
África en el corazón de Europa
Postal desde Tervuren
El tranvía cruza un parque, luego otro. Deja atrás Bruselas por una avenida señorial flanqueada por palacetes y embajadas: Nigeria, Togo, Túnez, Ghana, Sierra Leona, Namibia. Luego entra en el bosque de Soignes y por fin alcanza la parada de Tervuren. Cuatro minutos andando me dejan en las puertas de mi objetivo.
Su origen se remonta a la Exposición Universal de 1897, cuando la sección colonial de las colecciones del rey Leopoldo II se trasladó a este opulento palacio de África. En sus salas se dispusieron dioramas con animales disecados, minerales, y también máscaras y objetos cotidianos procedentes de los territorios que el rey se apropió en el Congo. Para muestra, el actual AfricaMuseum conserva la sala de los cocodrilos, con sus vitrinas de cristal, los tarros con lagartos en formol, las fotos y los frescos de las paredes, tal como correspondía en una colección naturalista de prestigio. De la visión -o misión- que entonces se atribuyó al museo, también quedan las esculturas que se exhibían en la majestuosa rotonda que se abre al jardín: ilustraban sobre la obra civilizadora que el rey y sus secuaces llevaban a cabo. Hoy pueden verse en los antiguos almacenes. Entre ellas se encuentra el hombre leopardo que el dibujante Hergé introdujo en su Tintín en el Congo.
El AfricaMuseum revisa el pasado colonial y devuelve la voz a África
Porque el museo nació para hacer propaganda y atraer fondos a la labor colonial que el rey ejecutaba. Si en Europa Leopoldo II ejercía de jefe de estado constitucional, en sus posesiones africanas reinaba con poder absoluto. De su finca privada en el Congo, que multiplicaba por sesenta la superficie de Bélgica, extrajo tales ingentes cantidades de marfil y caucho que devino uno de los hombres más ricos del mundo. Para ello, dispuso de la Force Publique, un ejército mercenario que esclavizó a los habitantes y sembró el terror. El corazón de las tinieblas, lo denominó el escritor Joseph Conrad y, aunque resulta imposible fijar un número, fuentes de prestigio establecen que eliminaron a un tercio de la población, alrededor de diez millones de personas.
Hoy el AfricaMuseum ha dado la vuelta a su discurso. Muy atrás quedan los tres poblados con indígenas que se construyeron para su inauguración, a los que se añadió una villa donde se educaba y civilizaba a jóvenes congoleses. Sus habitantes, más de doscientos, con mujeres y niños, se reclutaron a la fuerza. El grueso principal lo formaban noventa soldados africanos de la asesina Force Publique, que desfilaban haciendo las delicias de los espectadores. Cabe decir que el pico de visitas a la exposición se alcanzó mientras aquel zoo humano permaneció activo. (Y no vale alegar que esto aquí no pasaba, que también hubo espectáculos similares en Madrid, Barcelona, Sevilla, y hasta en 1942 en València.)

Pero hoy, en el AfricaMuseum, la voz ha cambiado de lado, y de continente. África se expresa desde múltiples ámbitos e invita al visitante a adentrarse en su biodiversidad, en su música, sus rituales, su historia colonial y su presente artístico.
A pesar de su dimensión, el museo apenas puede exhibir un uno por ciento de sus fondos. Es normal, pues, que la selección cuente con sorpresas y maravillas en cada recodo. Y ayuda a entender que el arte africano sacudiera a Picasso. De ahí, el cuadro de Las señoritas de la calle de Avinyó y el zarandeo que supuso al arte del siglo XX. También, que sean los ritmos de sus pueblos, los que han revolucionado la música popular. Vamos, que dejo el AfricaMuseum con el orgullo de tener, aunque sea en un pasado muy remoto, unas raíces africanas.

