Donde el mar manda: viaje por la Bretaña inmutable
Cuaderno de viaje
Faros, mareas y memoria resisten en el Finisterre francés, una región que ha hecho de la obstinación su forma de belleza

La ruta de los faros custodia el Finisterre bretón

El teleférico asciende lentamente sobre el río Penfeld. Abajo, el puerto militar, las grúas y el Pont de Recouvrance, puente levadizo inaugurado en 1954 y símbolo de la resiliencia de una ciudad que renació de las ruinas de la Segunda Guerra Mundial. Al otro lado, los Ateliers des Capucins: tres naves inmensas de vidrio y acero que fueron arsenal y hoy son el gran salón público de Brest, la segunda ciudad de Bretaña y la más occidental. Bajo una bóveda de cristal los niños patinan, los adolescentes ensayan coreografías y los jubilados leen el diario entre bibliotecas, cafés, cines y hasta un barco de Napoleón.
Debajo, Rue Saint-Malo es el único vestigio de la ciudad anterior al conflicto. Hoy es un callejón de piedra formado por ruinas abiertas al cielo, llenas de flores, arte, imágenes históricas y gatos que parecen custodiar la memoria de lo que fue y que ahora permanece oculto bajo el asfalto. El nivel de instagramabilidad es elevado, pero nadie lo promociona: en Bretaña, como recuerdan ya en el aeropuerto, “no queremos más gente de la que ya viene”. La nueva línea directa entre Barcelona y Brest conviene usarla con discreción.
Si 'Bretaña es una vieja rebelde', como escribió Victor Hugo, Brest es rebelión a la rebelión
En la desembocadura del río se alzan el castillo y el museo de la Marina. A pocos cientos de metros se esconden los cuatro submarinos nucleares franceses, emblema tecnológico del país. Una presencia muda que marca el pulso de una ciudad que se siente bretona y francesa a la vez, distinta del resto de la región, donde el orgullo local emparenta con el vasco y se recrea en el desdén hacia los parisinos que, tras la pandemia, se abalanzaron a comprar casas en la costa, encareciendo los precios.
Si “Bretaña es una vieja rebelde”, como escribió Victor Hugo, Brest es rebelión a la rebelión. No se reconstruyó como era, sino como pudo ser. A diferencia de Saint-Malo, que renació piedra a piedra, aquí se apostó por la línea recta y el cemento, à la américain. Liberadores y arquitectos, los estadounidenses inspiraron incluso el diseño de la bandera regional: la Gwen ha Du, “blanco y negro” en bretón, ondea en cada plaza.

Al caer la tarde, en el puerto ciudadano se encienden los faroles. Los universitarios llenan los bares y, en el restaurante-institución Le Crabe-Marteau, los camareros, con camisetas de rayas rojas y blancas, sirven cangrejos tan grandes como la cabeza de un niño. Se comen con las manos, con el babero puesto, golpeando el caparazón con un mazo de madera y procurando que los fragmentos no salpiquen al vecino. Recuerdos de Luisiana, la América francesa.
Al salir de Brest, Bretaña cambia de rostro. El paisaje se abre en verde: vacas al pasto, casas de granito y caminos que huelen a leña. La ruta es parte del espectáculo, con un cielo que se despliega y se cierra a antojo de las nubes atlánticas. A veces parece caer, plomizo y cercano; de pronto se rasga y estalla una luz violenta, casi tropical. La misma que enamoró a Gauguin y Monet. “Aquí siempre hace bueno al menos una vez al día”, dicen con sorna los locales, conscientes de que el sol aquí no se promete, se acoge.

Los bretones aseguran también que su tierra es marecéntrica. Todo se mide por las mareas: el trabajo, el humor, la vida. Por tanto, “hacer las cosas a la bretona” significa ante todo seguir un ritmo que no es el del reloj. La postal de la costa es clásica: embarcaciones varadas en la bajamar, inclinadas sobre el fango, parecen abandonadas, hasta que el agua vuelve y las hace flotar de nuevo, como si despertaran tras una noche de sidra.
Aquí comienza la ruta de los faros, la cadena de luces que custodia el Finisterre bretón. Esos colosos de un solo ojo son el orgullo de Bretaña, tan numerosos como necesarios; cada uno brilla con su propio código para guiar entre los escollos que el mar revela y esconde. El Petit Minou vigila la entrada de la rada desde 1848; en Pointe Saint-Mathieu, la torre blanca y roja emerge entre las ruinas de una abadía medieval. Al norte, en la Île Vierge, la piedra gris sostiene el faro más alto de Europa e incluso es posible alojarse en la antigua casa del farero, entre silencio, espuma oceánica y gaviotas.
Frente al islote, el pueblo de Plouguerneau custodia el arte de uno de los tesoros locales. “En Bretaña, las ostras crecen al ritmo de la luna”, dice Loona Batut-Calvez, de Maison Legris, empresa que exporta esta delicadeza y la ofrece en su restaurante junto a la playa. No hay prisa: se incuban, se voltean, se dejan dormir bajo el agua hasta que el tiempo las redondea. Frías, salinas, dulces y con un punto vegetal —a castañas, para quien sepa reconocerlo— que sólo puede dar este mar.
Otra materia prima bretona son las algas, que aquí se extienden por las mayores praderas de Europa e impregnan el aire con su olor punzante. Los antiguos goémoniers las recogían con rastrillos y caballos al amanecer y las secaban sobre la arena para venderlas como abono. Luego se utilizaron para producir tintura de yodo y hoy alimentan la cosmética, la medicina y la gastronomía. “Aquí las algas forman parte de nuestra identidad: crecen entre la tierra y el mar, como los bretones”, afirma Kristelle Chavanne, directora del Écomusée des goémoniers et de l’algue de Plouguerneau.

Siguiendo la carretera hacia el este, las dunas de Keremma se abren durante seis kilómetros de playas oceánicas, salpicadas de pináculos que recuerdan a los místicos menhires del sur. La arena blanca, barrida por el viento, evoca sueños caribeños que el agua helada impide cumplir. Un poco más adelante, en el Hôtel de la Mer, un pequeño refugio art nouveau frente a la playa de Plounéour-Brignogan-Plages, unos jubilados juegan a la petanca mientras el mar se retira, como si por fin se relajara tras una larga jornada de trabajo.
La costa bordea hasta Roscoff, antigua guarida de corsarios, hoy elegante cofre turístico donde el aire marino se mezcla con el aroma a pan, mantequilla salada y crep. Los edificios conservan emblemas tallados, y las mareas descubren muelles donde parecía haber profundidades inalcanzables. De aquí partieron los Johnnies con sus famosas cebollas rosas hacia Inglaterra, y aquí nació también la talasoterapia moderna.

Una corta travesía en ferry lleva a la Île de Batz, pequeña isla vacacional donde un pueblo de piedra comparte espacio con praderas, senderos de arena y un jardín botánico que acoge especies de los cinco continentes. Los escolares estrechan su vínculo con la naturaleza y, en el horizonte, brilla el enésimo faro.
La ruta continúa hacia Carantec, en el corazón de la bahía de Morlaix, un anfiteatro de rocas y calas con ecos mediterráneos. En su hotel boutique, el chef Nicolas Carro compone un menú con estrella Michelin que condensa todos los sabores de proximidad. Un bocado de su thon rouge bretonIkejime basta para sublimar Bretaña.
Tierra adentro aparece Morlaix, encajada en una garganta profunda bajo un majestuoso viaducto de granito, con heridas cicatrizadas de los bombardeos que oscurecieron estos cielos. Las casas pondalez del siglo XVI conservan sus pasarelas de madera y las fachadas inclinadas miran al puerto, entre callejuelas románticas y vivas. La antigua manufactura, La Manú, convertida hoy en centro cultural —igual que los Ateliers des Capucins de Brest— busca adaptarse al presente sin olvidar el pasado. Y esa es la norma aquí: Bretaña resiste al movimiento eterno de las nubes, la luz y el mar, tan firme como los faros que la vigilan.

