Viajes

Al fin del mundo de Chiloé

Postal desde Chile

El autobús ya muestra su edad, pero el conductor lo maneja con destreza por el camino cubierto de charcos. Nos dirigimos hacia el parque nacional de Chiloé, en la costa occidental de la isla, un lugar que parece el fin del mundo tras el fin del mundo. Pero no solo porque la carretera Panamericana, que desde Alaska recorre toda la costa del Pacífico americano, termina ante Chiloé, sino también porque aquí el continente se fragmenta, se desvanece, dejando el mar salpicado de fiordos, arrecifes, islas y canales, y porque en Chiloé se desvanecen las fronteras entre lo real y lo mítico.

Casas elevadas sobre pilotes de madera, praderas, vacas, iglesias y cruces de límite, este es un país antiguo en un continente nuevo, y la gente parece íntimamente ligada a la tierra. Cada vez que sube alguien al autobús, entra una ráfaga de paisaje. Afuera, los árboles se inclinan torcidos y los campos se ondulan con volúmenes exuberantes, como telón de fondo de una pintura flamenca, mientras por el cielo atraviesa un pedazo de nube que deja una cortina de lluvia, al tiempo que se despliega un arcoíris.

En Chiloé, la ruta se fragmenta y la leyenda transita cerca del mar.

Rodeamos el lago Huillinco y al cabo de dos horas arribamos a las cuatro construcciones esparcidas que conforman Cucao. El océano está por ocultar el sol final del día.

Siento la llamada del murmullo marino. El sendero concluye frente a un arenal infinito. El líquido de la pleamar se desliza formando pequeños cauces. Y avanzo hacia el punto donde las ondas quebrantan. Sus cimas extienden multitud de extremidades buscando capturar destellos solares, previo a detonar en estallidos de espuma salvaje. El estruendo resulta atronador. La totalidad del océano exige aquello que le pertenece. La ribera de granos oscuros, el piélago y la vasta cúpula de firmamento purpúreo me transforman en una partícula ínfima. Tal función requeriría ser experimentada y narrada, al menos, en lengua germana. Únicamente resta la aparición del Caleuche, el buque espectral que transita por estas corrientes. Se trata del idéntico océano que impactó a Pablo Neruda en su encuentro inicial: la rabia del enorme mar, las gigantescas ondas blanquecinas, el estrépito de un órgano vital titánico, el latido del cosmos.

Conozco a la familia que me acoge compartiendo una cena de mariscos junto a la cocina sencilla. La señora recalienta en el horno las empanadas y las patatas rellenas que traigo de Castro, la capital de la isla.

—La luz eléctrica llegó hace veinte años —explica.

Había sido maestra en la escuela y horneaba pan en la cocina para los vecinos.

Antes dependíamos de velas y gas. Pero es necesario admitir que la electricidad es más limpia.

—Cierto, pero tales progresos no impiden que la gente joven se vaya —comenta su marido—, ya que la pesca se ha terminado. Las mallas vuelven desiertas. En este momento solo los indios juntan cochayuyo, un alga que se halla en la orilla estupenda para preparar sopa.

Casas de colores sobre pilotes en Castro, isla de Chiloé
Casas de colores sobre pilotes en Castro, isla de ChiloéGetty Images/iStockphoto

Antes, cuando bajaba la marea, la Pincoya, la encantadora dama del mar, descendía a la playa y peinaba su larga cabellera rubia con un peine de oro. Si al finalizar miraba hacia el océano, las redes regresaban llenas y el marisco cubría las orillas. Pero, si dirigía la vista hacia la tierra, la pesca era escasa. Y últimamente, en Cucao, para consumir mariscos, debían adquirirlos en Castro.

Durante toda la noche, un viento gélido azota las paredes de madera de mi cuarto, se filtra silbando entre las tablas y gira en remolinos dentro de la habitación. El frío me despierta temprano. La ropa está dura. Encuentro a la señora y al señor sentados junto a la cocina, compartiendo la calabacita del mate. Les pregunto sobre los mitos, pues Chiloé rebosa de monstruos, almas en pena, brujos y otros seres fantásticos.

—Esto de los mitos es cosa de los antiguos —sentencia el señor.

—Mi padre avistó a un trasgo cuando era joven—responde la señora—y decía que lo acompañaba un torbellino de viento. Arrastraba una nube de hojas, y al pasar, las espigas se doblaban por el suelo.

Todos los senderos del parque nacional están embarrados. Me encuentro con una familia de indígenas huilliches. Cabalgan sobre caballos con mantas como sillas y estribos de madera. En la grupa llevan fardos de cochayuyo. El alga parece una vela tosca, hecha con cera sin refinar. El paseo me conduce a unas turberas con cipreses enanos y me adentro en un bosque primigenio, una selva de tepa, arrayán, ulmo, alerce y otros árboles, arbustos y criaturas cuyo nombre nadie sabe.