de las obras a las que dieron pie: así, con La Tracey enojada de Margate. Todos han estado allí pasaba cuentas a su dura infancia, con Exorcismo de mi última pintura exhibía los conflictos que la apartaron de los lienzos durante seis años, y la ya citada Mi cama plasma la desolación de un profundo colapso emocional. Igualmente, sus relaciones problemáticas de la última década se sustancian en obras como Nunca pedí enamorarme-Tú me hiciste sentir así, Te seguí hasta el fin, Soy la última de mi clase o El fin del amor.
La trayectoria vital de Tracey Emin está jalonada de episodios traumáticos que ella ha convertido en arte
Instalaciones, pinturas, vídeos, esculturas, neones, textiles bordados, ensamblajes y su siempre presente escritura demuestran tanto que Emin no es artista de un solo lenguaje como que su elección de cada técnica concreta no se debe a un criterio de estilo sino a las necesidades emocionales que satisface cada obra. Esa multidisciplinaridad es tan esencial en su trabajo como la presencia constante del cuerpo como elemento narrativo, torturado, usado, deseante, doliente.
Esta retrospectiva imprescindible llega cuando Emin ha atravesado transformaciones personales y artísticas profundas y consolida su voz como una de las más potentes del arte contemporáneo. Y demuestra que la continua exploración de la vulnerabilidad como forma artística sitúa el legado del terremoto Emin por encima del resto de los young british artists, como denominaron a su generación, incluido Damien Hirst.
