El abrigo, la nueva prenda fetiche al rescate de la moda
Fashion week
En una industria cansada de promesas incumplidas y consumidores cada vez más cautelosos, los diseñadores han apostado por una prenda que combina necesidad, visibilidad y permanencia
El abrigo se convierte así en síntoma y posible solución al momento que atraviesa la moda

Desfile masculino de Prada Otoño/Invierno 2026 presentado en la semana de la moda de Milán
Hay una pregunta que se repite, casi con obstinación, temporada tras temporada: qué hay de nuevo. Ya nadie espera gestos incómodamente radicales ni promesas de revolución estética, sino propuestas reconocibles, defendibles y, a poder ser, comprables. En una época marcada por la contención y por unos consumidores cada vez más cautelosos, muchos diseñadores han llegado a la misma conclusión en sus colecciones para el próximo invierno: si hay que convencer a alguien para que entre en una tienda, más vale ofrecerle algo que necesite. Y pocas prendas resultan tan convincentes como un abrigo.
El abrigo tiene algo que otras piezas han perdido. Es necesario y visible, funcional y, incluso con precios desorbitados, sigue justificándose como inversión. Esta vez, además, no se ha limitado a repetir fórmulas. Tras un año en el que la industria prometió cambios que no terminaron de llegar y en el que los nuevos directores creativos fueron acusados de refugiarse en los clásicos, los abrigos se han convertido en el terreno donde introducir variaciones discretas pero significativas.
En Prada, cerca de un tercio de la colección se construyó alrededor de abrigos. Destacaba un modelo cruzado, oscuro, de largo a la rodilla, ceñido al cuerpo y con una forma suavemente marcada en la cintura. Tenía algo de abrigo de ópera y algo de pieza incómoda, ligeramente fuera de lugar. Más revelador aún resultaba un trench aparentemente clásico, beige, cuya superficie parecía descascarillarse para dejar ver un motivo de pata de gallo debajo. El paso del tiempo no se entendía aquí como deterioro, sino como declaración de permanencia. Un abrigo erosionado como prueba de que lo verdaderamente atemporal no necesita parecer nuevo. La propuesta no buscaba la novedad estridente, sino la alteración silenciosa de lo conocido.
El abrigo tiene algo que otras piezas han perdido. Es necesario y visible, funcional y, incluso con precios desorbitados
No es casual que muchas de las siluetas perfiladas por Raf Simons y Miuccia Prada remitan a otros momentos de tensión histórica. El final del siglo XVIII, las figuras alargadas de la década de 1910 o la austeridad de los años treinta comparten un mismo trasfondo de crisis económica, fragilidad política y sensación de amenaza latente. Cada vez que el mundo entra en una fase así, la moda vuelve la mirada hacia el cuerpo, ajustándolo, alargándolo, depurándolo, como si redefinir la silueta fuese una forma de imponer orden cuando el contexto deja de ofrecerlo.
En Italia, el abrigo no es una excepción ni una sorpresa, sino una tradición. El invierno se piensa, históricamente, a través de esta prenda, y la excelencia en su confección forma parte del ADN de la moda italiana. El buen abrigo, en ese sentido, es casi una denominación de origen. Esa misma forma de entender la prenda exterior, centrada en la construcción y los materiales, se dejó sentir con especial claridad en París, en Louis Vuitton, donde Pharrell Williams pareció decidir que el streetwear del futuro tendrá mucho de sartorial o no será. Los abrigos hablaban de permanencia desde otro lugar.
Confeccionados en vicuña, cachemir o seda, parecían situarse fuera del calendario de tendencias. Tras varias temporadas en las que su debut oscilaba entre moda y espectáculo, Williams alineó la propuesta masculina con una idea más clásica de lujo, menos dependiente del momento y más cercana a la noción de objeto duradero. Quienes han señalado esta colección como la más sólida de su etapa no van desencaminados.
En Dior, el abrigo funcionó como un campo de pruebas para una idea de opulencia menos literal y más táctil. Dejando a un lado las referencias más obvias al archivo, el diseñador miró hacia Paul Poiret, el creador que convirtió la Avenue Montaigne en un eje del lujo parisino. Los modelos cruzados de lana aparecían rematados con puños de pelo desmesurados, casi teatrales, que alteraban el equilibrio clásico de la prenda. Los trajes de botonadura simple, en cambio, se llevaban abiertos, caídos sobre el cuerpo desnudo, como si la estructura se hubiese relajado de golpe. Algunos abrigos se cerraban mediante grandes piezas de tejido a modo de capa, impresas con jacquards basados en diseños del propio Poiret. En otros casos, parkas envolventes quedaban atrapadas en volúmenes acolchados, casi como capullos, sujetos al cuello con un lazo. No se trataba de perfección, sino de carácter. El abrigo como refugio y como gesto.
La idea de confort atravesaba también la propuesta de Dries Van Noten bajo la mirada de Julian Klausner. Aquí el abrigo se alejaba del acto heroico para acercarse a una noción más íntima y cotidiana. Las siluetas eran amplias, los tejidos parecían pensados para ser habitados más que exhibidos, y el peso visual recaía en la superposición de capas y texturas. No era un confort banal ni deportivo, sino uno construido desde la memoria del vestir europeo, desde la idea de ropa que acompaña y se adapta al paso del tiempo.
En ese contexto, el abrigo no gritaba novedad, pero ofrecía algo quizás más difícil de conseguir hoy: una sensación de calma. El mensaje es claro. En un momento en que la moda lucha por no resultar embarazosa, por volver a parecer relevante sin caer en el ruido, el abrigo se ha convertido en su mejor argumento. No necesita ser perfecto para ser deseable. Puede parecer usado, marcado por el tiempo, incluso ligeramente torpe. Basta con que ofrezca una razón convincente para existir. Y, de paso, para gastar.