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Bendición de elefante por diez rupias en Madurai

Postal desde la India

Llego a Madurai al mediodía y, como el hotel todavía no tiene preparada la habitación, aprovecho para salir a comer. Hay un restaurante justo al lado. Parece sencillo, impoluto y popular. Me siento donde queda un sitio libre y me ponen delante una hoja de plátano. Mis compañeros de mesa me indican que debo humedecerla con unas gotas de agua. Entonces, sobre la hoja, me sirven un montón de arroz, que riegan con salsa, y añaden distintos montoncitos más que sirven de acompañamiento: zanahoria rallada en vinagre, patatas guisadas, yogur, un dulce de fideos… Mis asesores me aleccionan sobre cómo usar los dedos. Aquí no hay cubiertos. Y me aseguran que puedo repetir hasta explotar, aunque no sé qué opinarán las señoras que esperan turno.

El sur de la India suma suficientes singularidades para considerarlo un universo único

No es solo la gastronomía. Sus gentes de piel oscura, las lenguas dravídicas, las vestimentas propias…, el sur de la India suma suficientes singularidades para considerarlo un universo único. Y allí, en el estado de Tamil Nadu, puede que su capital administrativa sea Chennai, pero pocos discreparan en situar en Madurai su capital espiritual. El motivo se encuentra en el centro de la población.

Gopuram esculpido del histórico templo Azhagar, en Madurai
Gopuram esculpido del histórico templo Azhagar, en MaduraiGetty Images

No tiene pérdida. Cuatro altísimas torres, o gopurams, constituidas por nueve pisos superpuestos, escalonadas, coronadas por un tejadillo, indican dónde están las cuatro puertas de acceso, cada una orientada a un punto cardinal distinto. El gopuram más alto, en el sur, supera los cincuenta metros y lo decoran más de mil quinientas esculturas de dioses, músicos, santos, guerreros, representando escenas míticas.

Para entrar debo dejar la cámara fotográfica y los zapatos. Accedo entonces al recinto exterior del templo. Que más que un templo es una ciudad, con numerosos santuarios, un salón con mil columnas, pasajes porticados, el estanque del loto sagrado, y fieles, y músicos, y sacerdotes… Dos recintos más envuelven los templos principales. Cada puerta que se cruza cuenta con su gopuram encima, aunque más discreto. Y doy con la cola compacta de devotos que esperan para rezar ante la imagen del sanctasanctórum, que harán una cola y luego la siguiente, porque aquí moran dos dioses.

En Madurai se venera a Meenakshi, la diosa de los hermosos ojos de pez. Dice la leyenda que nació con tres pechos, y que una voz misteriosa avisó que perdería el tercero cuando conociera a su esposo. Por fin conoció al dios Shiva y se casaron, porque, al fin y al cabo, ella era un avatar de la diosa Parvati.

Y el centro del complejo alberga sus templos, el de Meenakshi y el de Shiva, el uno junto al otro. Y una vez al año celebran su boda. No tengo la suerte de visitar el templo en tal fecha. Pero sí me cruzo con un buey, un elefante me bendice por el módico precio de diez rupias, visito un museo con imágenes del panteón hindú, me siento ante una orquestra que ensaya para la ceremonia vespertina… Madurai es una fiesta. Y cuando salgo me espera todavía la calle adyacente, repleta de luces, recuerdos, abalorios y familias que quieren retratarse conmigo.

Subo al tejado de una tienda para contemplar cómo la luz del ocaso pinta de naranja, rojo y violeta los esbeltos gopurams. Nada me extrañaría que una nave extraterrestre los usara de amarre. Porque Madurai es la plaza perfecta donde acudir a esperar el más sensacional prodigio.