París busca al hombre moderno entre el Hermès
Semana de la Moda Masculina
París define el estilo masculino actual

Colección de Hermès en la semana de la moda de París en enero 2026
El adiós de Véronique Nichanian, después de cerca de cuarenta años liderando la línea de hombre de Hermès, no se percibió como una conclusión. No se concibió como un acto nostálgico o una clausura formal, sino como una sutil exhibición de autoridad: la de una marca capaz de disfrutar la calma cronológica. Las piezas, abrigos de lana, bombers de cuero, trajes de cortes exactos, texturas suntuosas y acabados casi personales, no pretendían causar un efecto instantáneo, sino consolidar un concepto de exclusividad fundamentado en la durabilidad. Carecía de prisas o dramatismo. A Nichanian, quien hasta el momento ha sido la diseñadora con el mandato más longevo en una sola marca, le tomará el relevo Grace Wales Bonner, que ya forma parte de la empresa aunque no debutará con su propuesta inicial hasta el próximo año. Para Hermès, el transcurso de los días no representa un obstáculo a resolver, sino una cualidad que se debe dosificar.

Lejos de ese entorno de tranquilidad, las tendencias para hombres de hoy parecen girar en torno a una interrogante común. ¿De qué manera crear para una audiencia agotada, abrumada por lo visual y con escaso interés en invertir esfuerzo en piezas complejas? Dentro de Louis Vuitton, Pharrell Williams exhibió una propuesta de elegancia relajada, técnica en su elaboración pero sencilla al vestirse. Atuendos diseñados para integrarse con fluidez en el día a día, impecables, prácticos y de fácil manejo. El objetivo no era dictar un estilo, sino servir de complemento. Se trata de una estética que no exige una mirada permanente ni un análisis exhaustivo, ni de quien observa ni de quien la luce. Dicha postura refleja un entendimiento exacto de la actualidad, aunque también implica un abandono deliberado de la experimentación.
Mucho más compleja, y también más divisiva, fue la propuesta de Dior, probablemente la colección que más debate ha generado en toda la semana. Jonathan Anderson planteó el otoño-invierno de 2026 como un territorio de colisión entre la herencia de la alta costura de mediados del siglo XX y una sensibilidad contemporánea más frágil, más ambigua, menos segura de sí misma. El hombre Dior apareció como una figura errante, casi literaria, que transita entre la elegancia histórica de la casa y una idea de vestuario más expuesta, más vulnerable.
El diseño de sastrería se llevó al extremo: siluetas comprimidas, dimensiones ajustadas y alusiones a la chaqueta Bar adaptada al vestuario varonil, mientras que el tejido vaquero, las parkas y diversos recursos funcionales generaban una tensión buscada. La propuesta final se estructuró mediante una oposición permanente: la sofisticación frente a la utilidad y lo ritual frente a lo común. Camisas de etiqueta con lazadas, chalecos decorativos y piezas de aire casi nobiliario coexistían con vestimentas ligadas a lo privado, proyectando una estética a la vez vulnerable y majestuosa. En lugar de una simple serie de conjuntos, Anderson planteó un análisis de la identidad. Se trata de una tendencia que evita la complacencia rápida y que, por ese motivo, ha causado incomodidad en ciertos sectores.
Mientras Dior se decantó por el contraste, Julian Klausner para Dries Van Noten prefirió la abundancia como estrategia. La propuesta reunía alusiones, tonalidades, materiales y niveles con una soltura que rozaba el desorden, aunque se apoyaba en una coherencia propia bastante evidente. Artículos de lana, patrones, cortes holgados y una confección desestructurada daban forma a un vestuario denso pero convincente.
En un registro más introspectivo, la diseñadora valenciana Sonia Carrasco centró su propuesta en el gesto, la técnica y la construcción del vestido. Costuras visibles, estructuras expuestas y prendas que parecían girarse sobre sí mismas para mostrar su arquitectura interna convertían el proceso creativo en parte del discurso. Frente a la moda que aspira a desaparecer en la vida cotidiana, Carrasco defendió una ropa que piensa, que se explica y que reivindica el hacer como contenido.
Las presentaciones de Willy Chavarria suelen fundamentarse en una provocación política manifiesta. En esta oportunidad, sin embargo, la proclama adoptó una estética distinta, más afectiva que combativa. Más Hollywood que insurgencia. El espectáculo, que se extendió por cerca de veinte minutos, se planteó como una cinta cinematográfica en vivo, con acciones simultáneas sucediendo en variados puntos del local. Por allí transitaron figuras como Julia Fox y Romeo Beckham, mientras que la música en vivo, con las intervenciones de Lunay, Mahmood y Mon Laferte, intensificaba el carácter melodramático del acto. La propuesta integró sastrería de hombros definidos, bombers de piel y uniformes modificados dentro de una lógica comercial que comprendía su línea principal, una alternativa más económica y una alianza con Adidas. La pasarela funcionó como una experiencia global, concebida para ser contemplada, filmada y compartida. La carga política, frecuente en el mundo de Chavarria, se transformó aquí en una crónica romántica, casi ingenua, donde las desavenencias se resolvían mediante el desborde sentimental en vez del choque frontal.
París no brindó una contestación singular, ni tampoco aparentaba perseguirla. El diseño para hombres osciló entre la continuidad, el choque y la puesta en escena, como si el auténtico desafío no consistiera en trazar un rumbo, sino en hallar la forma más natural de continuar progresando.